Mostrando las entradas con la etiqueta Microcuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Microcuento. Mostrar todas las entradas

El juego

 


En el viejo bar la tarde cae aburrida mientras tomo un café. Ninguno de mis amigos ha venido hoy. De improviso, un desconocido me pregunta si puede compartir la mesa. Asiento con la cabeza y también pide un café. Está de espaldas contra la vidriera que recibe el sol del atardecer. Ese resplandor me impide ver su cara con claridad. Apenas adivino sus rasgos angulosos. Mi ocasional compañero de mesa saca un mazo de naipes y pregunta.

—¿Jugamos al póker?

—Si, puede ser.

—Le cuento que tengo una técnica imbatible.

—¿Cómo es?

—En las distintas manos puedo ganar o perder. Puede ser que usted gane mucho, pero, en la última mano usted pierde todo.

—¿Todo?

—Si, porque se va a entusiasmar ganando y al final, perderá todo en la ultima mano.

—¿Cómo esta tan seguro?

—Es mi juego. Al final siempre usted pierde.

Sentí la tentación de preguntarle por su identidad, saber quien era. Una premonición me hizo desistir.




Las tejedoras





Este microrrelato ilustrado fue presentado en el IX Concurso de Microrrelato Ilustrado de la Universidad de Jaén. El texto es mío y la ilustración de Patricia Krebs.


A partir de este microrrelato ilustrado Patricia relizó un video:
 


También se presentó otro microrrelato titulado "El distante" que se puede ver aquí.

El distante


Este microrrelato ilustrado fue seleccionado en el IX Concurso de Microrrelato Ilustrado de la Universidad de Jaén. El texto es mío y la ilustración de Patricia Krebs.


Vista de la exposición.                                          Observando nuestro microrrelato.
 
Los diplomas y el libro con los microrrelatos.

El enamorado y la muerte

 Esther vive en Colonia del Sacramento, a orillas del Río de la Plata. Ella llegó desde su Turquía natal huyendo de crisis y guerras que asolaban al Viejo Mundo. Le está cantando a su pequeña para que tenga hermosos sueños. Mientras la niña se duerme ella prepara los dulces para recibir el nuevo año en la reunión familiar de Rosh Hashaná. Está moliendo nueces y almendras con el almirez para preparar mostachudos, mogadós y trabaditos.

 Entre recuerdos de su infancia va cantando el antiguo romance del enamorado y la muerte

  

Te echaré cordón de seda
Para que subas arriba
Y si el hilo no alcanzaré
Mis trenzas añadiría

 

Con los mismos versos y melodía fue acunada Esther y su madre, también la abuela y tantas generaciones sefardíes que son incontables. Han perdido los detalles de su historia de expulsión de Sefarad y su dispersión alrededor del Mediterráneo pero no han perdido el canto. Porque ese canto es parte de su memoria y de su identidad.


-----------------------------------------------------------------------------------------------


Patricia Krebs lo ilustró y  lo presentamos en un concurso de microrrelato ilustrado. 



La culpa

Salgo del bar donde leí el periódico, mientras tomaba un café. Desde que me caí y me fracturé las piernas, mi rutina va del bar a casa, del periódico a la televisión. Del café al mate, ida y vuelta, tendré que esperar pacientemente que se suelden los huesos.

Con mis muletas y vendas espero con calma para cruzar la calle. Hay mucho tráfico. Es una esquina sin semáforo y no quiero correr riesgos. Cerca, un hombre mayor, acompañado por una mujer joven, también se arrima a la acera. El hombre va murmurando frases incomprensibles. Ella lo toma suavemente del brazo. Supongo que se trata de su hija.

Sorpresivamente el anciano, con la mirada perdida, se detiene enfrente de mí y exclama:

—¡Perdón por favor! ¡Perdón por favor!

Por un instante me gana el desconcierto. Asombrado le respondo:

—No le entiendo; usted no me hizo nada.

—¡Yo lo atropellé con el auto y me escapé! ¡No tengo perdón!

—Está equivocado; yo tropecé y me caí en una escalera.

