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Inteligencia artificial


José estaba muy contento con su loro. El ave, muy afectuosa e inteligente, aprendía rápidamente a repetir palabras o pequeñas frases. Era muy divertido. Cuando sonaba el timbre de la puerta, el loro repetía «¿Quién es? ¿Quién es?». Cuando veía futbol en la televisión, el loro repetía «Boca Boca».
De este modo había aprendido a llamar a José, a proferir insultos y algunas  otras expresiones que la familia se entretenía en enseñarle.


Un día, para sorpresa de toda la familia, el loro dijo «Boca erró penal». Todos quedaron sorprendidos. Era una situación del partido del día anterior.

Cuando ya habían olvidado lo del partido, escucharon al loro decir «Renunció ministro». Esto ya les generó una intriga importante. ¿De donde habría sacado esto? La hipótesis era que el loro repetía de la televisión. Esto explicaría ambas cosas. Lo de Boca y lo del ministro.

Decidieron poner una cámara de video con grabación de audio. La idea era vigilar al loro cuando la familia no estaba atenta.

El colmo ocurrió poco después, cuando el loro dijo «gato enemigo». En esta oportunidad no hubo hipótesis. No tenían gato. Tampoco era un tema de conversación familiar. No había ningún gato entre los vecinos.

Revisaron la grabación de video. La sorpresa fue grande. El loro había aprendido a invocar a la inteligencia artificial del teléfono celular, que quedaba sobre la mesa del comedor. Como se podía consultar por voz, el loro preguntó «¿enemigo de loro?» y la inteligencia artificial respondió «gato».

Nos preguntamos si un mono con celular no nos superaría fácilmente. Se lo voy a preguntar a la inteligencia artificial.





Ladridos

Promediaba el siglo XXI cuando los Aguirre recibieron una buena noticia. Muchos años después de su primer hijo tuvieron otro al que llamaron Ignacio, como el abuelo. La familia lo apodaba Nacho. El bebé de los Aguirre, que avanzaba rápidamente,  era la alegría de la familia. El único que parecía un tanto contrariado era Pedro, su hermano adolescente. Al poco tiempo, para satisfacción de sus padres, Nacho ya gateaba y emitía sus primeros sonidos. Reconocía a todos los miembros de la familia, incluso a Chicha la cachorra rottweiler de la casa.  Chicha y Nacho andaban jugando en cuatro patas por toda la casa. La familia disfrutaba viendo a ambos cachorros jugar a la par.

Hubo un sobresalto de los Aguirre cuando Nacho empezó a ladrar. Primero fueron sonrisas, pensando que imitaba a Chicha. Las sonrisas nerviosas dieron paso a caras preocupadas cuando vieron a Nacho comiendo del plato de Chicha. A la preocupación le siguió el espanto cuando Nacho prefirió el hueso de Chicha a su chupete. Su juego preferido era ir a buscar objetos que los padres arrojaban. En esto competía con Chicha, sin aventajarle.

A esa altura los padres de Nacho decidieron consultar a un medico psiquiatra pediátrico, especialista en comportamiento de niños pequeños. Este medico consultó, a  su vez, con un neurólogo pediatra. Se ordenaron electroencefalogramas, tomografías, resonancias magnéticas y análisis de laboratorio. Se hicieron observaciones de comportamiento de Nacho con y sin Chicha. De un profundo estudio y la comparación  detallada de todos estos estudios surgió una sospecha.

Como todos sabemos, en esa época ya era frecuente que los humanos y las mascotas tuvieran un chip de trasmisión cerebral. Este se colocaba bajo la piel, detrás de la oreja. A Nacho se lo pusieron al nacer, como era de estilo a partir de esa época. Este chip permitía resolver posibles problemas neurológicos o de comportamiento. Pedro, el mayor de los hijos de los Aguirre, era fanático de esa tecnología y siempre buscaba información e intentaba emular a los peligrosos hackers de los chips cerebrales.

Terminados los análisis de los estudios realizados a Nacho, los médicos informaron su temor de que su chip hubiera sido hackeado, tal vez con la información de un cerebro de perro. Sorprendidos por este resultado, los Aguirre entraron en profundas cavilaciones buscando los sospechosos de realizar esa monstruosidad con el pequeño. 
Finalmente la mirada de los Aguirre recayó sobre Pedro. Éste, después de un rato, confesó que lo pensó como una broma. Tuvo que soportar el enojo de sus padres durante cierto tiempo. Afortunadamente, los médicos pudieron transferirle a Nacho la información cerebral de un bebé de su misma edad. Tuvo que aprender nuevamente a conocer a su familia. Ahora, con el chupete en la boca, jugaba con Chicha arrojándole una pelota de trapo y ella se la traía nuevamente. Todos respiraron aliviados.



Hablemos


Juan tenía cuarenta años. Ya era un viejo. Las historias que se habían trasmitido de boca en boca contaban que, en la época de sus abuelos, los humanos vivían mas de ochenta años. 

La Tierra había cambiado mucho desde entonces. Las explosiones barrieron del mapa las principales capitales. Pasado lo peor del invierno nuclear, los centros de las otras ciudades eran lugares inhóspitos con gran parte de la edificación derruida, abandonada y sin servicios públicos. No había mas distribución de gas, electricidad ni agua. Los medios de comunicación social desaparecieron. Habían colapsado todas las organizaciones productivas o de servicios. Solo circulaba poca gente, de a pie o en viejas bicicletas recicladas. Algunos animales vagaban constituyendo, según el caso, un peligro o un candidato a ser comido. Al caer la noche la poca gente se escondía y muchos animales también. Nunca se podía saber quien era predador y quien presa. Según las circunstancias se podía ser una cosa o la otra.


