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Mi viejo

«Si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó, habría llegado a ser director de la banda del pueblo.» Frase de Juan Carlos Onetti citada en el «Libro de los abrazos» por Eduardo Galeano.


Este relato no es una biografía ni un curriculum vitae de mi viejo. Tan solo una semblanza de algunos hitos de su vida, a partir de lo que guardo en mi memoria. La idea es que quede un registro, aunque mínimo, de su pasaje por este mundo.


Recuerdos de familia


A mi viejo —mi padre adoptivo— lo conocí cuando yo tenía cinco años (en 1950). El era uruguayo y se llamaba Roberto Cortese. Era tenor lirico y vino de Montevideo a Buenos Aires —donde yo nací— buscando ampliar sus horizontes artísticos. Aparentemente, su idea fue vivir exclusivamente del canto, cosa que no lograba en Montevideo. En esa época —la del primer peronismo— había una ley que determinaba la obligatoriedad de representaciones en vivo en cines y confiterías. Esto generó un gran auge, en Argentina, en el mundo de los espectáculos.


Mi madre se había separado de mi padre biológico cuando cumplí un año. Mi hermano Jaime, tres años mayor que yo, quedó viviendo con mi padre. Yo permanecí con mi madre. En una de las veces que mi madre iba con sus amigos a alguna confitería, conoció a Roberto. Ambos andaban por los treinta años. Él era descendiente de una familia de italianos católicos. Mi madre provenía de una familia alemana de Berlín, perteneciente a la colectividad judía. Ella huyó a tiempo de la persecución nazi, no así mi abuela materna y otros parientes, que fueron asesinados por el nazismo. A pesar de sus diferencias, o tal vez por ellas, Roberto y mi madre hicieron buenas migas y al poco tiempo formaron una pareja. 

El viejo asumió y cumplió el rol de mi padre hasta después de mis veinte años años. Era un tipo de buen humor. Con el tiempo pasé a llamarlo «mi viejo». Para mi padre biológico guardé la designación de «mi padre». Mi viejo fue el contrapeso irreverente y caótico de la rigidez germánica de mi madre. Aparte de canto lírico estudió guitarra con Abel Carlevaro y, aunque nunca actuó como guitarrista, tenía nivel de concertista.


Fue, como la mayoría de los uruguayos, liberal hasta la médula. A lo sumo, alguna guiñada a los socialistas. En Buenos Aires, además de su trabajo en actuaciones diversas, integraba el coro del Teatro Colón. Allí era empleado por el Estado y, aunque antiperonista, no parecía sufrir mucho en su trabajo. Se quejó de que querían que se afiliara al Partido Justicialista y, cuando murió Evita, que llevara una cinta de luto. No hizo ninguna de las dos cosas. Para su asombro «esos malditos» no lo echaron. Más aún, le dieron un papel de solista en una ópera en el Teatro Argentino de La Plata. Para él, eran raros los peronistas. 


Una vez le pregunté, veinte años después, si había cambiado su visión sobre el peronismo. Me contestó que esa fue la época más próspera y feliz de su vida, pero seguía pensando que los peronistas eran autoritarios. Un uruguayo típico.


Cuando cumplí siete años (1951) nació mi hermana Elisa. En esa época convivimos, durante un año, los tres hermanos. Mi hermano Jaime, tres años mayor que yo, se había peleado con mi padre y se vino a vivir con nosotros. Durante ese año, éramos una familia de cinco. Al año siguiente, en 1955, la familia se muda a Montevideo. Éramos cuatro, ya que mi hermano había vuelto con nuestro padre. 


Los tres hermanos con el viejo. Foto tomada por mi madre, 1951.

En esta etapa Buenos Aires tiene un auge económico y una importante vida nocturna. El viejo actúa en numerosos teatros, locales nocturnos y confiterías. Estaba de moda la implementación de música en vivo en todo tipo de locales (restaurantes, confiterías, cines y otros). Recuerdo los nombres de algunos en los que actuó: «La Paz», «Modern Saloon», «Delfi», «Al Pappagallo di Bologna», «La Gruta Azul», entre otros.


En 1955, cuando yo tenía diez años, nos mudamos los cuatro a Montevideo. Vivimos unos meses en casa de los padres del viejo. Ellos eran de origen calabrés, nacidos en Uruguay. Gente modesta. Su madre lavaba ropa para otros. Ella había criado cuatro hijos propios y dos adoptados del orfanato (el «Consejo del Niño» del Uruguay). El padre del viejo era portero del correo estatal uruguayo.