El desconocido, como enajenado, solloza y me grita:

— ¡No, no, no! ¡Lo atropellé y me escapé! ¡Perdóneme por favor!

Ante mi aturdimiento, la mujer que lo acompaña me explica:

— Hace muchos años atropelló con el auto a una persona que murió. Estuvo preso y desde entonces no volvió a conducir. Quedó desequilibrado. A cada uno que ve vendado y con muletas le pide perdón, fantaseando con que aquella persona no murió. Es su forma de intentar revertir la muerte y calmar su culpa. Yo soy su acompañante terapéutica y no lo debo descuidar.

Mientras ella me explica, el trastornado sigue hablando solo y se arroja delante de un automóvil que lo embiste.  Queda tirado en medio de la calle, con la cabeza en un enorme charco de sangre.

La mujer, fuera de control, se abalanza sobre él y comienza a gritar desesperada:

— ¡Perdón por favor!¡Perdón por favor!

 ----------------------------------------------------------------------------


Este microcuento fue seleccionado a partir de un concurso e incluido en una revista digital.




Esta es la portada de la revista:




La Silueta

El faro - cuento de Germán Krebs - ilustrado por Patricia Krebs


Este cuento fue ilustrado por mi hija Patricia. Lo presentamos a un concurso de microrrelato ilustrado de la Universidad de Jaén en España. Ha sido una alegría realizar esta pequeña obra en colaboración.

Concurso microrrelato Universidad de Jaén

 








La obra fue seleccionada junto a otras treinta y pico entre casi 180 participantes para ser expuesta en una hermosa sala de dicha institución. Hay un pequeño video que muestra la sala:

Haciendo click en el siguiente video se puede escuchar el cuento, con mi voz. 


Estos son los diplomas que acreditan nuestra participación en el concurso y en la selección para que el microrrelato sea expuesto:

Volver

 

Este cuento escrito por mi e ilustrado por Patricia Krebs se presentó al Concurso de Microrrelato Ilustrado convocado por la Universidad de Jaén. Fue seleccionado, junto con otro microrrelato nuestro titulado "Búsqueda Nocturna" para ser expuesto en los salones de la Universidad.
Mas abajo se encuentra un video hecho por Patricia con el cuento relatado con mi voz.

Búsqueda nocturna


 Este cuento escrito por mi e ilustrado por Patricia Krebs se presentó al Concurso de Microrrelato Ilustrado convocado por la Universidad de Jaén. Fue seleccionado, junto con otro microrrelato nuestro titulado "Volver" para ser expuesto en los salones de la Universidad.
Mas abajo se encuentra un video hecho por Patricia con el cuento relatado con mi voz.

Judíos a enfardelar

En Buenos Aires, Matilde organiza la cena de Pesaj. Es hija de turcos, con apellido español y es parte de una de tantas familias que huyeron de Turquía escapando de crisis, guerras o persecuciones.
Pesaj es una tradicional celebración de la libertad. Cocinando rememora el éxodo que los liberó de la opresión del faraón, la expulsión de España y el continuo de migraciones y exilios.
En esta cena se come la tradicional
mina, como le llaman los sefardíes a la tarta hecha con matzá y acelga.
Son momentos en los que desfilan por su mente las historias familiares y, junto con las bromas del presente, evoca anécdotas compartidas con parientes y amigos, antepasados y descendientes.
Mientras Matilde continúa preparando, suenan en el reproductor esas músicas andaluzas, el flamenco y el cante jondo que tanto le gustan a su familia. A pesar de los siglos siguen resonando en algún lugar de sus recuerdos. Tal vez, hoy en día, ser sefardí consiste en eso, en sostener la persistencia de esas memorias.


-----------------------------------------------------------------------------------------------


Patricia Krebs ilustró este relato que escribí y  lo presentamos en el VIII Concurso de Microrrelato Ilustrado de la Universidad de Jaén (España) donde estuvo entre los seleccionados y expuestos públicamente. 



Aquí algunas imágenes del acto de entrega de diplomas, proyección y lectura de los microrrelatos seleccionados. 





