El individuo sigue durmiendo y se balancea pero siempre vuelve a caer sobre el hombro de Silvia. Pasado un largo rato, ella empieza a empujar tratando que el tipo caiga hacia el otro lado. No lo logra. El fulano siempre vuelve a caer hacia ella. En una de esas veces, Silvia advierte que no tiene su reloj pulsera. Con seguridad, con la maniobra del cabeceo, el hombre se lo ha robado.
Indignada y disimulando, le da un fuerte pinchazo entre las costillas con la aguja de tejer. Al mismo tiempo le habla al oído.
—¡Deme el reloj ya!
Su vecino de asiento se sobresalta, suponiendo que se arriesga a una puñalada. Espantado, tira el reloj pulsera en el bolso del tejido de Silvia y huye. En la siguiente parada se arroja del autobús.
Con la adrenalina al tope, busca el reloj entre la lana y el tejido. Para su asombro, nota que el reloj no es el suyo. El individuo pensó que ella lo estaba asaltando y entregó su reloj.
Cuando Silvia llegó a la casa vio que había olvidado su reloj sobre la mesa del comedor.
