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Mi viejo

«Si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó, habría llegado a ser director de la banda del pueblo.» Frase de Juan Carlos Onetti citada en el «Libro de los abrazos» por Eduardo Galeano.


Este relato no es una biografía ni un curriculum vitae de mi viejo. Tan solo una semblanza de algunos hitos de su vida, a partir de lo que guardo en mi memoria. La idea es que quede un registro, aunque mínimo, de su pasaje por este mundo.


Recuerdos de familia


A mi viejo —mi padre adoptivo— lo conocí cuando yo tenía cinco años (en 1950). El era uruguayo y se llamaba Roberto Cortese. Era tenor lirico y vino de Montevideo a Buenos Aires —donde yo nací— buscando ampliar sus horizontes artísticos. Aparentemente, su idea fue vivir exclusivamente del canto, cosa que no lograba en Montevideo. En esa época —la del primer peronismo— había una ley que determinaba la obligatoriedad de representaciones en vivo en cines y confiterías. Esto generó un gran auge, en Argentina, en el mundo de los espectáculos.


Mi madre se había separado de mi padre biológico cuando cumplí un año. Mi hermano Jaime, tres años mayor que yo, quedó viviendo con mi padre. Yo permanecí con mi madre. En una de las veces que mi madre iba con sus amigos a alguna confitería, conoció a Roberto. Ambos andaban por los treinta años. Él era descendiente de una familia de italianos católicos. Mi madre provenía de una familia alemana de Berlín, perteneciente a la colectividad judía. Ella huyó a tiempo de la persecución nazi, no así mi abuela materna y otros parientes, que fueron asesinados por el nazismo. A pesar de sus diferencias, o tal vez por ellas, Roberto y mi madre hicieron buenas migas y al poco tiempo formaron una pareja. 

El viejo asumió y cumplió el rol de mi padre hasta después de mis veinte años años. Era un tipo de buen humor. Con el tiempo pasé a llamarlo «mi viejo». Para mi padre biológico guardé la designación de «mi padre». Mi viejo fue el contrapeso irreverente y caótico de la rigidez germánica de mi madre. Aparte de canto lírico estudió guitarra con Abel Carlevaro y, aunque nunca actuó como guitarrista, tenía nivel de concertista.


Fue, como la mayoría de los uruguayos, liberal hasta la médula. A lo sumo, alguna guiñada a los socialistas. En Buenos Aires, además de su trabajo en actuaciones diversas, integraba el coro del Teatro Colón. Allí era empleado por el Estado y, aunque antiperonista, no parecía sufrir mucho en su trabajo. Se quejó de que querían que se afiliara al Partido Justicialista y, cuando murió Evita, que llevara una cinta de luto. No hizo ninguna de las dos cosas. Para su asombro «esos malditos» no lo echaron. Más aún, le dieron un papel de solista en una ópera en el Teatro Argentino de La Plata. Para él, eran raros los peronistas. 


Una vez le pregunté, veinte años después, si había cambiado su visión sobre el peronismo. Me contestó que esa fue la época más próspera y feliz de su vida, pero seguía pensando que los peronistas eran autoritarios. Un uruguayo típico.


Cuando cumplí siete años (1951) nació mi hermana Elisa. En esa época convivimos, durante un año, los tres hermanos. Mi hermano Jaime, tres años mayor que yo, se había peleado con mi padre y se vino a vivir con nosotros. Durante ese año, éramos una familia de cinco. Al año siguiente, en 1955, la familia se muda a Montevideo. Éramos cuatro, ya que mi hermano había vuelto con nuestro padre. 


Los tres hermanos con el viejo. Foto tomada por mi madre, 1951.

En esta etapa Buenos Aires tiene un auge económico y una importante vida nocturna. El viejo actúa en numerosos teatros, locales nocturnos y confiterías. Estaba de moda la implementación de música en vivo en todo tipo de locales (restaurantes, confiterías, cines y otros). Recuerdo los nombres de algunos en los que actuó: «La Paz», «Modern Saloon», «Delfi», «Al Pappagallo di Bologna», «La Gruta Azul», entre otros.


En 1955, cuando yo tenía diez años, nos mudamos los cuatro a Montevideo. Vivimos unos meses en casa de los padres del viejo. Ellos eran de origen calabrés, nacidos en Uruguay. Gente modesta. Su madre lavaba ropa para otros. Ella había criado cuatro hijos propios y dos adoptados del orfanato (el «Consejo del Niño» del Uruguay). El padre del viejo era portero del correo estatal uruguayo.

Roberto Cortese, el tenor lírico


Sus inicios en Montevideo


El viejo tuvo una carrera extensa como tenor lírico. Lamentablemente se ha perdido la mayor parte de los archivos familiares de fotos y de su curriculum vitae. Fueron pasando de mano en mano y de mudanza en mudanza. Últimamente los custodiaba mi hermana y, al final, se perdió la pista. Éste es un intento de rescatar lo que permanece en mi memoria, con los escasos elementos documentales que tengo. A esto se agregan unos pocos registros sonoros de su canto.