A continuación el video del relato


También fue incluido en un hermoso libro con los microrrelatos seleccionados.






Visiones

 


Tercer premio en el Certamen de Microrrelato Ilustrado de la Universidad de Jaén (UJA)

El jurado de la séptima edición del Certamen de Microrrelato Ilustrado de la Universidad de Jaén (UJA) dio a conocer las obras premiadas, el pasado viernes, 26 de mayo.

En esta edición se han recibido un total de 194 microrrelatos, de los que el jurado ha seleccionado 41 obras, que pueden visitarse hasta el 15 de junio en la Sala de Exposiciones Zabaleta del Campus Las Lagunillas. 

Entre las seleccionadas un tercer premio ha recaído en el cuento ‘Visiones’ de cuyo texto soy autor y Patricia Krebs es autora de la ilustración.


El original tiene formato "poster". Para facilitar la lectura en pantalla agrego una versión ampliada del texto.


Visiones

En las noches de verano, las ventanas de los edificios dejan ver siluetas o las variaciones de iluminación por los televisores. Una noche, en una ventana, apareció una vela. En la calle vi una ambulancia y paramédicos que entraban y salían del edificio. Otra noche volví a observar una vela en otro piso. Escuché un estampido y un grito. Miré la calle y no había nada. 
 
Al día siguiente lo comenté con mi vecino Luis. No había visto ni oído nada. Me propuso que la próxima vez que viera algo así le llamara para intercambiar información. Pregunté a otros y ningún vecino había visto nada. Alguno se persignó ante la pregunta. 
 
Otra noche vi una vela en la ventana de Luis. Lo llamé y le comenté. Dijo que no tenía ninguna, pero veía una encendida en mi ventana. Corté la llamada y me dormí, chorreando transpiración. A la mañana llamé a Luis para continuar la conversación pero dijo que no habíamos hablado. Confundido, fui hasta el marco de mi ventana donde había un inexplicable residuo de vela derretida.


La visita

Este cuento ilustrado por Patricia Krebs lo presentamos al VII Concurso de Microrrelato Ilustrado de la Universidad de Jaén junto con otro titulado "Visiones" que resultó seleccionado y recibió un Tercer Premio.

El original tiene tamaño poster. Para facilitar la lectura lo ponemos en formato texto.

La visita

Entré a la casa como siempre. Podía entrar a oscuras ya que la conocía desde niño. Encontraba, cada vez que volvía, los mismos olores de toda mi vida. Comencé a recorrer mientras repasaba los recuerdos que la habitaban. Adivinaba los muebles y los cuadros. La cocina me evocaba los aromas y sabores de cuando vivía aquí. Una cucaracha, inquieta por mi presencia, corrió a esconderse detrás de la alacena. Súbitamente me sorprendió, en la casa supuestamente deshabitada, un ruido en el dormitorio. Se prendió una luz y pude oír el diálogo de una pareja.
—Oigo unos ruidos en el comedor.
—Yo no. Apaguemos la luz.
Pude ver que el hombre se levantaba y venía hacia donde yo estaba. Salí rápidamente por la puerta de la casa, que había dejado entreabierta. Llegué a escuchar que decían:
—Vi la presencia de una sombra que se iba por la puerta.
—Si, claro, un fantasma. Apaguemos la luz y sigamos durmiendo.
Abandoné la casa, que no visitaba desde mi muerte, con la decisión de no volver nunca más.

Microondas


Cada vez que pongo a calentar una taza de café en el horno de microondas, se enciende su luz interior y comienza a girar la taza. Mientras se calienta observo la cuenta regresiva de los segundos en la pequeña pantalla digital. Parado frente al recuadro con dígitos luminosos, no puedo desviar la mirada del desfile de números. La danza de los siete palitos que se van iluminando alternativamente en su secuencia coreográfica tiene un efecto hipnótico. A medida que la sucesión descendente de cifras indica el calentamiento de la taza, también me transmite, con un frío y preciso pronóstico, como disminuye el tiempo que queda. Esa certeza del agotamiento del tiempo restante me acelera el pulso. Cuando el valor llega a cero emite un chillido y aparece, como en las viejas películas, la palabra “Fin”. Por suerte, cada café caliente me da una nueva oportunidad y respiro aliviado cuando comienzo a tomarlo. Así se repetirá hasta una última cuenta descendente, sin café.