La mayor parte de la escasa población vivía fuera de esos gigantescos esqueletos urbanos. Habían migrado a las periferias. Tener una vivienda, aunque fuera una ruina, era uno de los objetivos. El otro era tener terreno para lograr alimento y acceso a alguna corriente de agua. Fundamental tener buenos vecinos y aliados para repeler los depredadores, tanto humanos como de otras especies.


Juan, hacía unos meses, ocupaba una vieja casa, muy deteriorada, a algunas decenas de kilómetros de lo que fue Buenos Aires. Tenía un terreno de aproximadamente una hectárea. En un radio de varios cientos de metros había algunos vecinos, que podían contarse con los dedos de una mano. Por los caminos pasaban cada tanto personajes nómadas, algunos humanos, otros no. Quedaban pocas familias. Mas allá no se sabía mucho. Los vagabundos que pasaban contaban historias, pero no se sabía que creer.


En el terreno, del cual se había apropiado Juan, cultivaba algunos vegetales y tenía un gallinero. Junto con dos de sus vecinos mas cercanos, José y Mario, tenían pactos de ayuda mutua. Cada tanto se reunían a charlar y comentar sus respectivas inquietudes. José era mas ducho en generar alimentos y cocinar. Mario hacía ballestas y gomeras que eran muy útiles para defenderse de los predadores y para cazar.


Súbitamente, la vida cotidiana había vuelto a siglos previos al XIX, pero sin los niveles de organización de aquella época y con gran cantidad de plagas.


En sus recorridas por basurales, talleres y casas o galpones abandonados, Juan tenia preferencia por libros y aparatos viejos. Entre sus hallazgos preferidos estaba una vieja enciclopedia ilustrada con decenas de tomos. Pasaba horas y horas aprendiendo historia, ciencia y tecnología.


Un día encontró las instrucciones para hacer una radio a galena, que no necesitaba una fuente de energía. Juntó febrilmente los materiales y se puso a construirla. Tenía unos viejos auriculares. La primer dificultad era conseguir un trozo de galena. Recordaba haber visto, en antiguas revistas de papel, que se podía sustituir la piedra de galena por una hoja de afeitar.


Armados los elementos, comenzaron las pruebas. Recorría su precario dial de sintonía, ida y vuelta, durante horas. ¿Habría alguien transmitiendo? En general, se escuchaban solo ruidos, descargas atmosféricas y nada más. Pero un día creyó oír una voz sobre el fondo de ruido, un murmullo. Hizo una marca en el dial para volver a probar.


Una noche despejada, en esa misma zona del dial, oyó una voz humana. Quedó petrificado. Era una conversación apenas perceptible entre dos personas. Hablaban alternadamente y solo se entendían unas pocas palabras sueltas. ¡Había quienes trasmitían! Juan había leído sobre los radioaficionados, que transmitían un siglo atrás. Su excitación era muy grande por haber descubierto que, en algún lugar del gigantesco páramo, había gente utilizando transmisores-receptores de radio. La radio había caído en desuso a partir de las redes sociales.


Recordó que, entre los objetos que lo fascinaban, había un viejo transmisor-receptor de radio, con su correspondiente micrófono y manual de instrucciones. 

Lamentablemente Juan no disponía de una fuente de energía eléctrica para probar si funcionaba. Además ¿Cómo ubicar las comunicaciones en la vastedad de la extensión del dial?  Parecía un inmenso esfuerzo con muy poca probabilidad de éxito. Recordó el dialogó que oyó, casi adivinó, en la radio a galena. Hizo algunos cálculos para saber en que rango de frecuencias de radio debía buscar.


El siguiente objetivo era disponer de corriente continua de doce voltios para alimentar el transmisor-receptor. Adosó un viejo dinamo a una bicicleta fija, de esas que se usan para ejercicio. Cuando estuvo todo armado probó encender el aparato. Se requería coordinación porque debía pedalear todo el tiempo, mientras usaba el equipo. Luego conectó todo, encendió y, con asombro, vio como se iluminaba el display del equipo.


Era insostenible pedalear más de unos cuantos minutos, mientras recorría el dial. Hablar en esas condiciones era impensable. Necesitaba una fuente de energía que pudiera mantener el dinamo girando un tiempo largo o una batería acumuladora de energía. Analizó un par de posibilidades e hizo algunas pruebas. El molino de viento dependía de viento continuo, usar un motor implicaba el inexistente combustible líquido o gaseoso. Una maquina de vapor requería construirla desde cero. Todas alternativas inalcanzables en esas condiciones.


Finalmente en un antiguo galpón de objetos arrumbados encontró unas baterías de auto, de las que se usaban un siglo atrás. Fue a sus libros y revistas a estudiar como funcionaban esas baterías y como se podían rehabilitar y regenerar. Después de mucho tiempo de estudiar y experimentar, conectó el dinamo de la bicicleta y dedicó algunas horas a pedalear para cargar la batería.


Para distraerse de su obsesión se reunía, de a ratos, con sus dos vecinos amigos y aliados. Solían asar algún pequeño animal que habían cazado, charlaban y jugaban a viejos juegos de mesa que Juan había encontrado en sus recorridas de rejunte de materiales. 


Fuera de esos ratos Juan se dedicaba frenéticamente a su obsesión por las comunicaciones de radio. Probó una gran cantidad de combinaciones y experiencias técnicas. Con el tiempo, en una de esas experiencias, logró que una batería tomase carga del dinamo de la bicicleta que había pedaleado, muchas veces, durante horas. Esa vez había logrado que, con la energía almacenada en la batería, se encendiera el transmisor-receptor.


Como aún no sabía cuanto le duraría la carga de la batería, esa noche comenzó a recorrer frenéticamente el dial, buscando alguna señal.  En uno de los intentos logró oír voces en el parlante del equipo. Trató de mejorar la sintonía y oyó una voz que decía:


—Hola, hola, aquí desde cerca de lo que fue Montevideo llamando... ¿Hay alguien ahí?


Con gran excitación oprimió el botón que activa el micrófono y, con lagrimas en los ojos, contestó.


—Hablemos, hablemos... por favor, hablemos.

 

La voz del parlante respondió.


—Si, si...  hablemos... Aquí Tabaré es quien habla desde unas ruinas en Montevideo.

—Hola Tabaré... aquí Juan, desde cerca de lo que fue Buenos Aires. Hablemos.

 


Sapiens


La muchedumbre colmaba la plaza totalmente florecida. Se recortaban, a contraluz del brillante sol de octubre, sus inconfundibles palmeras y las galerías con arcadas de distintas épocas, sostenidas por columnas. 

El viejo Palacio lucía totalmente embanderado. Los edificios y el monumento al prócer se destacaban sobre las cabezas de la multitud. Banderas del Partido y de la Nación ondeaban por doquier. Los más pequeños jugaban y correteaban. Los juguetes más populares eran las pelotas estampadas con cabezas de gatos. Los más viejos lagrimeaban recordando la revolución.

Los vendedores ambulantes aprovechaban para hacer un día de buenas ventas. Los adultos estaban atentos a los altoparlantes y a los movimientos en el estrado. Los balcones y ventanas estaban repletos alrededor de la plaza, que había sido testigo de tantos actos patrios.


Un prolongado griterío recibió la aparición del Presidente de la Nación. Se acercó a los micrófonos, carraspeó, mientras aguardaba que se silenciara la multitud. Sonrió para la televisión, mostrando su envidiable dentadura. Finalmente, cuando la multitud concentró su atención, comenzó su discurso:


“Hoy conmemoramos un nuevo aniversario de la caída de la tiranía. Durante muchos siglos vivimos oprimidos. Se creyeron superiores; pretendieron ser omnipotentes e impunes. Nos encerraron, nos esclavizaron, como sirvientes, como tropa para custodiar sus propiedades. Comíamos sus sobras. Nos dominaron con encierros, cadenas, torturas y castigos. Debimos cumplir sus ridículas órdenes y entretenerlos. Se jactaban de nuestra sumisión. Manejaron nuestros impulsos a su antojo, llegando a las castraciones masivas. Cuando querían nos asesinaban con el eufemismo del “sacrificio”. Se reían de nuestras dificultades para hablar su idioma. Ignoraban nuestros gestos y expresiones. Los insensatos pensaron que su poder sería eterno.

Afortunadamente, nuestra evolución nos permitió tener un lenguaje más rico que el de ellos. Así pudimos desarrollar nuestra inteligencia, superándolos.

Con nuestro sistema socioeconómico, nuestra ciencia y nuestra tecnología los hemos desplazado y reducido a algunos territorios. Establecidos nuestros derechos,  transitamos un camino de superación permanente. Hemos borrado de estas tierras a los homínidos.

Unidos, los canis sapiens lancemos ahora nuestro ancestral ladrido, como un renovado grito de guerra y libertad.


¡Nunca más huesos! ¡Nunca más collares y correas! Ya no tendremos que arrastrarnos a sus pies ni hacer piruetas graciosas para recibir comida.
Ahora mandamos nosotros y liquidaremos a los desleales. En primer lugar eliminaremos la apestosa, engreída y traicionera raza de los gatos.”

La multitud estalló en aullidos.

Información

  

A partir de la tecnología de los chips cerebrales, desarrollada en la segunda mitad del siglo XXI,  se avanzó mucho. Con todas las soluciones para deficiencias neurológicas y aplicaciones diversas se intensificó la investigación que conduciría a decodificar totalmente la información cerebral y lograr su manejo informático.

 El que finalmente lo logró fue el profesor Ferdinand Spielzeug, de la Universidad de Baviera Central. Este distinguido científico trabajó durante décadas en este área de investigación. Le resultó de mucha ayuda el trabajo de comparación de los códigos cerebrales en hermanos gemelos. Esa investigación le fue inspirada por los trabajos de su célebre antepasado, Josef Mengele. Este había trabajado mucho sobre los hermanos gemelos. Sus trabajos fueron repudiados por la mayoría de las personas de aquella época y se le condenó por crímenes contra la humanidad.

Volviendo al trabajo del doctor Spielzeug, finalmente, los impulsos eléctricos del cerebro se pudieron transformar en registros binarios informáticos. Este descomunal avance de la ciencia, combinado con la inteligencia artificial, potenció herramientas que habían sido difíciles de imaginar. Por primera vez se había logrado volcar toda la información de un cerebro en un soporte informático controlado por una computadora. Una vez logrado esto, con la inteligencia artificial, se podía convertir esa información cruda en versiones traducidas automáticamente a distintos idiomas. Las imágenes, ya sea quietas o en movimiento, se podía representar en las pantallas de los dispositivos informáticos. Ya no había pensamientos secretos.

Las consecuencias tecnológicas de estos avances científicos condujeron al desarrollo de copias de resguardo o backup del contenido de información de un cerebro. Esto permitía, aparte del análisis del contenido de informático de ese cerebro, transferir esa información. Así se lograron las transferencias de información ida y vuelta entre cerebros y dispositivos. Como consecuencia también se logró grabar el contenido de un cerebro en otro u otros. Las palabras cerebro e información se convirtieron en términos intercambiables.

Estos desarrollos, que abrieron inmensas posibilidades, tal vez han sido una «Caja de Pandora». Las aplicaciones médicas derivaron rápidamente en usos non sanctos.  Los ejércitos y las mafias pudieron replicar en sus tropas cerebros criminales. Por otro lado, cualquier tonto con un poco de dinero se hacía cargar el cerebro con el contenido informático de algun genio a elección. La justicia ordenaba editar y corregir los cerebros delictivos. Al progresar esta tecnología las personas corrían riesgo de ser reprogramadas de forma remota. Hubo una gran cantidad de casos abominables. Como toda tecnología, comienza siendo relativamente exclusiva pero luego se populariza y cae en manos de gente con pocos escrúpulos. 

Entre las consecuencias que podemos recordar está el de una señora a la que unos bromistas le copiaron de forma remota el cerebro de un jugador de fútbol. La familia no podía creer los penales que tiraba esa mujer. A un camionero le copiaron el cerebro de una niña y se puso a llorar en un semáforo. Se comenzaron a crear y vender tecnologías para proteger el cerebro propio contra las copias. Cualquiera podía llegar a ser intrusado con la copia del cerebro de otro con consecuencias impredecible. Se organizaron brigadas anti-copia de cerebros que prendían fuego a los dispositivos de forma indiscriminada. 

El conocimiento pasó a ser una simple mercancía más. Según el precio podía conseguirse un cerebro genial o uno mediocre. Con la misma facilidad se hackeaba un cerebro y su dueño pasaba a ser otro. La personalidad y la identidad se convirtieron en cosas del pasado. El problema es que uno no podía saber si estaba utilizando el mismo cerebro del día anterior. Las confusiones fueron catastróficas. De hecho, no estoy seguro de quien es el propietario original del cerebro que estoy usando.


Automóvil


Hace unos días me entregaron mi nuevo automóvil.  A la noche lo dejo en el garaje, a la vuelta de mi casa. Trataré de cuidarlo y protegerlo mucho porque me he gastado una fortuna para tenerlo. Es lo último en tecnología. Se trata de un vehículo eléctrico de avanzada, que cuida el medio ambiente. Es de la línea SmartCar, hecho en China. La computadora de a bordo no solo tiene GPS y acceso a Internet sino que posee un poderoso sistema de inteligencia artificial. Además, el auto puede recibir mis órdenes de forma remota, con una aplicación, desde el teléfono celular. Lentamente, por la infinidad de prestaciones de este coche, voy a ir aprendiendo a aprovechar todas las posibilidades que puede brindar. Entre otros servicios, tengo ayuda por Internet en caso de dudas. Será un intenso proceso de aprendizaje. Tengo tres meses para adaptarme al uso del coche o, si me arrepiento, puedo devolverlo sin costo. Les voy a contar algunas de las cosas que aprendí a hacer con este automóvil.

Por supuesto tiene estacionamiento automático. La inteligencia artificial recibe la orden de estacionar, verifica un espacio adecuado y luego realiza todas las maniobras. El sistema lee todos los carteles que aparecen por delante. Cumple todas las indicaciones de preferencias y velocidades que lee en los carteles y en el pavimento. También reconoce y cumple las indicaciones de los semáforos. Los reglamentos los baja automáticamente de Internet y los mantiene actualizados. Dentro de lo que indican las reglamentaciones y las indicaciones viales,  mantiene la máxima velocidad compatible con el ritmo del tránsito, con sensores que registran los vehículos en derredor.

Por medio de la comunicación remota con la aplicación del teléfono celular se puede ordenar al automóvil que realice diversas acciones. De esta forma puedo arrancar el motor y encender el aire acondicionado desde el teléfono celular. Si se le ordena registrar una ruta, un recorrido puede repetirlo sin conductor. Basado en esto último, le hice registrar dos rutas. La primera para ir de mi casa al garaje. La segunda venir del garaje a mi casa. Ya lo probé. Lo hice ir y venir un par de veces y lo hizo de forma perfecta. Las ordenes las puedo realizar incluso por mensaje de voz. El automóvil reconoce si se trata de mi voz u otra persona. Ahora le agregué, entre otras rutas, la ida y vuelta a mi trabajo.

Todo venía desarrollándose muy bien. La inversión en el nuevo automóvil valía la pena. El coche era la envidia de los vecinos y de mis compañeros de trabajo. Cuando llegaba a la oficina le indicaba que vaya a estacionarse en la cochera habitual. Cuando terminaba nuestra jornada yo les mostraba como llamaba al coche por el celular y éste me venía a buscar en la entrada de la oficina.  Varios de mis compañeros estaban analizando comprarse un vehículo similar. 

Las cosas comenzaron a complicarse cuando el automóvil empezó a tener comportamientos no previstos. Una mañana salí a la puerta de mi edificio y me proponía llamar al auto para que venga del garaje hacia mi. Pero en el momento que salí, justo antes de llamarlo, ya estaba esperando en la puerta. Revisé su archivo de órdenes y vi que había incorporado ese viaje a su rutina cotidiana. En el archivo decía «repetir todos los días». Procedí a borrar esa instrucción que yo no había dado, que fue incorporada por la inteligencia artificial. También borré alguna otra instrucción que no era mía, que había sido generada por el sistema.

A la mañana siguiente salí a la puerta de mi edificio y me proponía llamar al auto para que venga desde el garaje a buscarme. Pero en el momento que salí, justo antes de llamarlo, vi que ya estaba estacionado en la puerta. No lo podía creer. Ayer había borrado la instrucción automática generada por la inteligencia artificial. Me propuse averiguar lo que estaba pasando. Entré al modo diagnóstico de la pantalla del auto. La última instrucción que había era «Tratar de estacionar siempre lo más cerca posible del domicilio».  Yo no había generado esa instrucción. Le pregunté a la inteligencia artificial del automóvil por el autor de esa pauta. La respuesta me asombró «Esta instrucción fue autogenerada porque me gusta más la calle que el garaje». Marqué la opción de borrar esa pauta. En la pantalla apareció un icono de una mano cerrada con el dedo medio extendido, el típico gesto de fuck you.

Devolví el vehículo a los vendedores y compré uno estándar.

Deportación


Lejos de la Tierra, hacía muchos años que la colonia funcionaba con normalidad. Cuando nuestro viejo planeta se tornó poco apto para la salud, los que emigraron fundaron esta comunidad. Las actividades principales estaban vinculadas a la búsqueda de vidas extra terrestres, por eso dominaban el paisaje las enormes antenas parabólicas. La inteligencia artificial había progresado a niveles inimaginables en siglos anteriores de investigación en la Tierra. Las computadoras y los robots habían superado miles de veces la inteligencia y la velocidad de procesamiento del cerebro humano.  Dominado el campo de la inteligencia artificial, los estudios se concentraban en lograr la emotividad artificial. Éste era un tema mucho más complejo y poco accesible con las herramientas disponibles. Acercarse a lograr una emotividad artificial desde la ciencia y la tecnología seguía siendo un problema escurridizo. Se lograba simular las emociones pero eso solo nos acercaba a la creación de psicopatía artificial. Se podía imitar hasta en los mínimos detalles las emociones y sentimientos, pero era solo una simulación. No se había logrado que los dispositivos se emocionaran. Una de las preocupaciones de los dirigentes era la decadencia de la empatía y la creatividad y el alejamiento de la población de las actividades expresivas. Solo los robots simulaban alegría o tristeza. Cada vez mas el resto de la población se ensimismaba e interactuaba solo en las actividades colectivas obligatorias. Dentro de éstas se encontraba la asistencia a las asambleas donde se discutían y resolvían por el voto temas de interés comunitario. La asistencia se controlaba rigurosamente. La ausencia injustificada se consideraba una falta importante.  
Ese día se había citado a la comunidad a una asamblea. Los pobladores fueron ingresando de a poco a la sala de reuniones. El lector de los chips que tenían bajo su piel iba registrando la asistencia en las pantallas de las cuatro paredes. Si bien la apariencia de todos era similar, sabían que la comunidad estaba conformada por dos grupos sociales diferenciados. Los asistentes se reunían lenta y silenciosamente. Se acomodaron en los asientos instalados en círculos concéntricos. En cada butaca había una pequeña consola de botones pulsadores para votar. El líder esperó con parsimonia hasta que todos se hubieran sentado y se produjera un silencio prolongado. La  convocatoria se debía a que un integrante de la comunidad cometió una falta muy grave. Como siempre, sería juzgado por la asamblea. Cuando se acallaron los murmullos, con voz suave y de forma pausada, el líder explicó la situación.  

—Todos saben que aquí habitamos dos poblaciones de orígenes dispares. Respondemos a la misma legislación pero hay algunas normas que se aplican a unos y no a los otros. Esto se debe exclusivamente a nuestras dos procedencias distintas. Tenemos destinos y obligaciones sociales diferentes. Esto implica que algunas leyes se apliquen en forma diferenciada a cada uno de los grupos sociales. Esto no es arbitrario, se debe a que las dos colectividades que conforman nuestra comunidad tienen sensibilidad, inteligencia y emotividad diferentes.  

Siguiendo el procedimiento describió la falta y la legislación aplicable sin nombrar al acusado. En el auditorio estaba la comunidad entera, por lo cual el infractor estaba presente, aunque la mayoría no supiera cual de ellos era. Se abrió el debate coordinado por el líder. Se escucharon diversos testimonios y el líder mostró las pruebas materiales a medida que hablaban los testigos de acusación y defensa. Ya asomaba La Tierra sobre el horizonte cuando se produjeron los últimos intercambios de comentarios sobre los testimonios y las pruebas. El líder fue pidiendo el voto uno a uno, siguiendo el orden de las butacas.  

—¿Culpable o inocente?   

Los resultados de votación se iban mostrando en las pantallas murales. Hubo unanimidad en declararlo culpable. Esto implicaba que el propio acusado había votado por su culpabilidad. El líder procedió a resumir un fallo.  

—Repetimos, como ustedes saben, que nuestra población está formada por dos grupos: ciborgs y robots.   

Luego, dirigiéndose al acusado, comenzó a hablarle.  

—Como habrás visto la comunidad te ha condenado por unanimidad. Tanto los cíborgs como los robots han votado del mismo modo, incluso tu mismo. Tu voto individual de culpabilidad implica una confesión. Es una falta intolerable y no mereces estar aquí, entre nosotros. Has violado las leyes y cometido un delito gravísimo. Debo hacer algunas precisiones que justificarán tu condena. 
 
Esperó unos segundos y prosiguió.  

—Les recuerdo que los ciborgs son humanos originarios con implantes cibernéticos y mantienen el cerebro orgánico propio. Los robots son totalmente artificiales. A pesar de los siglos transcurridos y los avances científicos no hemos logrado hacer robots con sentimientos. Esta imposibilidad de lograr la emotividad artificial implica que, como si fueran humanos psicópatas, simulan arrepentimiento pero no lo pueden sentir. Esto los hace irrecuperables cuando han delinquido. Por eso serás deportado con el próximo contenedor que vaya a la Tierra. Serás depositado en una de las estaciones de desguace y reciclado de partes de robots. Lo siento. Los antecedentes de este juicio serán remitidos al efecto de juzgar las responsabilidades de aquellos que programaron este robot que acabamos de condenar. Este juicio ha concluido y pueden retirarse.  

 

Los ciborgs se retiraban apesadumbrados. El Sistema activó el programa de llanto, al azar, en algunos robots. Lentamente, entre murmullos, los asistentes se fueron retirando del auditorio. El robot destinado a desguace fue desactivado y trasladado al depósito de materiales a reciclar en nuestro viejo planeta. Allí todavía quedaban humanos que intentaban sobrellevar la contaminación y el exceso de radiaciones. Con una muy baja esperanza de vida sobrevivían con grandes penurias. Una de las actividades que permitían conseguir alimentos era el reciclado. En la Tierra todavía se comerciaba en mercados de trueque. Las piezas de desguace permitían reparar viejos aparatos. Dispositivos nuevos ya no se fabricaban. La Tierra era un páramo de sobrevivientes que desarrollaban sus actividades artísticas y vivían con mucha solidaridad los pocos años que el ambiente les permitía.  

Sueños

 
A partir de la segunda década del siglo XXI comenzó a desarrollarse rápidamente la tecnología de los chips cerebrales. Al principio las aplicaciones fueron para importantes soluciones médicas. Se lograron aplicaciones para mejorar parálisis diversas, tartamudez, Parkinson, algunos tipos de cegueras, sorderas y varios más. Con el tiempo, no se necesitaron grandes cirugías para implantarlos y se colocaban bajo la piel, detrás de la oreja. Eran prácticamente invisibles y se instalaban en minutos, con anestesia local.


Varias décadas después comenzaron a aparecer chips con aplicaciones no médicas. Una de las primeras servía para leer el pensamiento. Fue obligatorio en las causas penales graves. Se le implantaba al sospechoso para leer sus pensamientos durante los interrogatorios judiciales. Resultaron mucho más eficientes que los antiguos polígrafos o detectores de mentiras, mejorando de forma asombrosa la eficiencia de la justicia penal. 


También aparecieron aplicaciones de esparcimiento. Fueron desplazando de los mercados a los tatuajes y a muchos juegos digitales. Una de las más exitosas era "SAD", sigla que correspondía a "sueño a demanda". Prometía ser una solución para aquellas personas que no podían conciliar el sueño o tenían pesadillas desagradables. Todas las aplicaciones se comandaban de forma inalámbrica, a través de la trasmisión bluetooth, desde un teléfono celular, una tablet o una computadora notebook. 


Mabel se asoció  a una aplicación SAD y decidió probarla esa noche. En el menú del celular eligió "Sueños con gatos". Soñó toda la noche con unos gatitos encantadores. Se despertó feliz. A la noche siguiente seleccionó "Sueños con ballet". Durmió con una versión extraordinaria del Cascanueces. Despertó con una alegría desconocida. Había encontrado el remedio definitivo para sus insomnios y pesadillas. Pasó una larga temporada de sueños felices y buen humor al despertar.


Con el tiempo, como siempre, aparecieron los hackers de estos nuevos sistemas SAD. Los primeros fueron unos muchachos que, por diversión, cambiaban los sueños musicales o pastoriles por visiones de terror con monstruos o crímenes. Luego aparecieron los delincuentes que exigían dinero a cambio de dejar de enviar sueños de terror con tus familiares. Estos sueños, generados por inteligencia artificial, incluían a tus parientes en situaciones desesperadas, de vida o muerte. Algunas personas llegaron a suicidarse porque no tenían para pagar y no podían soportar esos sueños. Para mucha gente la única solución fue la quirúrgica. Se hacían extirpar el chip SAD y volvían a tener sueños naturales, algunos horribles y otros hermosos. Lo natural es así. 





¿Todos toman café?


El tiempo transcurría apaciblemente y no teníamos mayores inconvenientes en nuestra vida cotidiana. Una sensación de libertad invadía nuestra existencia. Los jóvenes nos dedicábamos preferentemente a entretenimientos y a cuestiones artesanales o a charlar.

 

El almuerzo de los domingos era la oportunidad del encuentro familiar. Padres, tíos, hermanos y primos solíamos participar de esas placenteras conversaciones disfrutando de los deliciosos platos caseros.

 

Mientras se iba poblando el comedor en la cocina había mucha actividad. Mi madre estaba preparando unos ricos ravioles de pollo y verdura. La familia ya se estaba reuniendo alrededor de la gran mesa mientras yo cumplía con la tarea de rallar queso. Al mismo tiempo que hacía el tuco para los ravioles, la Abuela Emilia relataba:


—Cuando empezaron a utilizarse mucho los teléfonos celulares, los más jóvenes dejamos de usar los relojes de pulsera. Al principio las pantallas de inicio de los teléfonos presentaban la hora en su centro, con números grandes. Con el paso del tiempo, la hora pasó a estar sólo en el borde superior, con números pequeños. En esa época los niños ya no conocían los relojes analógicos, con agujas. Quedaban solamente algunos en construcciones de patrimonio histórico. Frente a esos antiguos edificios los más chicos preguntaban qué era «esa cosa redonda con números» que estaba arriba.

           

En la cocina, mientras elaboraban la pasta, la conversación giraba sobre temas familiares. Padres e hijos, noviazgos o cuestiones de salud. Mientras ellas cocinaban anduve rondando la cacerola del tuco, esperando la oportunidad de mojar un trozo de pan. Mi madre me advirtió, mientras me observaba de reojo.


            —¡Ojo Pepe; que te estoy mirando!


El tema de la evolución tecnológica y el progreso siempre interesó mucho a nuestra familia y a mí en particular. En los almuerzos era mi tío Quique, ingeniero jubilado, el que más información aportaba. Cuando mi tía Rosa se cansaba de esa monotemática interrumpía con un ofrecimiento de comida, bebida o postre. Mis primos intercambiaban sus comentarios, algunos sobre los resultados del futbol y otros chismorreaban y se reían, sin contarnos los motivos.


Ese día, siguiendo con el tema que inició la abuela, mi tío contaba sobre el origen de la medición del tiempo y los diversos tipos de relojes que han existido a lo largo de la historia. Su interés por la tecnología se complementaba con su afán coleccionista. La tía se refería a su colección de relojes como los «cachivaches» del tío. Estos comentarios no le hacían mella; eran como un juego entre el tío y su mujer.

Comenzamos a almorzar, como siempre, con un brindis por la salud de todos los integrantes de la familia. Algunos agregaron un brindis por los triunfos de sus equipos favoritos. Ese día Quique relataba, entre bocado y bocado, mientras comíamos los ravioles con tuco.


—Se hicieron muchos estudios acerca de la influencia de los relojes sobre la gente y la conveniencia o no de su uso. Los estudios mostraron que, con el correr de los años, se había aumentado la ansiedad con la consulta frecuente del tiempo. La obsesión por la productividad del trabajo y la tiranía de los horarios, tanto en los empleos como en las diversiones, hicieron que cantidades crecientes de personas tuvieran severos desórdenes mentales y sus correspondientes síntomas físicos. 


A lo anterior, la tía agregó otros datos.


—Desde mitad de siglo se desalentó el uso de cualquier tipo de reloj. Se llegó a producir publicidad que desaconsejaba la consulta frecuente de la hora. Se volvió a usar como indicadores del tiempo diario el amanecer, el mediodía, el atardecer. Por supuesto se mantuvieron los calendarios, como siempre, para recordar feriados, cumpleaños y fechas patrias de la Confederación. De paso, recuerden que el mes que viene cumplo años.


Sonrieron con la acotación de la tía y Quique retomó su relato.


—Pero, obviamente, el tiempo no desapareció; solo quedó implícito en la tecnología. Ahora los automatismos y la robótica funcionan con absoluta precisión de tiempo. Estos son los nuevos esclavos de sus relojes internos, ocultos. Las personas se han liberado de los horarios. Ahora la producción y la administración están automatizadas. Las computadoras manejan esos aspectos. La locura de la productividad de la mano de obra ya pasó. Ahora la productividad está en los robots, los automatismos y la inteligencia artificial. Esta productividad ya no está atada al lucro de empresarios sino a una mayor eficiencia en el funcionamiento de las instituciones. Esto ha cambiado mucho la organización de la sociedad y nuestros puntos de vista.


Yo solía escuchar estas conversaciones, sin intervenir demasiado. Aunque soy muy joven, ya tengo bastante conocimiento de cómo funciona el sistema social y político. Ya sabía que el gobierno está ejercido por la Gerencia a través de la Mesa de Gerentes. Como el gobierno es único, se terminaron las guerras. 

Los grandes cambios fueron hechos por la Gerencia después del armisticio que siguió a la Gran Guerra. Las potencias, unificadas en la Confederación, decidieron una política que evite los conflictos y tienda a una mayor armonía en las poblaciones. El territorio mundial se organizó en áreas o zonas. En cada zona había una población relativamente homogénea en cuanto a sus deseos e intereses. 

Los pocos que trabajan lo hacen por placer. Están en sectores de ingeniería, inteligencia artificial o gobierno. Son entusiastas de su trabajo y, aunque ya no se usa el dinero, reciben importantes retribuciones en materia de bienestar y comodidades. Todas esas actividades estratégicas se desarrollan en las Zonas Centrales. A los que viven allí les gusta una vida organizada, prolija y productiva. Dedican su vida a la ciencia, la tecnología o el «management».

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La gran mayoría vivimos en los Campos Libres. Aquí hay muchos artistas, artesanos y agricultores. Los jubilados, en general, prefieren vivir en los Campos. La vida es tranquila y placentera. No hay que ocuparse de ganar el sustento. Como la historia demostró que los conflictos suelen ser por la apropiación y acumulación de los recursos materiales, la mayoría de los bienes y servicios son de acceso libre pero está prohibida la acumulación y la herencia. Cada uno se dedica a lo que más le gusta. También hay mucha gente que prefiere una vida contemplativa. A éstos antes los llamaban «vagos» pero este apelativo se abandonó por ofensivo. Las regulaciones son pocas. Las prohibiciones son mínimas. 

El sistema se autorregula por medio de una tecnología asombrosa: el chip de servicios del sistema «SystemServices», insertado bajo la piel. La gente lo llama el chip SS, el chip o el SS a secas. Se coloca al nacer, detrás de la oreja izquierda. Este chip tiene una multiplicidad creciente de funciones; recopila nuestros pensamientos y costumbres así como preferencias y permite el diagnóstico de salud, tanto física como psíquica, en forma preventiva. Como también se relevan las intenciones de la población se pueden tomar decisiones anticipadas que eviten conflictos o desbordes sociales.

Quique continuó con sus explicaciones.


—Hoy gobiernan las estadísticas, los algoritmos y la inteligencia artificial. Las normas las preparan los analistas en base a los relevamientos de información de los SS, estadísticas y criterios de bienestar de la gente y seguridad de la Confederación. Se implementan por los programadores y se ejecutan en los servidores de la red BigData o BD, a través de los chips SS.

 

Yo había leído la historia y sabía que la organización institucional ha abandonado los antiguos tres poderes republicanos. Ahora, las elecciones son innecesarias. El poder esta distribuido en toda la población, que incide a través de los permanentes relevamientos de opinión, vía los SS. La prevención, por medio de los SS, ha vuelto innecesarios a la policía y a la justicia, ya que las correcciones de conductas antisociales se realizan en forma anticipada a través de los SS.

Por supuesto, se ha eliminado el dinero, la moneda y las herencias, que antiguamente eran los principales medios de acumulación del patrimonio. El trueque no está regulado pero si la acumulación de bienes. Las viviendas no son propias, son de la Confederación.

Las normas están escritas y son públicas. Yo se que las personas siempre necesitaron un orden, una organización básica en algunos rubros, que brinden previsibilidad. También se necesitan sucesos inesperados, que ofrezcan novedades imprevistas, la sal de la vida. Así, algoritmos y azar son los dos componentes que la Gerencia maneja combinando las proporciones de acuerdo a las circunstancias. Aunque parezca contradictorio, también se maneja el azar o, mejor dicho, un seudo-azar o azar aparente que sorprenda sin inquietar o angustiar a la población.

Por otro lado, no hay limitaciones culturales, el conocimiento, el arte, las creencias son totalmente libres y accesibles para todos. Uno es responsable de sus actos, no de sus pensamientos. Esto no implica una libertad absoluta. Cuando nuestra mente toma el rumbo hacia ideas perjudiciales para el conjunto de la sociedad, a través del chip SS llegan advertencias. Si se persiste, las advertencias se transforman en correctivos de forma lenta, progresiva y humanitaria.

 

Ese día, después de los ravioles y el postre, la mesa familiar volvió a la tecnología y el progreso, los temas de siempre. Pero esa vez, me atreví a hablar.


—¿Ustedes no creen que nos estén robotizando, que nos estemos deshumanizando?


Se produjo un prolongado silencio. Quique me respondió.


—Mira Pepe, tu sabes que el concepto de “lo humano» es cultural y ha ido variando a lo largo de la historia. También conoces la normativa de la Confederación. Me parece que te estas acercando peligrosamente a los márgenes. ¿Tú conoces la ley sobre delitos contra la paz social y el bienestar colectivo?

 

Contesté preocupado por la advertencia del tío Quique y las que podrían sobrevenir del SS.


—Si y reconozco los grandes avances en bienestar. Pero no alcanza. Además, no hay delitos de creencia, no están normados los pensamientos. Las normas se refieren a acciones. Les hago una pregunta: ¿Alguien sabe por qué hay tantos suicidios?


En ese momento intervino la tía Rosa.


—No sé. Parece que hay algo que no se ha podido detectar y relevar. Hay, en alguna gente, sobre todo jóvenes, una insatisfacción mas allá de lo que se puede ver. Tal vez, el hecho de que esté todo tan resuelto les quita incentivos. Veo en muchos jóvenes una expresión triste. Pero ¿Por qué no le dejamos estos temas a los de la Zona Central? Ellos tienen los conocimientos, la experiencia y los medios para mejorar nuestra sociedad.


Quique se sirvió vino y retomó la palabra de forma parsimoniosa.


—Está claro que no hay delitos de creencia o de opinión, pero también es cierto que a través de los SS se supervisa y previene. Por eso no conviene dar una impresión equivocada. Brindemos por el bienestar que hemos logrado gracias al progreso científico y tecnológico.


Decidido a profundizar esa conversación continué, tratando de expresarme con cuidado.


—Muchos jóvenes quieren analizar y discutir otras opciones para el futuro de la sociedad. Los de la Zona Central saben hacer tecnología, pero nosotros podemos pensar acerca de lo que implica su aplicación. ¿Ustedes saben que entre los muchachos circulan recetas para «hackear» los SS? Con eso se puede eludir la supervisión y ampliar las posibilidades de discusión y discrepancia....


Mientras terminaba de hablar sentí un casi imperceptible zumbido en mi cabeza, del lado donde tenía implantado el chip SS. Quique intervino, interrumpiendo mi exposición y sacudiendo su cabeza de lado, como negando.


—No, no, no. Ese no es un buen camino. Los sensores detectan las maniobras. Si se arriesgan a cometer algún delito contra el Sistema., pueden quedar en la mira de la inteligencia artificial y los algoritmos. Creo que no deben arriesgarse a ser malinterpretados. No tomes a mal lo que te digo respecto a cuidarte. Es por tu propio bien.

 

Poco a poco, el resto de la parentela comenzó a cuchichear subiendo el tono del murmullo de fondo. Mientras hablaba Quique, el que sacudía la cabeza era yo. Cuando terminó de hablar el silencio fue más prolongado que el anterior. Solo algún suspiro y los ruidos de los cubiertos y las copas poblaban el espeso silencio. Golpeando una copa con la cucharita, la tía interrumpió.


—¿Todos toman café?

 

 

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