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El distante


Este microrrelato ilustrado fue seleccionado en el IX Concurso de Microrrelato Ilustrado de la Universidad de Jaén. El texto es mío y la ilustración de Patricia Krebs.


Vista de la exposición.                                          Observando nuestro microrrelato.
 
Los diplomas y el libro con los microrrelatos.

La culpa

Salgo del bar donde leí el periódico, mientras tomaba un café. Desde que me caí y me fracturé las piernas, mi rutina va del bar a casa, del periódico a la televisión. Del café al mate, ida y vuelta, tendré que esperar pacientemente que se suelden los huesos.

Con mis muletas y vendas espero con calma para cruzar la calle. Hay mucho tráfico. Es una esquina sin semáforo y no quiero correr riesgos. Cerca, un hombre mayor, acompañado por una mujer joven, también se arrima a la acera. El hombre va murmurando frases incomprensibles. Ella lo toma suavemente del brazo. Supongo que se trata de su hija.

Sorpresivamente el anciano, con la mirada perdida, se detiene enfrente de mí y exclama:

—¡Perdón por favor! ¡Perdón por favor!

Por un instante me gana el desconcierto. Asombrado le respondo:

—No le entiendo; usted no me hizo nada.

—¡Yo lo atropellé con el auto y me escapé! ¡No tengo perdón!

—Está equivocado; yo tropecé y me caí en una escalera.

El desconocido, como enajenado, solloza y me grita:

— ¡No, no, no! ¡Lo atropellé y me escapé! ¡Perdóneme por favor!

Ante mi aturdimiento, la mujer que lo acompaña me explica:

— Hace muchos años atropelló con el auto a una persona que murió. Estuvo preso y desde entonces no volvió a conducir. Quedó desequilibrado. A cada uno que ve vendado y con muletas le pide perdón, fantaseando con que aquella persona no murió. Es su forma de intentar revertir la muerte y calmar su culpa. Yo soy su acompañante terapéutica y no lo debo descuidar.

Mientras ella me explica, el trastornado sigue hablando solo y se arroja delante de un automóvil que lo embiste.  Queda tirado en medio de la calle, con la cabeza en un enorme charco de sangre.

La mujer, fuera de control, se abalanza sobre él y comienza a gritar desesperada:

— ¡Perdón por favor!¡Perdón por favor!

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Este microcuento fue seleccionado a partir de un concurso e incluido en una revista digital.




Esta es la portada de la revista:




La Silueta

El faro - cuento de Germán Krebs - ilustrado por Patricia Krebs


Este cuento fue ilustrado por mi hija Patricia. Lo presentamos a un concurso de microrrelato ilustrado de la Universidad de Jaén en España. Ha sido una alegría realizar esta pequeña obra en colaboración.

Concurso microrrelato Universidad de Jaén

 








La obra fue seleccionada junto a otras treinta y pico entre casi 180 participantes para ser expuesta en una hermosa sala de dicha institución. Hay un pequeño video que muestra la sala:

Haciendo click en el siguiente video se puede escuchar el cuento, con mi voz. 


Estos son los diplomas que acreditan nuestra participación en el concurso y en la selección para que el microrrelato sea expuesto:

Volver

 

Este cuento escrito por mi e ilustrado por Patricia Krebs se presentó al Concurso de Microrrelato Ilustrado convocado por la Universidad de Jaén. Fue seleccionado, junto con otro microrrelato nuestro titulado "Búsqueda Nocturna" para ser expuesto en los salones de la Universidad.
Mas abajo se encuentra un video hecho por Patricia con el cuento relatado con mi voz.

Búsqueda nocturna


 Este cuento escrito por mi e ilustrado por Patricia Krebs se presentó al Concurso de Microrrelato Ilustrado convocado por la Universidad de Jaén. Fue seleccionado, junto con otro microrrelato nuestro titulado "Volver" para ser expuesto en los salones de la Universidad.
Mas abajo se encuentra un video hecho por Patricia con el cuento relatado con mi voz.

Visiones

 


Tercer premio en el Certamen de Microrrelato Ilustrado de la Universidad de Jaén (UJA)

El jurado de la séptima edición del Certamen de Microrrelato Ilustrado de la Universidad de Jaén (UJA) dio a conocer las obras premiadas, el pasado viernes, 26 de mayo.