Garrapiñada

 


Caminando por la avenida Rivadavia, por el barrio de Flores, sentí un olor acaramelado. Era un aroma muy agradable que me despertaba las ganas de comer algo dulce. A los pocos metros descubrí el origen del olor. Un hombre estaba preparando garrapiñada en un carrito en la vereda. Tenía una olla sobre un calentador donde derretía caramelo y volcaba los maníes. Revolvía permanentemente para que no se queme. Me acerqué ansioso por comer garrapiñada. Le pedí y abrió una de esas bolsitas transparentes introduciendo un dedo. Me pareció poco higiénico pero lo iba a superar por la ansiedad de comer el maní acaramelado recién hecho.

La cosa me empezó a repeler cuando, para tener la bolsita bien abierta sopló en la misma. La humedad de su aliento se condensó sobre la bolsa y la empañó. Mi fantasía era que en esa humedad condensada, visible a simple vista, nadaban millones de microorganismos que me contagiarían terribles enfermedades.


Mientras estaba en esos divagues el hombre comenzaba a verter la garrapiñada en la bolsita. Pasó una paloma y dejo caer sus deposiciones en la olla, al lado de la cuchara que usaba para revolver y despachar. El hombre, haciendo como que no había visto lo que ocurrió, siguió revolviendo con parsimonia y terminó de llenar la bolsita, la cerró  y me la extendió mientras me decía el precio.


Ya comenzando a tener arcadas, pagué, me alejé unos metros y tiré la garrapiñada en un tacho de basura.


En la esquina había un kiosco. Compre unos chocolates que estaban riquísimos.

Cuentos infantiles



Como una sutil revancha decidí intervenir alguno de los cuentos que escuché en mi infancia.


Aladino y la lampara maravillosa 

Aladino frotó la lámpara repetidas veces. El genio no aparecía. Solo se escuchaba un leve murmullo. Aladino prestó más atención al sonido y pudo entender algo.

—Disculpe, estamos actualizando el genio. Puede tardar unos minutos.


Caperucita Roja

Caperucita recorría el bosque con mucha atención, prevenida del lobo. Cuando llegó a la casa de la abuela la encontró en la cama. Le hizo las consabidas preguntas sobre los ojos, la nariz y la boca. El lobo le contestó

—Para comerte mejor— y saltó sobre Caperucita.

Ella  le respondió

—Pero eres un ciervo, tu no comes personas.

—Me pidió el lobo que viniera porque él estaba con problemas digestivos.


Alí Babá y los cuarenta ladrones

Alí Babá llegó a la entrada de la cueva obturada por una enorme roca. Y dijo las palabras consabidas

—Sésamo ábrete.

Desde adentro se oyó 

—Demuestra que no eres un robot repitiendo la frase que te diré.


Blancanieves 

Parece que el enviado de la madre de Blancanieves les vendió Blancanieves a los enanos como mucama. A decir verdad, limpiaba bastante mal y los enanos se la vendieron a un príncipe que abusó de ella. 


Hansel y Gretel

La vieja bruja del bosque controlaba el engorde de Hansel, enjaulado con vistas a comérselo. Una noche Gretel, con un martillo, le partió la cabeza a la vieja y liberó a Hansel. Muertos de hambre se dieron un festín de carne asada, un poco dura dada la añosidad de la vieja.



Sorteo

 


La tarde languidecía y dentro del bar crecían las sombras. El tipo tomó un sorbito de café entrecerrando los ojos y habló mientras sus compañeros de mesa escuchaban con la mirada perdida entre bostezos.


—Así es mi amigo. En mi vida he tenido muchos problemas pero siempre los he sorteado. Al principio ganaron el sorteo mis viejos, luego mi mujer y, cuando me fue mejor, mis empleados.