Entre los recortes más antiguos se encuentra el siguiente, de 1945, cuando el viejo tenía veinticinco años. Apareció en un periódico de Montevideo.

 

Queda una filmación de su participación, con «Los Marinos Cantores» y la orquesta de Romeo Gavioli, con Carlos Roldán como solista. Es una interpretación de «Uruguayos Campeones». Para ubicarlo en la pantalla, incluimos una imagen donde está su cabeza dentro de un circulo rojo.









En esa misma época actuó en el Teatro «18 de Julio». 



El siguiente es un programa del SODRE de 1948, cuando el viejo tenía veintiocho años. En esta oportunidad lo escuchó Beniamino Gigli, con quien compartió actuaciones. Gigli era el tenor más famoso en esa época, a nivel mundial. Le propuso que fuera a Italia, ya que le veía condiciones relevantes para una carrera operística y Gigli le ayudaría. Cosas de la vida, no aprovechó esa oportunidad.




En 1949 aparece mencionado en la revista «Cine Radio Actualidad».




Etapa de Buenos Aires (1950-1955)


El próximo es un registro de cuando fue parte del coro estable del Teatro Colón.



En la década de 1950, a instancias de su amigo Juan Carlos Mareco «Pinocho», el viejo cumplió diversas actuaciones en Chile. Aquí aparece en un diario de Santiago.



En los cinco años que vivió en Buenos Aires, también participo como solista en temporadas de la compañía de zarzuelas de Manuel Abad, en un teatro de la Avenida de Mayo. Recuerdo su participación solista en las zarzuelas «Marina» de Arrieta y «Luisa Fernanda» de Moreno Torroba.

Trabajó en Radio El Mundo. Arriba se le ve en una entrevista con la actriz norteamericana Gene Tierney. Abajo cantando, en la misma radio.



Retorno al Uruguay


En 1955 nos mudamos a Montevideo. Aquí abajo un programa del Teatro Solís que lo incluye.



A continuación testimonios de diversas actuaciones. 


Al aire libre en un aniversario de Radio Carve.

Por televisión en el canal 10 «Saeta».


En el tercer aniversario del programa de televisión «Cantarella», que lo tuvo como uno de sus protagonistas. (En la foto, en el centro, de moñita).

En 1956, en Montevideo, mencionan al viejo en en una revista rioplatense.




En 1958 aparece su fotografía en el diario «El Bien Público», en Montevideo, como protagonista de «La Fiesta de la Zarzuela».


En 1959 es mencionado en la revista «Mundo Uruguayo»




En 1962 Participa como solista en la ópera «Rigoletto» en el SODRE.








En 1964 lo entrevistan de la revista «Canal TV», en casa, con toda la familia.



En 1967 aparece en la revista «Resonancias», donde se menciona su participación en el programa de televisión «Cantarella».



En la década de 1970 graba un par de discos single. Se pudo recuperar uno de ellos.


Durante muchos años participó, en Montevideo de los actos de la asociación coral «Guarda e Passa». A menudo cantaba el Ave María, como solista, en diversas iglesias, donde yo solía acompañarlo.


Fotos de familia


Con seis años en la casa de los padres del viejo, en la calle 26 de marzo de Montevideo. Foto coloreada a mano por mi madre. 1950


Párrafo aparte para la perra San Bernardo, una protagonista de la vida familiar. 


Fotos de mi madre Úrsula, mi hermana Elisa, Roberto «el viejo» y yo. 

Década de 1950.
Década de 1960.


 

Disfrutando la pasta, década de 1960.

El viejo con su nieto Ernesto, hijo de mi hermana Elisa. 
Década de 1970.

Registros sonoros

Nuestro mejor cuerpo (cuento)


 Control periódico de salud. Ingreso al laboratorio de análisis clínicos. Estoy en ayunas hace doce horas y voy con el frasco de la primera orina de la mañana. A la entrada un empleado pide ver  la orden de análisis del doctor y me da un ticket con un número por el cual me llamarán. Ya soy el setenta y dos. 

Espero con el frasco en la mano y miro la pantalla donde indican que número va a cual puesto. Mucha gente en la sala de espera. Ancianos, niños, embarazadas, todos con la misma cara de aburrimiento mirando la pantalla.

Después de un rato veo "N° 72 puesto 5". En la ventanilla del puesto 5 entrego la orden del médico, la credencial de afiliación a la sociedad médica y mi documento de identidad.

La empleada teclea febrilmente en su terminal de computadora. Me indica que firme al dorso de la orden médica. Pregunta que medicación estoy tomando y etiqueta mi frasco de orina. Luego me indica colocar el recipiente en una heladera que se encuentra en el otro extremo del salón.