En esta edición se han recibido un total de 194 microrrelatos, de los que el jurado ha seleccionado 41 obras, que pueden visitarse hasta el 15 de junio en la Sala de Exposiciones Zabaleta del Campus Las Lagunillas. 

Entre las seleccionadas un tercer premio ha recaído en el cuento ‘Visiones’ de cuyo texto soy autor y Patricia Krebs es autora de la ilustración.


El original tiene formato "poster". Para facilitar la lectura en pantalla agrego una versión ampliada del texto.


Visiones

En las noches de verano, las ventanas de los edificios dejan ver siluetas o las variaciones de iluminación por los televisores. Una noche, en una ventana, apareció una vela. En la calle vi una ambulancia y paramédicos que entraban y salían del edificio. Otra noche volví a observar una vela en otro piso. Escuché un estampido y un grito. Miré la calle y no había nada. 
 
Al día siguiente lo comenté con mi vecino Luis. No había visto ni oído nada. Me propuso que la próxima vez que viera algo así le llamara para intercambiar información. Pregunté a otros y ningún vecino había visto nada. Alguno se persignó ante la pregunta. 
 
Otra noche vi una vela en la ventana de Luis. Lo llamé y le comenté. Dijo que no tenía ninguna, pero veía una encendida en mi ventana. Corté la llamada y me dormí, chorreando transpiración. A la mañana llamé a Luis para continuar la conversación pero dijo que no habíamos hablado. Confundido, fui hasta el marco de mi ventana donde había un inexplicable residuo de vela derretida.


La escasez de lobizones



 Hace pocos años decidimos diversificar las actividades económicas de nuestro pequeño establecimiento de campo. La hostería de nuestra granja turística comenzó a prosperar con cada nueva temporada. A los turistas, sobre todo porteños y extranjeros, les encantaba el tradicional ambiente gauchesco y la vista de la inmensa llanura verde donde bostezaban los ombúes y el sol achicharraba las siestas.

A la participación en jineteadas, según la época, se agregaba esquila, ordeñe, yerra y otras actividades rurales. Todo siempre con mate, vino tinto y buen asado.

Pero este rubro de las granjas turísticas se tornaba cada vez más competitivo. Por eso empezamos a analizar el agregado a nuestros servicios de algunas actividades nocturnas, que incorporaran mitos y tradiciones del campo argentino.

Hicimos un repaso por la luz mala, las lechuzas, los lobizones, los fantasmas, la viuda, el chupacabras y otros mitos.

 

La implementación de una puesta en escena de cualquiera de ellos tenía sus problemas. O eran muy breves y un tanto pobres o demasiado complejos. Necesitábamos algo que permitiera un desarrollo argumental a lo largo de la cena. Después de arduas discusiones optamos por los lobizones.

 

El primer problema era conseguir un lobizón. Empezamos por ver la posibilidad de ubicar un séptimo hijo varón, como indican las tradiciones. Según la Encuesta Permanente de Hogares, la proporción de familias con siete hijos era de tres cada diez mil. Teniendo en cuenta que la mitad eran hijas mujeres, la proporción quedaba en poco más de un séptimo hijo varón por cada diez mil familias. Ahora bien, nuestro pueblo más cercano, Valle Triste, tenía unos veinte mil habitantes, o sea unas cinco mil familias. Esto nos indicaba que tal vez fuera difícil conseguir nuestro objetivo por estos lugares.

 

Decidimos poner un aviso en La Gaceta de Valle Triste con el texto “Séptimo hijo varón, adulto, se necesita para actividad turística. Imprescindible residir en la zona. Dirigirse por carta a la redacción de este periódico.”.

Esperamos unos días sin que nadie se presentara. Reiteramos el aviso y también lo hicimos propalar por la radio “FM Sonido Pampeano”.

Finalmente, ante la ausencia de lobizones locales, decidimos usar un actor. De todos modos, los turistas solo buscaban entretenimiento y se obtendría el mismo efecto.

 

A través de unos amigos, conseguimos contratar para el papel a Mariano, el menor de los cinco hijos de Don Anselmo. Le dimos material en libros y videos sobre el tema y comenzamos a armar un guión de nuestro espectáculo mitológico nocturno.

Simultáneamente definimos el disfraz. Unos guantes de cuero dados vuelta, con el pelaje hacia afuera y una máscara con colmillos de plástico. Completamos con un traje de piel que le encargamos a una costurera amiga. Por supuesto comprometimos a todos los involucrados en mantener el secreto. Hicimos una cantidad de ensayos, hasta quedar satisfechos.

 

La noche del estreno, durante el asado al aire libre, comentamos la existencia de los lobizones, tratando de despertar la intriga en los huéspedes. Hicimos un relato histórico, con la evolución de las creencias en hombres lobo, desde la antigüedad europea hasta nuestro presente argentino. Contamos algunos casos concretos que habían aparecido en los diarios. Juan había armado un álbum con recortes sobre el tema, que pasaba de mano en mano.

Entre murmullos y sonrisas incrédulas, el más interesado resultó ser un norteamericano grandote, de nombre Bobby, ex marine, que nos había contado, en spanglish y con mímica, historias de su participación en guerras del Medio Oriente. El gringo, muy histriónico y algo bebido, entretuvo a todos con sus hazañas en los Marine Corps.

Luego tuvimos la guitarreada. Habíamos previsto que, después de un rato, Mariano se mostrara a lo lejos, aullando y gruñendo. Como si fueran cómplices de la ficción, los perros de la granja ladraban y bufaban. Todo esto produjo un gran impacto. Algunos turistas se asustaron. Otros tenían una risita nerviosa. Como estaba planeado, el asador sacó un revolver de juguete y comenzó a los gritos.

     —¡Quédense tranquilos; si se acerca le disparo! ¡Tengo balas de plata bendecidas por el cura!

Los huéspedes se calmaron. Sorpresivamente, Bobby, que le había dado fuerte al tinto, corrió hacia Mariano gritando como un desaforado.

— I’ll catch the wolf man!  Son of a bitch! I’ll catch the wolf man!

El yanqui derribó a Mariano que tuvo que defenderse con uñas y dientes y salir corriendo. El gringo se desmayó. Lo entramos a la hostería y llamamos al médico.

 El doctor Sobral revisó a Bobby, evaluó las mordeduras en el brazo y diagnosticó.

— Mordidas de perro grande. Hay que darle suero antitetánico y antirrábico.

Le explicamos al médico la ficción y que el americano se la había creído. Sin hacer caso de nuestro relato y del engaño Sobral emitió con seriedad su dictamen.

— Es obvio, estaba cantado; Mariano es séptimo hijo varón.

Le respondimos a coro.

— Pero Sobral, Don Anselmo tiene cinco hijos.

— Claro. Tiene cinco hijos con doña Laura y dos con su amante, la Eulogia. No me lo van a decir a mí. Yo los traje a todos al mundo.


------------------------------------------   FIN   ----------------------

Con sorpresa recibí el mail y la invitación que copio aquí. Este cuento había recibido una mención en ese concurso internacional al que se presentaron 470 trabajos de Argentina, Bélgica, Brasil, California, Colombia, Chile, Cuba, E.E.U.U, Ecuador, España, Francia, Guatemala, Honduras, Italia, México, Miami, Panamá, Perú, Portugal, Puerto Rico, Reino Unido, Uruguay, Venezuela.

Bienvenido el reconocimiento.



Algunos fotos del acto de entrega de diploma en el anexo del Parlamento del Uruguay. Agradezco a Jack "Yaco" Couriel que me representó en el acto.


 

 


El cartonero

 Buenos Aires soporta el bochorno del verano y la noche amortigua el agobio. Con Ana habíamos disfrutado de una de las pocas obras de teatro que están en cartel en esta temporada. A la salida buscamos algún lugar para comer una buena pizza. La calle Corrientes era un hervidero de gente. Las pizzerías tenían todas las mesas ocupadas. Caminamos buscando en vano un lugar tranquilo. Así llegamos hasta el estacionamiento, debajo de la avenida 9 de Julio. Nos subimos al auto y decidimos buscar por Rivadavia, en Flores, cerca de casa. Volvimos por la avenida Independencia y, un poco antes de Carabobo, nos pasamos a Rivadavia. 


En Flores las pizzerías también estaban de bote en bote. En ese momento recordé el bar La Farmacia, en Directorio y Rivera Indarte. Fuimos hacia allá y vimos que tenía un ambiente apacible y había una mesa libre. 

Este lugar había sido declarado “bar notable” por el Gobierno porteño. Está ambientado con los muebles y frascos de la farmacia que ocupó ese local durante muchos años. Adentro hay una tranquilidad que invita a relajarse. La vista de la calle se cuela por debajo de las cortinitas de lienzo con puntillas. Cada tanto levanto la vista y recorro el mostrador, la abundante carpintería de época, los carteles y las estanterías. En un rincón, me sonríe la cabeza de Geniol, llena de clavos y tornillos, que se usaba como publicidad. Recuerdo que ese analgésico, hace muchos años, se elaboraba a la vuelta de mi escuela primaria. Ahora ocupa el terreno de esa fábrica una institución educativa. 

Los chicos del barrio íbamos a buscar la programación de los campeonatos de fútbol, que Geniol nos regalaba como propaganda.


Como siempre, observo los tarros de porcelana y los frascos color caramelo con tapón de vidrio esmerilado, recuerdos de cuando el local era farmacia. Repaso las etiquetas con nombres de sustancias que me hacen recordar mis épocas de estudiante de química. Colgados del techo unos viejos faroles de querosén me traen a la memoria los campamentos con compañeros de estudios de esa misma época.


Ya teníamos mucha hambre y la pizza estaba muy rica. Si bien la concurrencia era numerosa, no gritaban. Esto hacía el ambiente mas agradable e invitaba a demorarse.

Súbitamente Ana no se sintió bien. Estaba levemente mareada. Ya era tarde y decidimos ir a casa. Paré el auto frente a nuestro edificio. Iba a esperar, con el motor en marcha, hasta que Ana entrara y luego llevar el auto al garaje, a la vuelta de la esquina.


Me preocupó la presencia de un cartonero con su carro al lado de la entrada.  Siempre desconfié de los cartoneros. Había escuchado muchos relatos de delincuentes que se disfrazaban de cartoneros o de recolectores para cometer delitos. Éste tenía un aspecto siniestro. Era un morocho de apariencia muy desprolija y nos observaba de reojo con una mirada inquietante. Dado el  riesgo, decidí vigilar atentamente por cualquier eventualidad, ya que Ana caminaba insegura. No quería que el individuo aprovechara su inestabilidad de algún modo.  Me puse muy nervioso cuando el tipo se acercó a hablarle. Me pareció que era una situación muy peligrosa. Recordé que en la guantera tenía unos cubiertos para asado. Saqué uno de los cuchillos y me lo puse en el bolsillo. Tenía que estar preparado para cualquier cosa.

Ya me estaba bajando del coche para auxiliarla cuando Ana entró al edificio y me hizo señas, detrás de la puerta de vidrio, dando a entender que estaba todo bien.

Con la adrenalina al tope llevé el auto al estacionamiento y volví caminando. Estaba muy ansioso e intranquilo pensando en encontrarme con el cartonero.

Cuando me acercaba a la puerta del edificio no se veían rastros del tipo. Miré alrededor y el individuo no estaba a la vista.


Entré al edificio y cuando llegué al departamento le pregunté a Ana como estaba. Me respondió que el malestar se estaba yendo.

Inquieto traté de saber que le había dicho el cartonero. Me contó que se arrimó y le dijo que no se asustara. Parece que se acercó porque la veía mareada e inestable y le ofreció un poco de agua. También quiso ayudarla y le propuso llamarme para asistirla o prestarle el celular si quería llamar a alguien. Había sido muy amable y solidario.

Contrariado por lo inesperado del relato, me quedé abstraído pensando en el episodio del cartonero y mi perspectiva. Ana estaba guardando mi saco en el placar y me preguntó:

—¿Cómo vino a parar el cuchillo de asado a tu bolsillo?

— No me acuerdo.

—¡Que despistado sos! ¿Querés un cafecito?


--------------------------------------------------------------   FIN   ------------------------------------ 


Texto y relato: © 2019 Germán Krebs


Títeres, imágenes, edición y la voz de Ana: ©2021 Patricia Krebs

La primer versión de este video fue presentada en forma conjunta al 11° Premio Itaú en la categoría Cuento Digital. Fuimos preseleccionados dentro del  5% de un total de más de 4000 (cuatro mil) producciones presentadas. Los comentarios del jurado fueron:


"La narración en primera persona, apacible y detallada, logra comunicar esa mirada prejuiciosa y condenatoria de la gente acomodada. Además de una ejecución bellísima en lo visual, el cuento exuda la magia de un tiempo pasado, en cada detalle y emoción."




Aquí pueden ver el video.

https://youtu.be/cVsmd27GnuE?si=upVKyk7DUp7pZAsg 


La Bestia (cuento digital)


Dentro de una "ventana" mostramos la página web de la Fundación Itaú donde está nuestro cuento "La Bestia", seleccionado en el Concurso 2022 para ser incluido en la antología de cuento digital de esa fundación.


Patricia Krebs y yo desarrollamos este "cuento digital" en formato de hipertexto titulado "La Bestia", que fue seleccionado por la Fundación Itaú para una Antología Nacional de Cuentos Digitales que incluye aproximadamente el 0,5% de los cerca de 2.500 presentados. 

Sobre mi texto, Patricia creó los personajes, la escenografía y realizó algunos videos cortos con títeres y foto-motion. Las voces son nuestras. Yo puse todo esto en el formato de hipertexto de la Web.

Este "cuento digital" ha servido de inspiración para que Patricia desarrolle un proyecto de video que abarca gran parte del material filmado y que está en  Rosa y el Lobo (cuento)

El hipertexto también se puede visualizar en https://jachajacha.blogspot.com  (está preparado para ver en computadora).


Patricia Krebs está en:

https://patriciakrebs.com.ar   

https://www.facebook.com/pkrebsart

https://cactusgalleryla.com/collections/patricia-krebs



La bestia (cuento digital)

 

Mi hija Patricia y yo desarrollamos un "cuento digital" en formato de hipertexto. Este cuento, titulado "La Bestia", acaba de ser seleccionado por la Fundación Itaú para una Antología Nacional de Cuentos Digitales que será publicada en breve. Dicha antología incluirá aproximadamente el 0,5% de los cerca de 2.500 presentados. 

Sobre mi texto, Patricia creó los personajes, la escenografía y realizó algunos videos cortos con títeres y foto-motion. Las voces son nuestras. Yo puse todo esto en el formato de hipertexto de la Web.

Este "cuento digital" ha servido de inspiración para que Patricia desarrolle un proyecto de video que abarca gran parte del material filmado, a publicar próximamente. 

Se puede visualizar el cuento/hipertexto en 

https://jachajacha.blogspot.com  (está preparado para ver en computadora).


Patricia Krebs está en:

https://patriciakrebs.com.ar   

https://www.facebook.com/pkrebsart

https://cactusgalleryla.com/collections/patricia-krebs



Igor


            A raíz de un concurso organizado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, me puse a buscar en Internet mitos urbanos porteños. El que me despertó más curiosidad es el del enano vampiro de Flores, mi barrio. La información que encontré era muy escasa y poco documentada. Como estoy jubilado y tengo tiempo me largué a recorrer la barriada, para ver que averiguaba.

Los individuos que podrían saber algo deberían tener, con seguridad, cincuenta o mas años, ya que esto ocurrió durante la última dictadura. El enano era de un circo ruso que visitaba la ciudad.

            Recorrí bares y quioscos buscando gente que me pudiera contar algo sobre el tema. Lo que encontré fueron historias leídas en la prensa o comentarios del estilo de “me contaron”, “creo que”, “algo escuché” o similares. La información no superaba la que ya había encontrado por Internet. Algunos me mandaban a hablar con algún otro vecino, pero no agregaban nada nuevo. Tras muchos días, no había conseguido gran información.

 

Cuando ya estaba por abandonar, el dueño de un puesto de diarios me dijo:


—Vaya al bar La Farmacia, en Directorio, y pregunte por el ruso Salzman.

—¿Me está cargando? Ese es el nombre de un personaje de ficción.

—Hágame caso. Lo podrá encontrar a la noche.


Aunque me parecía ser victima de una broma de mal gusto, no pude resistir la tentación y esa noche fui al bar indicado.

 

Pedí un café mientras miraba un poco alrededor. Cada tanto levantaba la vista y recorría el mostrador, la abundante carpintería de época, las paredes y las estanterías. En un rincón, la réplica de la cabeza sonriente de Geniol, llena de clavos y tornillos, parecía reírse de mí. Observé los tarros de porcelana y los frascos color caramelo, con tapón de vidrio esmerilado, recuerdos de cuando el local era la farmacia Santa Elena. Repasé las etiquetas con nombres de sustancias que me hacen recordar mis épocas de estudiante de química. Colgados del techo unos viejos faroles Sol de Noche me trajeron a la memoria los campamentos de esa misma época de estudiante.


Cuando vinieron a cobrar, traté de superar mi sensación de ridículo y comenté al mozo:


—Me dijeron que preguntara aquí por el ruso Salzman. Sin responder, fue a hablar con el tipo del mostrador.


Ya me preparaba para la risa y la tomada de pelo cuando se acercó a la mesa un hombre. Parecía de unos cuarenta años, por lo que no conoció la dictadura. Me pareció difícil que alguien que no había estado en la época de los hechos supiera algo útil. Se sentó a la mesa y me dijo:


—¿Quien le dijo que preguntara por el ruso Salzman?


Le conté del vendedor de diarios y me respondió:


—¿Conoce el pasaje Salala, al lado de la catedral de Flores?

—Si.

—Vaya a la entrada del pasaje por la calle Falcón a las dos de la madrugada.


Pensé que era otra tramoya para hacerme una broma. Le dije:


—Pero a la noche cierran con llave las rejas de los pasajes.

—Haga como le dije. Alguien se va a acercar desde adentro del pasaje. Dígale la contraseña “Maya Plisetskaya”.

—¿La bailarina?


Se retiró de la mesa sin contestarme.

 

Para hacer tiempo fui a la última función de una película de espías en el cine Rivera Indarte, a la vuelta de la catedral. Compré un baldecito de pochoclo y me senté en la butaca. Tenía mucho sueño y cabeceaba, comiendo de a poco y mirando la película que era malísima.

 

Después del cine me arrimé a la reja del pasaje y una sombra encapuchada se acercó y preguntó:


—¿Contraseña?


Contesté tratando de superar mi sensación de ridículo.


—Maya Plisetskaya.

—Le voy a abrir.


El encapuchado abrió la reja con la llave, dejando ver el reflejo de un cuchillo. Me hizo pasar, mientras decía:


—Para seguir adelante le tengo que vendar los ojos ¿Acepta? Si no quiere, puede irse. No se haga el vivo si no quiere que mañana lo recojan los basureros.


Ya con la venda me hizo caminar y entramos en una puerta. Recorrimos diversos corredores y luego bajamos unas escaleras. Mi acompañante me guiaba amablemente tomándome del brazo.

Finalmente nos detuvimos y me ayudó a sentarme. Luego me retiraron la venda de los ojos. Delante mío había una mesa con una luz intensa que me alumbraba en la cara impidiéndome ver a la persona que estaba sentada del otro lado, detrás de la lámpara.

Escuché murmullos en lo que parecía ser un idioma eslavo, ruso tal vez.

Después de un par de minutos el interlocutor oculto por la lámpara dijo:


—Buenas noches. Mi nombre de guerra es Igor. ¿Por qué llegó hasta aquí?


Le expliqué lo del concurso, el quiosquero y el bar. Se produjo un largo silencio. Finalmente suspiró y comenzó a hablar pausadamente.


—Es raro lo suyo. Aquí la gente, en general, llega por cuestiones operativas. De todos modos, trataré de satisfacer su curiosidad sin comprometer nuestra organización.

—Gracias— le contesté.

—Mire, para empezar, el enano vampiro nunca existió.

—Pero... ¿y entonces?

—Paciencia, le voy a explicar. En la época que el circo anduvo por aquí, yo tenía once años. Mi padre trabajaba como equilibrista y acróbata. Hacía poco, en Europa, había muerto uno de los enanos. Papá me entrenó para andar con las piernas flexionadas, unos pantalones muy anchos y ropa rellenada con algodón, lo que me hacía simular un enano.

—¿Usted era el enano?