Alguien en la mesa pidió la cuenta. 


El viaje

 

Los viajes siempre me resultan pruebas difíciles de superar. Desde un viaje al centro de la ciudad hasta uno internacional. En especial, las travesías en avión me descomponen físicamente. No puedo evitar mi certeza de que volar es para los pájaros. Los aviones se caen y no me vengan con estadísticas engañosas. Hay menos accidentes aéreos porque hay muchísimos menos vuelos que viajes en automóvil.


La ansiedad comienza con los preparativos. Compra de pasajes, papeleos, selección del equipaje, verificación de documentos, despacho y retiro del equipaje, traslado al aeropuerto o terminal de ómnibus o tren. He hecho innumerables viajes y siempre me pasa lo mismo, ya sea por trabajo o por turismo. Creo que el orígen de estas ansiedades está enraizado en los viajes que tuve que hacer en huida por razones políticas. La suma de temores por las fallas, los imprevistos y por las huidas me resulta inmanejable. El temor a las posibles fallas técnicas o humanas tanto como los escollos en autoridades que, con razón o sin ella, conviertan el viaje en tragedia están siempre presentes. ¿Y si me siento mal a bordo, lejos de una ciudad?


Ya durante el viaje mi imaginación trágica agrega los posibles problemas en destino. Uno puede ser rechazado por defectos en su documentación o demorado por sospechas. Los equipajes pueden extraviarse. 


Por suerte en este próximo viaje todo se verá facilitado. Las necesidades de equipaje serán ínfimas dado que viajaré con lo puesto. El trayecto será terrestre y breve con lo que se elimina el temor al vuelo. El papeleo necesario para este viaje es mínimo y se resolverá automáticamente. De hecho no hace falta tramitar porque las leyes tienen todo previsto y no corro riesgo de accidentes ni rechazos burocráticos. Supongo que ésta vuelta nada me afectará durante el viaje. De todos modos, el último certificado que habilita la travesía y el destino lo realizará, de oficio, un médico.


Desenlace


 La angustia y la ansiedad me estaban carcomiendo. Hacía días que venia masticando una decision. Preparé el mate como siempre, a la uruguaya. Con un "copito" de yerba en un costado. Por suerte,  conseguí yerba sin palo. Agregué lentamente un poquito de agua tibia para que se hinche la yerba. Luego clavé la bombilla y comencé a cebar. Sobre la mesa estaba la pistola.

Volví a repasar en mi cabeza todos los aspectos de la situación. Lo había hecho una y otra vez y siempre llegaba a la misma conclusión. Había llegado a mi límite.

Empuñé la pistola una y otra vez, ensayando frente al espejo con el mismo resultado. No estaba convencido y así no lo lograría.

Finalmente, frente a mi incapacidad, decidí terminar con todo de una buena vez. No podía seguir tolerando la tensión de no poder hacerlo.

No me daba el coraje para decírselo a Claudia. Le iba a comunicar mi decisión final a Carlos, que era amigo y me entendería. Con la pistola aún en mi mano lo llamé para contarle. Su respuesta fue fulminante:

—Dejáte de joder. Sos un buen actor, tenés estudiado el papel y no puedo aceptar que renuncies justo ahora. Tenemos todo listo para estrenar el lunes. Vení a tomar un cafe y charlamos. Traé la pistola y repasamos el ensayo juntos.

La pelea del siglo


Yo era muy chico. Me asusté cuando los vi acercarse. Se la tenían jurada hace tiempo. En general se eludían. Esa mañana quiso el azar que sus caminos se cruzaran .

Se vieron cuando ya era tarde para hacerse los distraídos. Se midieron de lejos. Era un lugar despejado y no había escape posible. Sabían que la lucha sería agotadora y a muerte. Armados solo con sus cuerpos se aprontaron para la pelea.


Se acercaron con prudencia adoptando las posturas defensivas que mejor manejaban. Tenían brazos poderosos. Él movía la cabeza hacia un lado y otro midiéndola. Ella solo movía los ojos. 