Hago el bochornoso recorrido con el frasco de orina, bajo la mirada entre aburrida y levemente burlona —tal vez es solo mi imaginación— de los que esperan. Luego de dejar el frasco en una heladera vuelvo a sentarme y a esperar mirando la pantalla.


Finalmente, aparece en la pantalla "N° 72 Box 3". Me dirijo al cubículo y me atiende la extraccionista. Es una mujer de mediana edad, extremadamente obesa, con dificultades para moverse. En su cara se advierte el color y los rasgos propios de alguno de los pueblos originarios. Imagino que, por su aspecto, debió o debe sufrir discriminación.


Me da algunas breves indicaciones y se dispone a extraerme sangre. Por alguna estúpida razón rompo el silencio advirtiendo que "soy de venas difíciles" y me quejo de que estoy muy pálido y delgado, que tengo la piel muy frágil con lo cual se me hacen moretones con facilidad, que a los extraccionistas les cuesta encontrarme la arteria.

La mujer no hace ningún comentario. Pincha, extrae y le comento que tiene muy buena mano, que no sentí nada y no se hizo moretón. Me despide con una sonrisa y una frase.


    —No se queje. este es el mejor cuerpo que tenemos.


Saludo y me retiro levemente avergonzado.


El Cóndor pasó por el subterráneo

Nos escapamos de la dictadura uruguaya en 1974. Llegamos a Buenos Aires poco antes de la muerte de Perón. Ese mismo año nos reubicamos en la Universidad Nacional de San Luis, pero duramos allí hasta el golpe de estado de 1976.  Luego nos vinimos a Buenos Aires. 


Aquí, en la capital, encontré trabajo en una empresa privada. Vivíamos en Villa Crespo y viajaba diariamente al centro en el subterráneo. Como muchos porteños, estaba acostumbrado a empujar para entrar al vagón y quedar como sardina en lata, con alguien justo enfrente. En uno de los viajes, después de empujar, acomodarme y respirar, tuve una sorpresa. El que estaba apretado, justo enfrente de mí, era Julio D’Elía.


No tuve tiempo de reponerme de mi sorpresa cuando tuve otra. Julio miraba a través mío con indiferencia, como si no me conociera. Después de un par de minutos comprendí que lo hacia a propósito, seguramente para protegerme. Ya habíamos tenido experiencias similares con otros exiliados que sospechaban estar en la mira de la dictadura. Una experiencia imposible de olvidar. 


Conocía a Julio de Montevideo. Yo era delegado docente de la Facultad de Química en la Federación de Docentes Universitarios del Uruguay. Julio era delegado de los docentes de Ciencias Económicas. Antes del golpe de estado en el Uruguay, lo veía y hablábamos, de vez en cuando, en las reuniones del Consejo Federal. Después de la intervención de la Universidad no lo había vuelto a ver. 


A partir del encuentro en el subterráneo, con gran ingenuidad observaba siempre a los pasajeros, esperando verlo nuevamente. Aunque sea eso, verlo. Pasaron años y eso no sucedió.


Luego del regreso a la democracia me enteré que la dictadura lo había desaparecido, junto con su compañera embarazada, en diciembre de 1977. 


El caso de Julio y su compañera estuvo incluido en varios juicios por el Plan Cóndor. Con la ayuda de las Abuelas de Plaza de Mayo fue localizado el hijo de Julio, apropiado por un represor. Recuperó su identidad en 1995. 

Siempre me asombro de mi propia candidez que, años después de la desaparición de Julio, lo seguía buscando en el subterráneo.


               Julio y su compañera.


Compañero de banco

Mi familia se mudó de Buenos Aires a Montevideo al final del primer peronismo, cuando ya se sentía el golpe respirando en la nuca. Yo había terminado cuarto grado, de un plan que tenía dos primeros, en una escuela que estaba cerca de la cancha de River. Por lo tanto llevaba cursados cinco años. 

Mis primeros tiempos en Montevideo me resultaron fáciles. La gente era muy amable. Me llamaba la atención que hablaran de política delante de los chicos, cosa que en la Argentina solían evitar. A pesar de eso, el antiperonismo imperante en el Uruguay no me ayudó a entender la época. Muchos años después pude comprender las disparidades culturales, históricas y políticas que unen y diferencian ambas orillas del Plata.

La nueva escuela era por Avenida Italia y Larrañaga. Mi familia alquilaba un departamento modesto a un par de cuadras. Como yo había cursado cinco años (aunque mi certificado dijera cuarto grado) mi madre, con su inapelable lógica germana, impulsó que yo ingresara en el sexto y último año. 