—Sí, pero el resto de la historia es más complicada. ¿Ud. sabe algo de la política de esa época?

—Un poco, más o menos.

 

Igor puso sobre la mesa una insignia metálica esmaltada con forma de escudo, como las de la policía, y me la mostró. Tenía una estrella roja de cinco puntas. Dentro de la estrella una hoz y un martillo. Por detrás de la estrella una espada. Había una leyenda de tres letras: КГБ. Le dije que no conocía ese tipo de escritura. Me contestó:


—Es ruso y dice KGB.

—Ah... Pero no entiendo la relación con la historia del enano vampiro.

 

—Poco a poco.

 

Igor me explicó que ellos eran una célula del PRP-FR o Fracción Roja, que se escindió del partido en el trigésimo tercer congreso. La fracción burócrata, el PRP-FA, se quedó con la dirección del partido. El padre de Igor era agente secreto y trabajaba encubierto en el circo.

La fracción amarilla —el PRP-FA— estaba en buenas relaciones con el gobierno militar. En esas circunstancias, el padre de Igor pasó a la clandestinidad. Los cirqueros inventaron la historia del enano vampiro para cubrir la ausencia de Igor y su padre. También quisieron despegarse de los problemas políticos. Rápidamente levantaron el campamento y partieron. Quedó el mito urbano.

Ya entusiasmado, Igor me explicó que tenían células en todos los barrios de todas las grandes capitales del mundo y se estaban preparando en las sombras para la toma del poder. Las ciudades estaban llenas de agentes en todos los rubros. Había taxistas, médicos, mozos, pizzeros y gente de todo tipo de actividades. El PRP-FR se estaba propagando de forma viral y mucha gente no se percataba, dado el carácter secreto de sus agentes.

A esa altura me atreví a plantear una duda.


—No entiendo como vine yo a parar aquí.

—Usted, con todo respeto, es un perejil. Se metió donde nadie lo llamaba. De todos modos, si le interesa, lo podemos incorporar como periférico y puede entrar en nuestros programas de capacitación.

—¿En qué me capacitaría?

—En principio debería actualizarse en geopolítica, antes de ingresar al entrenamiento operativo.


Luego Igor me dio una charla sobre los bloques de poder mundial, los poderes ocultos como el grupo Bilderberg, el CFR, el Instituto Tavistock y la nobleza negra, además de la Comisión Trilateral y el Club de Roma. También me explicó someramente las estrategias de infiltración y el programa de gobierno.


—¿Qué le parece?—preguntó Igor.

—Lo tendría que pensar.

—Bien. No puede mencionar el contenido de esta reunión. Para salir lo vamos a dormir con un sedante suave. Lo dejaremos sentado en un lugar público.


Me desperté en una butaca del cine, solo y en penumbras. Todavía me quedaba pochoclo en el baldecito. Comí el resto y en el fondo estaba la insignia. Salí de la sala y encontré una mujer que estaba limpiando el hall. Me saludó con una sonrisa. Me contó que el acomodador me vio profundamente dormido cuando terminó la última función, después de la una de la madrugada. Le dio pena molestarme y me despabilé con las primeras luces del día. Le mostré la insignia a la limpiadora y le pregunté si había visto alguna parecida. Sonrió y me respondió que iban de regalo en los baldecitos de pochoclo. Eran las siete. Había quedado en desayunar con mi hijo a las ocho en la esquina, en el bar San José.

Durante el desayuno le conté lo que me había pasado. Me dijo:


—¿Viste? Es como dice Dolina. Los sueños son mejores en Flores.



---------------------------------------------   FIN   -------------------------------------------------

En 2019 el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires hizo un concurso de relatos sobre mitos urbanos. Este cuento que envié fue incluido en la antología.

 Mitos y leyendas urbanas

De: Concurso Literario GCBA <[email protected]>
Enviado: miércoles, 4 de septiembre de 2019 
Asunto: ¡Felicitaciones! -Invitación especial.
 
Estimado/a:
Tu obra ha sido seleccionada para ser publicada en la antología "Mitos y leyendas urbanas de Buenos Aires” ¡Felicitaciones!
Adjuntamos una invitación para festejar juntos.
¡Cordiales saludos!
Equipo organizador                            

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