Roberto Cortese, el tenor lírico


Sus inicios en Montevideo


El viejo tuvo una carrera extensa como tenor lírico. Lamentablemente se ha perdido la mayor parte de los archivos familiares de fotos y de su curriculum vitae. Fueron pasando de mano en mano y de mudanza en mudanza. Últimamente los custodiaba mi hermana y, al final, se perdió la pista. Éste es un intento de rescatar lo que permanece en mi memoria, con los escasos elementos documentales que tengo. A esto se agregan unos pocos registros sonoros de su canto.

Entre los recortes más antiguos se encuentra el siguiente, de 1945, cuando el viejo tenía veinticinco años. Apareció en un periódico de Montevideo.

 

Queda una filmación de su participación, con «Los Marinos Cantores» y la orquesta de Romeo Gavioli, con Carlos Roldán como solista. Es una interpretación de «Uruguayos Campeones». Para ubicarlo en la pantalla, incluimos una imagen donde está su cabeza dentro de un circulo rojo.









En esa misma época actuó en el Teatro «18 de Julio». 



El siguiente es un programa del SODRE de 1948, cuando el viejo tenía veintiocho años. En esta oportunidad lo escuchó Beniamino Gigli, con quien compartió actuaciones. Gigli era el tenor más famoso en esa época, a nivel mundial. Le propuso que fuera a Italia, ya que le veía condiciones relevantes para una carrera operística y Gigli le ayudaría. Cosas de la vida, no aprovechó esa oportunidad.




En 1949 aparece mencionado en la revista «Cine Radio Actualidad».




Etapa de Buenos Aires (1950-1955)


El próximo es un registro de cuando fue parte del coro estable del Teatro Colón.



En la década de 1950, a instancias de su amigo Juan Carlos Mareco «Pinocho», el viejo cumplió diversas actuaciones en Chile. Aquí aparece en un diario de Santiago.



En los cinco años que vivió en Buenos Aires, también participo como solista en temporadas de la compañía de zarzuelas de Manuel Abad, en un teatro de la Avenida de Mayo. Recuerdo su participación solista en las zarzuelas «Marina» de Arrieta y «Luisa Fernanda» de Moreno Torroba.

Trabajó en Radio El Mundo. Arriba se le ve en una entrevista con la actriz norteamericana Gene Tierney. Abajo cantando, en la misma radio.



Retorno al Uruguay


En 1955 nos mudamos a Montevideo. Aquí abajo un programa del Teatro Solís que lo incluye.



A continuación testimonios de diversas actuaciones. 


Al aire libre en un aniversario de Radio Carve.

Por televisión en el canal 10 «Saeta».


En el tercer aniversario del programa de televisión «Cantarella», que lo tuvo como uno de sus protagonistas. (En la foto, en el centro, de moñita).

En 1956, en Montevideo, mencionan al viejo en en una revista rioplatense.




En 1958 aparece su fotografía en el diario «El Bien Público», en Montevideo, como protagonista de «La Fiesta de la Zarzuela».


En 1959 es mencionado en la revista «Mundo Uruguayo»




En 1962 Participa como solista en la ópera «Rigoletto» en el SODRE.








En 1964 lo entrevistan de la revista «Canal TV», en casa, con toda la familia.



En 1967 aparece en la revista «Resonancias», donde se menciona su participación en el programa de televisión «Cantarella».



En la década de 1970 graba un par de discos single. Se pudo recuperar uno de ellos.


Durante muchos años participó, en Montevideo de los actos de la asociación coral «Guarda e Passa». A menudo cantaba el Ave María, como solista, en diversas iglesias, donde yo solía acompañarlo.


Fotos de familia


Con seis años en la casa de los padres del viejo, en la calle 26 de marzo de Montevideo. Foto coloreada a mano por mi madre. 1950


Párrafo aparte para la perra San Bernardo, una protagonista de la vida familiar. 


Fotos de mi madre Úrsula, mi hermana Elisa, Roberto «el viejo» y yo. 

Década de 1950.
Década de 1960.


 

Disfrutando la pasta, década de 1960.

El viejo con su nieto Ernesto, hijo de mi hermana Elisa. 
Década de 1970.

Registros sonoros

Crisis, historia cotidiana y dedicatoria


Nuestro ministro de economía utiliza «Toto» como sobrenombre. El propone que si a los trabajadores activos y a los jubilados no les alcanzan los ingresos, «saquen los dólares del colchón». Son pocos los que tienen ahorros y a los que los tuvieron se les van agotando.

El poder adquisitivo de la jubilación es cada vez menor. Eso lleva a utilizar la tarjeta de crédito para consumos habituales y se va acumulando un saldo impago. 

Hace un rato fui al banco. Como muchos jubilados fui a «quemar» algunos dólares que son parte del ahorro de años de trabajo. 

El cajero me recibió los billetes, los revisó y me extendió una boleta. Me dio un bolígrafo y me indicó, firma, documento y aclaración de nombre y apellido. Haciéndome el gracioso le hice una pregunta.

—¿Puedo poner una dedicatoria?... «para Toto».

—No, no, no... solamente los datos— dijo con una sonrisa. 



Nuestro mejor cuerpo (cuento)


 Control periódico de salud. Ingreso al laboratorio de análisis clínicos. Estoy en ayunas hace doce horas y voy con el frasco de la primera orina de la mañana. A la entrada un empleado pide ver  la orden de análisis del doctor y me da un ticket con un número por el cual me llamarán. Ya soy el setenta y dos. 

Espero con el frasco en la mano y miro la pantalla donde indican que número va a cual puesto. Mucha gente en la sala de espera. Ancianos, niños, embarazadas, todos con la misma cara de aburrimiento mirando la pantalla.

Después de un rato veo "N° 72 puesto 5". En la ventanilla del puesto 5 entrego la orden del médico, la credencial de afiliación a la sociedad médica y mi documento de identidad.

La empleada teclea febrilmente en su terminal de computadora. Me indica que firme al dorso de la orden médica. Pregunta que medicación estoy tomando y etiqueta mi frasco de orina. Luego me indica colocar el recipiente en una heladera que se encuentra en el otro extremo del salón.

Hago el bochornoso recorrido con el frasco de orina, bajo la mirada entre aburrida y levemente burlona —tal vez es solo mi imaginación— de los que esperan. Luego de dejar el frasco en una heladera vuelvo a sentarme y a esperar mirando la pantalla.


Finalmente, aparece en la pantalla "N° 72 Box 3". Me dirijo al cubículo y me atiende la extraccionista. Es una mujer de mediana edad, extremadamente obesa, con dificultades para moverse. En su cara se advierte el color y los rasgos propios de alguno de los pueblos originarios. Imagino que, por su aspecto, debió o debe sufrir discriminación.


Me da algunas breves indicaciones y se dispone a extraerme sangre. Por alguna estúpida razón rompo el silencio advirtiendo que "soy de venas difíciles" y me quejo de que estoy muy pálido y delgado, que tengo la piel muy frágil con lo cual se me hacen moretones con facilidad, que a los extraccionistas les cuesta encontrarme la arteria.

La mujer no hace ningún comentario. Pincha, extrae y le comento que tiene muy buena mano, que no sentí nada y no se hizo moretón. Me despide con una sonrisa y una frase.


    —No se queje. este es el mejor cuerpo que tenemos.


Saludo y me retiro levemente avergonzado.


Los cuentos, la crítica y otras yerbas

 


Durante mi vida laboral escribí muchos informes y algunos artículos. Al retirarme empecé a escribir cuentos y crónicas.
Mi formación técnica y científica me lleva a escribir en forma concisa, breve y explicita. Por eso comencé con microcuentos. 
Al principio busqué formas de validar mis relatos. Pregunté a conocidos con inquietudes similares y, en general, me recomendaban talleres literarios.

 Siempre tuve una cierta tendencia a ser de atención dispersa y autodidacta. 
Dado que soy ansioso y esto era un hobby, no quise dilatar la realización de los relatos en el tiempo.
Opté por presentarlos a concursos donde, con sorpresa, obtuve algunas menciones. Lo tomé como una señal de validez de mi trabajo.
Como no me interesaba encarar la escritura como una profesión, seguí por ese camino. Uno de mis cuentos "Mi primer cuento" refiere a esta etapa. 

Aparte de escribir, leo algunos cuentos escritos por otros. El tema de la validez de lo que se comunica es muy amplio y es objeto de estudio por personas mucho más versadas que yo y con variados enfoques. Solo trato de dar mi visión personal.
La comunicación es el elemento central de una inmensa cantidad de actividades. Sin olvidar las tecnológicas, cuyo esquema incluye emisor, receptor, canal, mensaje, código y ruido.

Éste último es un esquema simple, apto para analizar máquinas informáticas. Lleva implícito un código, que suele servir de base para articularse en lenguajes. Para la comunicación con o entre maquinas los lenguajes (Fortran, Cobol, PHP, HTML, Java y muchos otros) tienen una gramática y sintaxis estrictas. Durante décadas me acostumbre a utilizar este tipo de lenguajes en mi trabajo. 


Pero tenemos una inmensidad de lenguajes y códigos. Algunos son más estrictos, como las matemáticas, la programación, la escritura de música, la simbología química y otros.

Muchos son enormemente libres como el dibujo, la pintura y los audiovisuales en general. Además, todos pueden combinarse y complementarse entre si.

La comunicación entre humanos es más compleja. Deben agregarse una cantidad de temas, entre los cuales es clave el interés del receptor de la comunicación. Esto es fundamental en la relación entre el que enseña y el que aprende. En el caso de la comunicación creativa y, en especial la escrita, se pueden mencionar, en forma no ordenada ni exhaustiva:

Diferencias entre lenguas orales y escritas, semántica, sintaxis, gramática, ortografía, extranjerismos, localismos, modismos, dialectos, abreviaturas, códigos usados en distintas actividades, estilos, géneros, jergas y muchos más.  Un párrafo especial para la ambigüedad inherente a todas las lenguas habladas o escritas.

A contramano, el endiosamiento de la Real Academia Española de la Lengua por parte de algunas personas. Ésta academia fue instituida por la monarquía colonizadora en el siglo dieciocho. Pero los lenguajes humanos son "vivos", o sea, cambian según las coordenadas de lugar y tiempo. No existe la abstracción "idioma español" ni siquiera en España. Mucho menos en Iberoamérica.  

Lo que me parece patético es que personas que aborrecen toda idea de monarquía o autocracia, e incluso algunas que abjuran de cualquier autoridad, acepten las directivas de la Real Academia Española de la Lengua para regular nuestra comunicación. Una cosa es el estudio de la lengua otro muy distinto establecer normativa. Por ejemplo, los de Buenos Aires hablamos en "porteño". Tenemos nuestra entonación, nuestro lunfardo y nuestras modas. La mayoría de los hispano parlantes nos comprenden y nosotros a ellos.

Todo esto viene a cuento (valga la redundancia) de cuentos de autores, ignotos como yo, que leo en las redes sociales.

Muchos de ellos me gustan, aunque tengan dificultades formales, incluso errores de ortografía. Veo si la idea es interesante,  si el relato me atrapa, si se entiende bien la narración. Si es así, pensando en estimular al que quiere crear, le pongo un "me gusta". 

Ya tendrá tiempo, si quiere, para mejorar las cuestiones formales. Además, creo que hay que valorar y promover el esfuerzo creativo de las personas. Pontificar es mucho más fácil que crear y exponerse a la mirada de los demás.

En cuestiones creativas no me entusiasman los métodos, gurúes, academicismos o críticos con aires de sabios. Los perfeccionismos, las críticas y autocríticas feroces tienden a reprimir la creatividad. Todos merecen ser alentados en su desarrollo, en especial niños y adolescentes que, muy a menudo, se ven coartados por los proyectos que sus padres o profesores tienen para ellos. ¿Cuántos de nosotros torcimos intereses o vocaciones por consejos o sugerencias en la niñez y adolescencia?

Por lo menos así lo veo yo.


Con mi mano

 



Hoy se me han mezclado algunos temas en la cabeza, pero creo que tienen un común denominador. 
Yo terminé la escuela primaria en el Uruguay. Como es habitual teníamos un boletín de calificaciones. Allí el docente consignaba las notas. Se usaba una notación en siglas: M, R, B, MB y S (mal, regular, bien, muy bien y sobresaliente).
Pero hoy lo que me vino al recuerdo es un lema que figuraba en dicho boletín (ver la imagen):

«Nunca hagas por el niño lo que él pueda hacer por si mismo»

Cuando mis hijas mellizas comenzaron a usar la cuchara para comer, por supuesto, se  enchastraban totalmente. Cuando intentamos ayudarles una de ellas gritaba  «¡No! ¡Con mi mano, con mi mano!».

Al principio nos sorprendimos. Luego nos dimos cuenta que era su forma de aprender y, sobre todo, sentir autonomía. Era su sana reacción a la sobreprotección.

Estos pensamientos me volvieron por conversaciones en nuestro círculo de familiares y amistades en torno al cuidado de los más viejos de «la tribu», entre los que me incluyo. 
En Buenos Aires es muy común que, frente a tus situaciones personales, alguien te dedique una frase que incluya «lo que te conviene es...».

La tendencia a sobreprotegerlos lleva a coartar su libertad, sobre todo si mantienen lucidez. En aquellas actividades en que se sienten autoválidos, tienen todo el derecho de manejarse de forma autónoma. No se debe proporcionar ayuda no deseada. Son adultos y, mientras puedan, tienen derecho a la autodeterminación y a administrar sus limitaciones como cualquier hijo de vecino. 
Obviamente lo digo porque estoy envejeciendo. Veo las caras de los más jóvenes cuando pego un salto, corro, tropiezo o me ven comiendo algo «indebido». No reacciono muy bien a los intentos de sobreprotección. Ah... y no me arrepiento. Como los niños, estoy aprendiendo. Y a mi manera. Así que me atrevo a parafrasear


«Nunca impongas ayuda a quien crea que no la necesita»


Lo mismo corre para los discapacitados. Hay que ofrecer preguntando «¿Puedo ayudar en algo?». Y aceptar las negativas amables y educadas como algo natural. Por lo menos así lo veo yo.


LISE

 El aire acondicionado del centro comercial me invita a permanecer y me desalienta para salir al sofocante verano de Buenos Aires. Estoy tratando de comprar un nuevo teléfono celular. 

Modelos, versiones, aplicaciones, prestaciones, servicios, pantallas van fluyendo a borbotones de la boca del vendedor. Intentando usar mis propios criterios, en medio de la palabrería, señalo sobre el mostrador el teléfono que recién elegí y, bajo la aburrida mirada del empleado, reviso mi portafolios buscando las tarjetas de crédito. Entre el desorden habitual de mis papeles aparece la foto de Lise, mi abuela. 

Desde que mi madre, Ula como le apodaba la familia y los amigos, me dio esta foto, hace muchas décadas, siempre está entre mis cosas de uso cotidiano. Desde la ajada imagen en blanco y negro, la mirada de Lise —que yo sé celeste— invariablemente me inquieta y desconcierta. Otra vez, como desde que era niño, me extravío en esa imagen que resurge desde un pasado insondable que se niega a ser comprendido.


Lise dio una última ojeada a la sala de su casa de la calle Harpstrasse. Su mirada recorrió el magnífico piano de cola, pasó por las esculturas, los cuadros, el candelabro preparado para Hanuká, la inmensa biblioteca y llegó hasta la radio con la que se informaban a través de la BBC, ya que tenían prohibida la compra de diarios y revistas. Cerró los postigos, corrió las cortinas y esperó que llegara el transporte de la Gestapo. 

Hacía un par de días que le habían comunicado su «reubicación» en los territorios ocupados del este. Se oían rumores acerca de matanzas en los campos de trabajo, pero Lise no los creía. Le constaba que los alemanes eran gente culta, civilizada y humanitaria. 

Volvió a pensar en su hija veinteañera - mi madre- que, por suerte, hacia tres años habían emigrado a Sudamérica. Después de un periplo por el sur de Alemania y el norte de Francia, partieron de Le Havre en un vapor de bandera francesa. La última correspondencia que recibió de ella, hacía un par de meses, tenía un saludo por Rosh Hashana. La confortó un poco haber podido enviarle una carta explicando la situación, antes de su traslado. Intentó mandarles mensajes tranquilizadores en los que ella misma no confiaba mucho. Les contó acerca de la ropa que llevaría y de algunas joyas que podría vender en caso necesario. También les comentó sobre su ilusión de volver pronto a su querido Berlín, a sus amistades, a su trabajo como radióloga y —a la brevedad posible— ver a sus hijos y conocer al bebé de Ula, su nietito Germán.


Se sentó en el sofá y su mirada se posó en el almohadón de Max, el gato que fue su última compañía. Lo tuvo que regalar porque se les prohibió tener mascotas.

La señora Stoltz, que vivía al lado y sabía de su traslado forzoso, le había preparado unos bizcochos para el viaje y la despidió con un abrazo, deseos de buena suerte, brevedad en el desarraigo y pronto regreso. La vecina pensaba que estos trastornos pronto serían superados y rápidamente todo volvería a su cauce habitual. Le resultaba imposible comprender como se les acusaba, simultáneamente, de ser parte de una burguesía que ahorcaba financieramente al Reich y ser anarquistas o bolcheviques enfrentados con esa misma burguesía. 


Puntualmente llegaron los de la Gestapo. Cargaron la valija de Lise en un camión y la hicieron subir en otro.

El camión recorrió un corto trecho por Berlín hacia el norte del Jardín Zoológico. Cuando llegaron al punto de reunión, el templo de la calle Levetzowstrasse, ya había un grupo grande de gente, llevados en otros camiones, cada persona con su estrella amarilla cosida en el abrigo.

Quedaron retenidos todo el día en la sinagoga. Se les exigieron las llaves de sus viviendas y la declaración de todos sus bienes, que en ese mismo acto eran transferidos al Reich. Hubo quejas, gritos, llantos y desmayos. Pronto se acallaron con amenazas, empujones y algún golpe. La magnitud del despojo solo competía con la profundidad de la humillación. Primero les quitaron la nacionalidad, después los derechos, las pertenencias y, finalmente, la dignidad. Increíblemente, aun así, seguían actuando como alemanes, obedientes, ordenados, calmos, confiando en que todo se arreglaría.

El resto del día transcurrió en tensa espera. Al atardecer les dieron orden de ponerse en marcha. El grupo —unos cientos— salió custodiado por tropas, recorriendo varios kilómetros a través de la noche berlinesa, por barrios tranquilos. Pasaron cerca del Palacio Charlottenburg, que pronto quedó atrás. Por el camino siempre tenían como referencia, a su derecha y adelante, la torre de radio de Berlín. Luego tomaron hacia el sur. No había otra gente por la calle. Solo se divisaba alguna silueta furtiva tras las cortinas. Durante el fresco anochecer otoñal recorrieron por las calles Helmholtz y Leibnitz. Luego cruzaron la calle Kant, divisando a la izquierda la iglesia en recordación del Kaiser Wilhelm. ¿Serían los nombres de esas calles una señal? Fantaseó con que, tal vez, serían un buen presagio, mientras la necedad los asolaba. Pero sus fantasías eran insostenibles. No soportó su propia ingenuidad y se concentró en el camino. Siguieron por la avenida Kürfurstendamm, pasando por el barrio de Halensee. El frío del otoño ya se hacía sentir y se formaba una tenue bruma que difuminaba los faroles y las copas de los árboles. En el camión un niño sollozaba tomado de la mano de su madre. En un silencio solo alterado por algún estornudo, llegaron a la estación de ferrocarril de Grunewald, en el sur de la ciudad. Era una zona de casas quintas lujosas donde vivían algunas de las que fueron sus camaradas de estudios. En la estación, por suerte, pudo pagar su pasaje y viajaría sentada en asientos de madera. 

Les indicaron subir al tren en el andén 17. Separaron a hombres y mujeres, que viajarían en distintos grupos. Por la ventanilla vio que los que no pudieron pagar pasaje iban en vagones de carga o de ganado. 

La puesta en marcha, oyendo el silbato de la locomotora, le hizo recordar los viajes en primera clase a Dinamarca cuando sus niños eran chicos. Solían tomar vacaciones familiares para visitar el Tivoli de Copenhagen. Ahí, cruzando con el ferry, se llegaban hasta las costas de Malmȍ. Recordó, con el asombro de siempre,  con que naturalidad los suecos se bañaban desnudos en la playa.

El rítmico y cansino andar del tren pasó por Frankfurt del Oder y luego cruzó la frontera con Polonia. Así, con diversas paradas, a lo largo de tres días, pasaron por Poznan y otras ciudades atravesando la extensa campiña polaca. Los trenes que alguna vez vio como sinónimos de progreso y esparcimiento, se le hicieron sombríos transportes hacia un destino difícil de vislumbrar.

Para distraerse miró alrededor a sus compañeras de travesía. Silenciosas, algunas dormitaban y otras tenían la mirada perdida. Los niños se acurrucaban en los regazos maternos. Comió el pedazo de pan que les habían dado y convido a su compañera de asiento con uno de los bizcochos de su vecina. Ella lo tomó, agradeció con un leve movimiento de cabeza y lo masticó sin comentarios.

Releyó por enésima vez la última carta que recibió de Ula desde Buenos Aires. Tenía un relato de su adaptación y las últimas monerías de su hijo, el pequeño nieto de Lise, al que aún no había podido conocer. 

Pensó en su profesión interrumpida. No tenia sentido que, en el campo de trabajo, la pusieran a cargar bolsas o empujar carretillas. Seguramente les sería más útil aplicando sus conocimientos.

En una parada escucharon que los SS decían que estaban entrando en Lituania. Después de atravesar un largo túnel, salieron al otro lado de un río. Ahora, a través de las rendijas de las persianas, que les obligaron a cerrar, podían distinguir la pequeña estación. El cartel anunciaba la ciudad de Kaunas -que los alemanes llamaban Kowno. Revisó su cartera, tomó el espejo y se peinó, mientras se observaba con desazón. Estaba amaneciendo cuando el tren se detuvo y los hicieron bajar. 

Cuando salió pudo ver en la locomotora la placa de Orenstein y Koppel, la empresa fabricante de ferrocarriles donde había sido gerente Hermann, su fallecido esposo. Durante un breve instante revivió una sensación de familiaridad, de cosa conocida, con amados recuerdos que se esfumaron al instante.

La orden era caminar. En Kaunas, ya clareando, la caravana bordeó un parque desierto. Luego cruzaron un río por un puente y tras una larga caminata en un despoblado, sobre el mediodía, llegaron a una gran construcción con aspecto de fortaleza. 

Cuando entraron vieron que se trataba de una inmensa prisión, donde no había nada. Ni camas, ni sillas, ni mesas. Se enteraron que estaban en el Fuerte 9 de Kaunas, una vieja fortificación militar. A la noche se fueron acomodando como pudieron para descansar, sobre el piso frío. 

Con el nuevo amanecer, los SS hicieron levantar a un grupo de unas cincuenta y salir al campo vecino donde las hicieron poner en fila. Era una hermosa mañana. Los pastos todavía estaban escarchados.

Les ordenaron quedarse en ropa interior e indicaron poner su vestimenta y carteras en una parva y las joyas y relojes en otra. Temblando de frío Lise pensó que les iban a sustituir sus ropas por algún tipo de uniforme de trabajo. Guardó en el corpiño el anillo con el brillante, que le había regalado Hermann. En este destierro con rumbo desconocido ahora, sin los relojes, habían quedado a la deriva en el espacio y en el tiempo.

Pasó cerca del oficial de las SS y su mirada calma y transparente le hizo recordar la de su hermano. Tuvo un helado estremecimiento de asombro cuando le escucho gritar:

—¡Tiren!

Cuando llegó la bala a la frente de Lise, ya había visto los fogonazos de la ametralladoras. No llegó a oír el estampido. Sus pensamientos se agolparon. Recordó a su padre Eduard y a su hermano Fritz. Ambos estuvieron en el frente en la Primera Guerra. Su padre fue médico y su hermano soldado. Los dos fueron condecorados por su lealtad al Reich. Lise colaboró en la retaguardia. La familia tenía numerosas generaciones de antepasados en el país. Obviamente no podían estar matando patriotas; era absurdo. Todo esto era fruto de la demencia de Hitler y de la mala prensa que tenían por culpa de los judíos polacos. Aquellos eran gente tosca y poco adaptable, con vestimenta extraña, que hablaban iddish, y provocaban un rechazo estético en la mayoría de los alemanes. Pero los judíos berlineses, como Lise, estaban integrados a la cultura germana. Todo era un error, una locura pasajera. 

Cuando ya la bala tocaba su piel pensó en Gustav. Desde que enviudó de Hermann, hacía diez años, solo el había llegado a su corazón. Seguramente lo vería cuando todo este disparate fuera superado, barrido por el viento de las mejores tradiciones alemanas. Seguramente habría nuevas tertulias en su casa de la Harpstrasse, alrededor del piano de cola.

Cuando la bala salió por la nuca de Lise, Gustav ya había muerto en el campo de Dachau. Eddy y Ula seguían haciendo gestiones en la Cruz Roja para traer a Lise a Buenos Aires. La casa de la Harpstrasse estaba ocupada por un nazi que disfrutaba de sus comodidades, mobiliario, artefactos y decoración. Los rusos repelían a las tropas alemanas en las afueras de Moscú.


Al llegar a Buenos Aires, con dieciocho años, Ula se empleó como niñera con una familia de doble apellido. En esa época las familias aristocráticas contrataban mujeres jóvenes que no hablaran castellano para enseñar otro idioma a los niños. Así, esos chicos comenzaron a aprender alemán y le enseñaban español a Ula. La picardía les hizo enseñarle palabrotas cuyo significado ella no comprendía. No duró mucho en ese trabajo; cuando los padres la oyeron repitiendo esos términos la despidieron.

Cuatro años después, la Cruz Roja da a Lise por desaparecida. La única información es que, poco después de la fecha de su ultima carta, fue deportada desde Berlín en tren hacia el destino final en Kovno (nombre de Kaunas en alemán). Ahí se perdía el rastro. 

En esa época Ula ya habla y comprende un poco de castellano. Trabaja como costurera en su casa. Se ha separado de Siegfried, un médico, también refugiado, con el que se casó un par de años atrás en Buenos Aires. Yo voy creciendo y hasta los cinco años solo hablo alemán.

Ula frecuenta refugiados alemanes en la confitería Das Magnet, en el barrio de Belgrano. Allí ahogan las penas de la nostalgia con eiskaffee y schokoladenkuchen muchos exiliados por el nazismo. Durante esos años Ula sigue reclamando por su madre en la Cruz Roja, sin obtener más datos.