Hablamos con el maestro, que averiguó sobre mis conocimientos y me tomó como alumno a prueba. En caso de no seguir el ritmo, debería pasar a quinto.
Mi madre agregó que yo no conocía historia y geografía uruguayas. El docente opinó que no era importante, que compartíamos la historia y la geografía de America del Sur y que ya tendría tiempo de aprender más. 

Yo expresé mi objeción al uso de la moña azul; en Argentina no se usaba. Me autorizó la excepción. Indicó mi ubicación cerca de su escritorio, por si necesitaba ayuda. Pidió a mi compañero de banco que me apoyara para adaptarme. 
Supe después que ese niño, de nombre Álvaro, era hijo del maestro. El maestro se llamaba Selmar Balbi. 
 
Encontré un ambiente muy favorable. Por suerte me adapté bien y pude continuar en sexto y a fin del año terminar mi educación primaria.
Luego asistí al secundario y a la universidad. Me recibí, fui docente, investigador y delegado gremial de la facultad en la federación de docentes.

En 1974 nos fuimos de apuro a Buenos Aires, como tantos, huyendo de la dictadura. Lentamente volví a mi vida de argentino. Readaptarme me costó mucho. Ahora soy rioplatense y desarrollé la mayor parte de mi vida laboral en Argentina. 

Hace unos años, con Matilde, nos llegó el momento de jubilarnos. Entre otros, recopilamos certificados laborales por los años de actividad que ambos tuvimos en la universidad en Montevideo.
En uno de esos trámites  nos atendió una mujer que, tenía el apellido Balbi. Le comenté que mi maestro de sexto se llamaba Selmar Balbi y que su hijo Álvaro fue mi compañero de banco.

Recibí un baldazo de agua fría. Sorprendida por mi ignorancia del tema, nos contó de la muerte de Álvaro. De pronto el pasado, que había empezado a digerir, volvía con un garrotazo. Desde el fondo de la memoria me traía a mi compañerito de sexto año y me enteraba que la dictadura lo había torturado y asesinado hacía décadas, poco después de nuestro escape a Buenos Aires.
Me puse a buscar frenéticamente en Internet. 

Supe de las vidas generosas y militantes de Selmar y Álvaro. Leí la carta de Selmar a Bordaberry, pidiendo justicia. Supe del impulso que dio Pepe Mujica a la causa. Me enteré a grandes rasgos de la vida de Álvaro, de su compañera, de sus cuatro hijos, de su amor por la música, de los homenajes populares que le hicieron. Todo de golpe. Indigerible.

Me ha llevado  unos años asimilar toda esa historia. Puedo absorber toda la historia del asesinato, pero siento que mataron al niño sensible, amable y solidario, hijo del maestro que me abrió la puerta de entrada al Uruguay. Mi compañero de banco.

Álvaro Balbi

                                        Selmar                                                     Alvaro, esposa e hijos





Hay días


Vivo en Buenos Aires. Es una ciudad tremenda, un lugar de excesos. El clima, la política, el tráfico, todos los días surgen situaciones extremas. Así también nuestro humor.

Hay días en los que me levanto con dos pies izquierdos y me golpeo los meñiques de ambos. Esos días en que el café tiene sabor a veneno y el pan a podrido. Cuando todas las calles van en subida y el aire es espeso como el alquitrán.
Esos días en que saludo con gruñidos y el mal humor me produce burbujas en el cerebro. Imagino que tengo solo dos neuronas y no pueden encontrarse entre si. En esos días confundo todo.
Pero el humor puede cambiar súbitamente. Un accidente de tránsito, una manifestación de protesta pueden generar un caos de tránsito y la consiguiente galería de insultos.
De forma inexplicable, también el humor puede mejorar. Puede ser un niño, un perro, un gato, un gesto amable e inesperado. Entonces mis neuronas se vuelven amistosas entre si y conmigo. El aire se vuelve liviano, las flores sonríen en los balcones... hasta el próximo excremento de perro en la vereda.

Así son los días de los aires no tan buenos y de los Buenos Aires.

Algunos de mis restos arqueologicos

 Desde chico me gustó dibujar. Hasta la adolescencia dibujaba y luego rompía y tiraba los dibujos. Siempre los consideraba borradores. Mi familia lo tomaba como otro juego o entretenimiento. En el secundario tenía dibujo como asignatura. Me tocó como profesor Mario Galup. Los alumnos, a sus espaldas, lo apodaban Puchito. Era un prestigioso artista, arquitecto y escenógrafo en el teatro El Galpón, en Montevideo. Allí funciona hoy una Escuela de Artes Escénicas que lleva su nombre.

Él observaba con mucha atención los trabajos de los alumnos. Un día me asombró diciendo que me veía aptitudes y me ofrecía entrar como discípulo en su taller, sin costo alguno. Le contesté que lo debía pensar y consultar con mi familia.

Volví contento a casa a contarles a mis viejos. Me escucharon atentamente. Luego, en medio de suspiros, comenzaron a comentar con suavidad la novedad.

Trataron de hacerme ver que el dibujo y la pintura eran un maravilloso entretenimiento pero dudosamente un medio de vida. Propusieron que lo mantuviera como hobby y que aprovechara esas condiciones naturales para alguna carrera seria y útil. Sutilmente me recordaron que ellos me mantenían esperando que un día pudiera solventarme solo. No me pareció desacertado el comentario. Además, el viejo era tenor lírico y necesitaba otro trabajo para mantener la casa.

Yo siempre tuve intereses dispersos. Una especie de zapping mental. Me resultó fácil pensar alternativas. En la clase siguiente el profesor me preguntó si lo había pensado. Con la torpeza propia de mi adolescencia le contesté que sí pero que iba a aprovechar mi aptitud natural para alguna carrera útil. Galup quedó sorprendido por la respuesta y no volvió a hablar del tema.

Yo seguí dibujando y rompiendo dibujos. 

En esa época ya hacía tiempo que me habían asaltado mis intereses científicos. Estos fueron estimulados por mis padres que, seguramente, les verían más porvenir práctico. Primero fue la física, luego la química. Finalmente me decidí por la química. Seguía dibujando y rompiendo dibujos. Con la química entré a la facultad y me orienté a los cálculos teóricos y de ahí a la computación. Paralelamente traté de participar gremial y políticamente. Fui combinando intereses. Mientras tanto, seguía dibujando y rompiendo dibujos.

Así hasta los veintipico. Luego dejé de dibujar. La cabeza no me daba para todo. De mis dibujos solo quedan unos residuos arqueológicos que Matilde me sacó de las manos y los salvó. Aquí van.





A mis veinte años, estudiando química (foto original blanco y negro, coloreada por software). 
En la pared tres de mis dibujos (un árbol, una cara mitad calavera, una mano) hechos con bolígrafo. Más arriba una pintura que hice con pigmentos y goma laca sobre espuma de poliestireno (Tergopol, Espumaplast).


Detalles sobre la repisa. A la izquierda de la linterna un reloj embutido en un cubo de vidrio azul, que me acompañó desde los seis años. Hacia la derecha lapices y pinceles. Luego una brújula que no se distingue porque está acostada. Después el estuche de cuero de  mi máquina de fotos reflex, delante del retrato de Einstein que, aunque no se ve, está sacando la lengua. Luego, de costado, el despertador.


Único dibujo sobreviviente, rescatado por Matilde, crayon negro sobre una cartulina.



Cambio de rumbo


En 2016 fui despedido, después de 16 años de trabajo, del Ministerio de Educación de la Nación por el gobierno neoliberal-neoconservador recién asumido. Había "sobrevivido" varios gobiernos de variado signo político. Mi trabajo estaba vinculado al procesamiento de información sobre educación, en especial educación secundaria. Tenía alrededor de cincuenta años trabajando en informática y en el sistema educativo en secundaria y universidad en distintas posiciones como docente, directivo, funcionario o consultor.


Este es el texto (sin los destinatarios, por respeto a su privacidad) de un correo electrónico que les mandé a unos amigos y ex-compañeros de trabajo en febrero del 2017, al año siguiente a mi despido, hace unos años.

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Queridos XXXXX :                                     (7/2/2017)


Les mando estas reflexiones personales porque entiendo que tenemos cercanía ideológica y sé de la honestidad intelectual de ambos.

Las cosas que han pasado en el ministerio, inevitablemente, nos llevan a reflexionar. Tengo más de cincuenta años trabajando en la educación y en informática. Fui uno de los primeros echados de Secundaria. 

Uno se agarra de lo que venía haciendo. Como les conté iba a hacer, por gusto, un trabajo de sistematización de datos de la década Kirchner. 

De los primeros análisis de tasa de egreso y resultados de evaluaciones ONE podría demostrar que se había mejorado en productividad y calidad del sistema así como en la homogeneización y convergencia de resultados entre jurisdicciones.

Por alguna razón inconsciente lo fui demorando. Al ver mi involuntaria resistencia, traté de entender el por que de la misma.

Al igual que para ustedes, los Kirchner fueron la mejor etapa de los últimos 50 años para la gente y para mi (¡Soy gente!). La mirada y los logros en materia de las necesidades populares, los derechos y la inclusión no admiten duda.

Pero algo me “hacia ruido” en el trabajo que iba a hacer. Finalmente lo vi claro. La etapa Kirchner, con todo lo positivo, tenia contradicciones, como cualquier gobierno popular.

Lo que yo iba a intentar era una defensa de los resultados de secundaria con criterios que no eran los míos. Los criterios de productividad, eficiencia y calidad son los criterios neoliberales que, a través de OCDE-Pisa, se aceptan como dictadura ideológica. Los indicadores, los ONE, IMESA y otros engendros econométricos no son lo que yo considero los resultados deseables en la educación secundaria.

Al ver esto se comenzó a desmoronar el entusiasmo por este análisis. El alud me llevó a otros pensamientos.

Los añares de trabajo en y por el sistema me habían anestesiado mis ideas más profundas sobre la educación. Pero después de ocho  meses me di cuenta que ya no era empleado de ningún poder institucional que por un sueldo me llevara a trabajar por valores que no compartía.

Como ven toda una (¡bienvenida!) crisis respecto a la educación que ha hecho aflorar mis viejas disconformidades con el sistema.

Resumiendo, siento empatía por el montón de cosas positivas que hicieron los Kirchner y los votaré con entusiasmo.

Respecto a la educación secundaria creo que hay que repensarla.

Acepto todo tipo de comentarios (sean piadosos).

Les mando un abrazo.

Germán

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Aclaraciones necesarias. Entiendo que la mayoría de los que trabajan en educación, en especial los docentes, lo hacen creyendo honestamente en su trabajo, en los objetivos y métodos utilizados. Los gremios cumplen con el deber de defender de forma férrea los derechos de los trabajadores de la educación. Todo eso es muy honesto y está muy bien. También es importante ayudar a que los niños adquieran competencias básicas matemáticas, de expresión y otras. 


El problema es como impulsar que los niños aprendan a comprender su contexto y que formen sus propias opiniones, en forma progresiva y, en especial, en el ciclo secundario. Todo esto mientras subsistan los ciclos. Mientras no se desburocratice el aprendizaje en niños, jóvenes y adultos, inclusive docentes, será difícil. El futuro es neblinoso.


Los problemas están en el sistema y, a mi parecer, están enraizados en la concepción misma del sistema. 


No tiro recetas, porque no las tengo. Pero me parece que hay que comenzar por darse cuenta, cuestionar y cuestionarse, discutir "el sistema" y luego proponer. Mucha gente lo ha hecho y lo hace. 

No alcanza con ser "partidario" de alguna escuela constructivista, de Freire, de Jesualdo u otro pensador de la educación. Ojalá haya frutos porque hoy, mas allá de la "inteligencia artificial", la "economía del conocimiento", las PC, las tablet y los celulares, las viejas estructuras, objetivos y métodos persisten. 

Aparte, la experiencia demuestra que en la infancia y adolescencia no sirve la preparación para los trabajos "que vienen". En general, entre el comienzo de la educación de un adolescente y su culminación suelen cambiar los trabajos "que vienen".

Capitulo aparte para el permanente ceder terreno para absorber, a instancia de las empresas,  los costos de la capacitación laboral que, finalmente, con los acelerados cambios en las tecnologías tampoco se logra. El objetivo de que los alumnos aprendan lo necesario para ganarse un sueldo parece muy pobre.

Tengo claro, por experiencia, que este tipo de comentarios despierta fervientes resistencias, cuando no enojos.


La educación es un tema político. Es demasiado importante para dejarla en manos únicamente de "expertos en educación". El sistema educativo está incrustado en un sistema socio-político y en una cultura.

Final abierto.




Microondas


Cada vez que pongo a calentar una taza de café en el horno de microondas, se enciende su luz interior y comienza a girar la taza. Mientras se calienta observo la cuenta regresiva de los segundos en la pequeña pantalla digital. Parado frente al recuadro con dígitos luminosos, no puedo desviar la mirada del desfile de números. La danza de los siete palitos que se van iluminando alternativamente en su secuencia coreográfica tiene un efecto hipnótico. A medida que la sucesión descendente de cifras indica el calentamiento de la taza, también me transmite, con un frío y preciso pronóstico, como disminuye el tiempo que queda. Esa certeza del agotamiento del tiempo restante me acelera el pulso. Cuando el valor llega a cero emite un chillido y aparece, como en las viejas películas, la palabra “Fin”. Por suerte, cada café caliente me da una nueva oportunidad y respiro aliviado cuando comienzo a tomarlo. Así se repetirá hasta una última cuenta descendente, sin café.


Corleone

 A partir de los primeros años del siglo comenzamos a tener algunos ministros profesionales, bien intencionados, progresistas y preocupados por la mejora de la educación. Hubo avances y los numerosos profesionales que trabajábamos en el ministerio entramos en una etapa de prudente optimismo y trabajo modestamente productivo.

A muchos o, tal vez a algunos, no nos gusta este modelo de educación basado en paradigmas burocráticos, conservadores, competitivos y productivistas. Sólo ciertos docentes logran, a escondidas del sistema, que los alumnos se vinculen con la realidad de otra forma, más allá de los ejercicios estereotipados y de datos que se pueden encontrar en libros o en Internet. Sabiendo del poco eco que las propuestas de cambios más profundos tendrían, nos conformamos con aportar lealmente a un esquema más inclusivo y equitativo dentro de «lo que hay».

Todas las mañanas, entrábamos al ministerio a través de un gran patio. Yo era de los primeros en llegar. Solía encontrar gente de mantenimiento por el camino. A veces el ministro, al que la gente se refería por el nombre de pila, Alberto, entraba con su auto y descargaba carpetas y papeles con los que seguramente había trasnochado. Siempre nos saludábamos amablemente, aunque él nunca supo quién era yo.

En ese patio deambulaba habitualmente un grupo grande de gatos. Solían acercarse a husmear y curiosear. Supuestamente esperaban algún alimento o, simplemente, vincularse con nosotros. Es así que algunos les dábamos buen trato y, a veces, una pizca de comida. Entre los gatos se destacaba uno, corpulento, blanco, beige y negro que se paseaba y pavoneaba como capo de la banda gatuna. Lo cierto es que reconocía a los humanos amigos y se acercaba a saludarnos dejándose acariciar con la dignidad de quien se sabe un jefe y un líder. Llevaba en su piel las cicatrices de sus batallas, todas ganadas. Por su actitud en la pandilla de gatos lo bautizamos Corleone.




En la época que relato comenzó un chismorreo sobre estos gatos. Los mininos pululaban por todos los espacios abiertos o de circulación. Una parte del personal sentíamos simpatía por los felinos, disimulando algún presente oloroso que dejaban en pasillos o escaleras. Algunos de mantenimiento decían que mantenían a raya la población de ratas. Varias señoras se quejaban del aroma en determinados rincones, con un característico frunce de nariz. El runrún había crecido y se rumoreaba que se tomarían medidas. Los gatófilos supusimos que serían instrucciones al personal de limpieza.


Empezaron a crecer chismes sobre hacer algo para resolver la cuestión de los gatos. Sabiendo esto y, desconfiando de la forma en que se solían cumplir las directivas, algunos se decidieron a poner gatos a salvo. Una de nuestras compañeras, Betty, decidió llevarse a Corleone y salvarlo de una posible solución final. A ella, aparte de los gatos, le gustaba la literatura y tenia un gran sentido del humor. Concretó el salvataje con la ayuda de otra colega, Claudia. Salvado de la erradicación, Corleone aterrizó en casa de Betty.

Un lunes los gatos no estaban. En el ministerio unos pocos cuchicheamos algunos días sobre el tema y luego nada; los gatos fueron desaparecidos.


Algunos trascendidos sobre la forma en que se masacraron los gatos que no se llegaron a salvar fueron lamentables. Era tan vergonzante que todos preferimos silenciar y olvidar. Los gatos, sin proponérselo, fueron un analizador de parte de nuestra cultura y educación. Quedaron a la vista la variedad de actitudes de conmoción, indiferencia o tácita aprobación que tuvimos.

Algunos dirían: «Sólo son unos gatos ¿Por qué tanto lío?». Creo que el tema no eran unos gatos sino lo que se reflejó de nosotros mismos.

A los gatos les cayó encima todo el peso del poder desaparecedor a pesar de una ley sobre los derechos de las personas no humanas. Pensando que estábamos en el organismo rector de la educación, me despertaba dudas sobre los valores que sustentábamos en nuestro colectivo de trabajo. Genera preguntas estremecedoras sobre nuestro humanitarismo y compasión. Me hace pensar sobre cómo abordamos la gestión de grupos y nos disponemos frente a la autonomía y la rebeldía, en especial cuando desafía nuestro control. También me cuestiono cuánto hemos avanzado desde la Edad Media. Por suerte y desgracia, los niños son más domesticables que los gatos. El castigo a la autonomía, la franqueza y la espontaneidad, en ese caso, es más sutíl.

Luego de un proceso de adaptación, Corleone se avino a reemplazar sus numerosos esbirros por su única súbdita, humana en este caso. Cambió los espacios del ministerio por el sofá de Betty y se dispuso a disfrutar de su retiro como capo de mafia gatuno emérito. Por supuesto, a su sufrimiento no tenemos acceso.

Vivió varios años acompañando a Betty y se fue al paraíso que, como todos saben, es compartido por todas las especies. Allí lo siguió ella poco después. Ambos dejan recuerdos imborrables entre sus compañeros y amigos más cercanos.

Pasados unos años, al promediar el segundo decenio cambió la orientación política del gobierno y por consiguiente del ministerio. El tema de los gatos había pasado a la historia. Ahora, con la derecha en el gobierno, se produjo otra exclusión del ministerio. Esta vez de humanos. Cientos de personas con añares de trabajo honesto pero desamaestrados fuimos excluidos por prescindibles. Tuvimos más suerte que los gatos. Queda feo desaparecer gente, ya no se usa, está demodé.


El relato en la voz de Claudia Zysman:       



Cuarto exilio y ardiente despedida

  En 1974 fuimos a San Luis, a trabajar en el Centro Universitario Villa Mercedes de la Universidad Nacional de San Luis. Casi tres años después, al final de 1976 , yo era profesor titular full time por concurso y coordinador de una carrera. 

El golpe cívico militar nos encontró con nuestras mellizas recién nacidas. Producida la intervención de la universidad, designaron como interventor de la facultad a un militar. Era un vice comodoro de la fuerza aérea.  Era obvio que venía una época de resoluciones impopulares, tal vez crueles e injustas, que yo debería refrendar con mi firma y cumplir en mi carácter de coordinador. Ya contábamos con la experiencia de dictadura en la universidad en Montevideo y nuestra huida hacia Argentina.

Hablé con el interventor militar para presentar mi renuncia a la coordinación, ya que era un cargo de confianza de la conducción peronista depuesta. Me hizo jaque y no me aceptó la renuncia. Quedé embretado.

En casa lo discutimos, hicimos balance y decidimos abandonar todo, como tres años antes con el advenimiento de la dictadura uruguaya, y migrar a Buenos Aires. Pero no era fácil plantearlo. Sería visto como una señal sospechosa, una falta de apoyo a la nueva conducción universitaria. Era muy peligroso enemistarse con estos muchachos. Hubo un par de docentes asesinados y luego desaparecidos en la ciudad. La dictadura estaba en su etapa más furiosa y sangrienta.

Inventamos una historia de grandes oportunidades y un futuro venturoso en la capital, a efectos de justificar la renuncia como profesor.

Optamos por crear una ficción que nos obligaba a volver a Buenos Aires y renuncié a mi trabajo, al cargo de profesor. 

Hicimos reuniones de despedida y preparamos la mudanza con mucha calma y tiempo. Alguien nos recomendó un camionero que hacía mudanzas entre ciudades.


El día de la mudanza supervisamos la carga del camión y cuando arrancó para Buenos Aires salimos también nosotros cuatro. Inmediatamente, en nuestro automóvil, pasamos al camión en la ruta y nos dirigimos a la capital. Un par de horas después de llegar al departamento que habíamos alquilado nos llamaron por teléfono a la casa de mi cuñado, que vivía al lado. El que llamaba era un oficial de policía de una localidad a mitad de camino entre San Luis y Buenos Aires. Me informaban que «el camión de mudanza tuvo un accidente en la ruta», en la entrada de ese pueblo.


Tomé nuevamente el auto y, acompañado por mi suegro, desandamos camino. Cuando llegamos al lugar, vimos los restos del camión al costado de la ruta. Quedaba solo la cabina; la caja y la carga se quemaron. 

Mi desconfianza asomó cuando vi que no había restos de muebles metálicos o de la heladera. En un enorme lecho de cenizas, seguramente de los cientos de libros y carpetas, había bolas de vidrio fundido.

Nos dirigimos a la comisaria del lugar a averiguar más. Nos atendió un oficial, que tomó una serie de datos obvios. Me informó que el conductor del camión declaró que en la carga «había sustancias químicas». Como yo era profesor de química, seguramente para hacerme sospechoso de algo y tratar de echarme la culpa del incendio.

Ya fastidiado, le explique que las únicas «sustancias» que llevaba eran azúcar y sal, pero que no podían provocar incendios. Le pregunté si hubo peritaje. Contestó que se hacia únicamente si lo solicitaba un juzgado. Cuando salimos, nos acompañó el oficial. En el patio de la comisaria, para mi asombro, estaba intacta la mesa de madera de nuestro comedor. El oficial me explicó que solo pudieron rescatar la mesa y que, si quería, me la llevara. En caso contrario «les venía bien acá en la comisaría».

La mesa no cabía en el auto así que la abandoné. Harto y con el partido perdido emprendimos el regreso a Buenos Aires.


Ya en la capital, nos instalamos y poco tiempo después hice una visita a un abogado para consultar sobre una posible indemnización por los daños sufridos. Averiguó que el camión tenía seguro del vehículo pero no de la carga. El propietario y conductor no tenía ninguna otra pertenencia a su nombre, solo deudas. El abogado opinó que el hecho estuvo planeado. Me contó que era frecuente detener un camión en algún lugar apartado, muchas veces con cómplices de la localidad más cercana. Luego se bajaba la carga y se quemaba la caja del camión.

Llegamos a la conclusión que el incendio había sido el regalo de despedida. Y aún así, dadas las circunstancias, nos salió barato. A otros les fue peor.

El tercer exilio había sido de Montevideo a Argentina. Con el cuarto se dio la paradoja de exiliarnos donde nací, en Buenos Aires.





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