Él contaba con más fuerza que ella. Sus llaves y golpes eran terribles. Pero ella, mas débil,  contaba con un arma oculta que podría hundirle en el cuerpo una vez que estuvieran trenzados en lucha.


Yo observaba a distancia prudencial ya que les temía a ambos. Sabía que estaban decididos y lucharían a muerte. Él le aplicó una llave para inmovilizarla y ella le hundió su arma en el vientre , esperando el efecto. Él no se inmutó. Finalmente, el mamboretá, inmune al veneno de la araña, le destrozó la cabeza con su poderosa mandíbula.


Me impresionó tanto que nunca olvidé esa pelea.




El primer café

 
Hay un tango muy hermoso, de Cátulo Castillo, que se llama El último café. Pero yo voy a referirme al primer café, el que tomo todas las mañanas desde mis doce años. Aprendí de mi madre a tomar café sin azúcar.

Este cafe es el que abre todas las puertas y caminos del día. Después de levantarme, golpearme el pié con la silla donde quedó mi ropa, enfilo hacia el cuarto de baño. Cumplidas algunas actividades que no hace falta enumerar, me dirijo a la cocina.

Por supuesto, todo lo que he relatado se realiza en forma automática, sin intervención de ningún elemento consciente. Esto incluye colocar un tazón lleno de agua en el horno de microondas, fijar el tiempo y esperar el pitido del final.

Luego agrego café instantáneo. Si, ya lo se. Pueden evitar el comentario los fanáticos de los cafés exquisitos y sus variantes de elaboración. Todo eso puedo disfrutarlo, pero no en el primer café, que es el motivo de esta exposición. Por los motivos explicitados, este primer café debe ser una tarea simple, básica, elemental, automática porque no hay neuronas para más.

El primer café tiene objetivos específicos. Es el que abre los caminos al pensamiento, avisa a las únicas dos neuronas disponibles en ese momento, como pueden encontrarse y hacer lo que los científicos llaman una sinapsis. Ésta es como apretar el botón de encendido para que otras neuronas se desperecen, bostecen e intenten reunirse con sus hermanas para tareas mas complejas como ponerse las medias o hacer una tostada.

Producidos estos primeros intercambios entre neuronas, largo rato después, estoy listo para cosas mas sofisticadas como levantar las persianas y mirar el pronóstico del tiempo en la television.

Por lo expuesto, a pesar de ser agnóstico desde la misma edad en que comencé a tomar cafe, considero a esta primera taza de café como un milagro cotidiano. 

Amén.






Sangre, paz y amor

 

Nos aseguramos que nadie lo alertara. Fuimos acercándonos silenciosamente. Queríamos tomarlo por sorpresa. Cuando estuvimos solos con el tipo lo encaramos. Fue más difícil de lo que pensábamos. Lo seguimos hasta un rincón para acorralarlo. Se resistía pero finalmente lo agarré del cuello y lo empecé a ahorcar. Pepe le dio un golpe en la cabeza con un pedazo de caño de hierro y se desmayó. Nos apuramos a degollarlo. En pleno degüello se despertó y lanzó un gemido espantoso. 


Una vez muerto vimos que no cabía donde habíamos pensado ponerlo. Conversamos unos instantes y decidimos descuartizarlo. Cabeza, tronco, piernas y brazos. Usamos hacha, serrucho y cuchillas afiladas. Se nos complicó porque era la primera vez que encarábamos algo así.


Luego nos pusimos a limpiar el piso para borrar todo, con el fin de evitar disgustos. Después hubo que distribuir las partes en tres lotes. Tronco por un lado, cabeza y brazos por otro. Las piernas aparte. Una vez terminado el trabajo nos cambiamos de ropa, para estar presentables. Cuando comenzó a aparecer gente ya todo había pasado y tenia un aspecto normal. Nos pusimos nerviosos cuando aparecieron un par de perros que olfateaban la zona.


Finalmente, el lechón para la cena de Navidad de nuestra enorme familia quedó en tres asaderas. Fue una gran comilona y cantamos "noche de paz, noche de amor".


También se puede ver: