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Garrapiñada

 


Caminando por la avenida Rivadavia, por el barrio de Flores, sentí un olor acaramelado. Era un aroma muy agradable que me despertaba las ganas de comer algo dulce. A los pocos metros descubrí el origen del olor. Un hombre estaba preparando garrapiñada en un carrito en la vereda. Tenía una olla sobre un calentador donde derretía caramelo y volcaba los maníes. Revolvía permanentemente para que no se queme. Me acerqué ansioso por comer garrapiñada. Le pedí y abrió una de esas bolsitas transparentes introduciendo un dedo. Me pareció poco higiénico pero lo iba a superar por la ansiedad de comer el maní acaramelado recién hecho.

La cosa me empezó a repeler cuando, para tener la bolsita bien abierta sopló en la misma. La humedad de su aliento se condensó sobre la bolsa y la empañó. Mi fantasía era que en esa humedad condensada, visible a simple vista, nadaban millones de microorganismos que me contagiarían terribles enfermedades.


Mientras estaba en esos divagues el hombre comenzaba a verter la garrapiñada en la bolsita. Pasó una paloma y dejo caer sus deposiciones en la olla, al lado de la cuchara que usaba para revolver y despachar. El hombre, haciendo como que no había visto lo que ocurrió, siguió revolviendo con parsimonia y terminó de llenar la bolsita, la cerró  y me la extendió mientras me decía el precio.


Ya comenzando a tener arcadas, pagué, me alejé unos metros y tiré la garrapiñada en un tacho de basura.


En la esquina había un kiosco. Compre unos chocolates que estaban riquísimos.

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