Cerca de diez años después de aquellos hechos, un suceso fortuito nos pone a mi madre y a mi frente al más crudo relato y al conocimiento del destino final de Lise. Estábamos esperando ante el mostrador de un negocio, mientras atendían a un señor mayor. Este hombre tenía en su brazo tatuado un número, característico de los sobrevivientes de campos de concentración. Mi madre le preguntó donde había estado prisionero. Éste respondió que en Kovno. Ella comentó que su madre había sido deportada hacia allí y le dio la fecha de la última carta de Lise. El sobreviviente recordaba que en esa época hubo un único convoy proveniente de Berlín. Con temor, mi madre preguntó si sabía algo del destino de esos pasajeros. El hombre tragó saliva y nos relató los hechos. Quedé muy impresionado; no podía creer lo que había escuchado. Mi madre me tomó fuerte de la mano y nos alejamos a toda velocidad, casi se diría que huíamos de allí.


En ese infinito instante supe que ya nunca vería el mundo como antes. Ese brazo tatuado y el relato de aquel hombre abrieron mi mente a un mal que, a pesar de mi frondosa imaginación infantil, nunca habría sospechado. Perdida esa primera inocencia acerca de las personas, ya nada sería igual. No encontraba las preguntas a las que alguna gente había respondido masacrando a otros. Los años siguientes me ayudaron a digerir, a recuperar alguna confianza en desconocidos, pero nunca a olvidar. Comprendí que la felicidad colectiva es esquiva, pero que tomaría las efímeras alegrías propias o de mis afectos como anticipos de aquella deseada felicidad general. Lise era radióloga y fotografiaba el interior de las personas, revelando las partes más duras y rígidas. Como las radiografías, los hechos acaecidos me habían revelado las partes más duras y rígidas del alma humana.


Apoyado en el mostrador del centro comercial, frente a la vieja foto, evoco el exilio de mi abuela Lise, el de mi madre Ula y el propio, en la última dictadura. Pienso en mis hijas que tienen la edad de Lise cuando la mataron y solo vuelvo al presente con la repentina demanda del vendedor.

—Señor ¿Visa o MasterCard?



----------------------------------------------------------------------------   FIN


Este relato es una ficción basada en hechos reales. Lise es mi abuela. Fue deportada a Kowno desde Berlín y luego asesinada. 


Lise con su padre y su hermano, durante la Primera Guerra Mundial.
Lise y su esposo, entre ambas guerras mundiales.
Tren nazi de traslado de prisioneros.


Memorial en el andén 17 de la Estación de Grunewald.
17-11-1941  / 730 JUDÍOS  /  BERLÍN-KOWNO

El Cóndor pasó por el subterráneo

Nos escapamos de la dictadura uruguaya en 1974. Llegamos a Buenos Aires poco antes de la muerte de Perón. Ese mismo año nos reubicamos en la Universidad Nacional de San Luis, pero duramos allí hasta el golpe de estado de 1976.  Luego nos vinimos a Buenos Aires. 


Aquí, en la capital, encontré trabajo en una empresa privada. Vivíamos en Villa Crespo y viajaba diariamente al centro en el subterráneo. Como muchos porteños, estaba acostumbrado a empujar para entrar al vagón y quedar como sardina en lata, con alguien justo enfrente. En uno de los viajes, después de empujar, acomodarme y respirar, tuve una sorpresa. El que estaba apretado, justo enfrente de mí, era Julio D’Elía.


No tuve tiempo de reponerme de mi sorpresa cuando tuve otra. Julio miraba a través mío con indiferencia, como si no me conociera. Después de un par de minutos comprendí que lo hacia a propósito, seguramente para protegerme. Ya habíamos tenido experiencias similares con otros exiliados que sospechaban estar en la mira de la dictadura. Una experiencia imposible de olvidar. 


Conocía a Julio de Montevideo. Yo era delegado docente de la Facultad de Química en la Federación de Docentes Universitarios del Uruguay. Julio era delegado de los docentes de Ciencias Económicas. Antes del golpe de estado en el Uruguay, lo veía y hablábamos, de vez en cuando, en las reuniones del Consejo Federal. Después de la intervención de la Universidad no lo había vuelto a ver. 


A partir del encuentro en el subterráneo, con gran ingenuidad observaba siempre a los pasajeros, esperando verlo nuevamente. Aunque sea eso, verlo. Pasaron años y eso no sucedió.


Luego del regreso a la democracia me enteré que la dictadura lo había desaparecido, junto con su compañera embarazada, en diciembre de 1977. 


El caso de Julio y su compañera estuvo incluido en varios juicios por el Plan Cóndor. Con la ayuda de las Abuelas de Plaza de Mayo fue localizado el hijo de Julio, apropiado por un represor. Recuperó su identidad en 1995. 

Siempre me asombro de mi propia candidez que, años después de la desaparición de Julio, lo seguía buscando en el subterráneo.


               Julio y su compañera.


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