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El juego

 


En el viejo bar la tarde cae aburrida mientras tomo un café. Ninguno de mis amigos ha venido hoy. De improviso, un desconocido me pregunta si puede compartir la mesa. Asiento con la cabeza y también pide un café. Está de espaldas contra la vidriera que recibe el sol del atardecer. Ese resplandor me impide ver su cara con claridad. Apenas adivino sus rasgos angulosos. Mi ocasional compañero de mesa saca un mazo de naipes y pregunta.

—¿Jugamos al póker?

—Si, puede ser.

—Le cuento que tengo una técnica imbatible.

—¿Cómo es?

—En las distintas manos puedo ganar o perder. Puede ser que usted gane mucho, pero, en la última mano usted pierde todo.

—¿Todo?

—Si, porque se va a entusiasmar ganando y al final, perderá todo en la ultima mano.

—¿Cómo esta tan seguro?

—Es mi juego. Al final siempre usted pierde.

Sentí la tentación de preguntarle por su identidad, saber quien era. Una premonición me hizo desistir.




Reconocimientos y compensaciones

Bar

El bar tiene la tranquilidad de la siesta. El sol destaca la mugre del vidrio y se refleja en la mesa, molestando un poco al leer el diario. 
El mozo me comenta: 

— Un señor preguntó ayer por usted y dijo que volvería hoy.

 

Un rato después, mientras leo las noticias policiales, adivino una silueta que se sienta enfrente de mí.

Bajo el diario y veo a un tipo que no conozco y me dice: 

— Hola Ernesto ¿Cómo te va?

 

Busco en mi memoria y no encuentro esa cara. Tartamudeando contesto:


— Hola... no te ubico…
— Recordá. Hace nueve años, cerca del puerto, invierno, lloviznaba.
— Sigo sin ubicar.
— ¿No te asaltaron y te robaron en la calle?
— Si.
— Bueno, yo soy el ladrón.

 

La sorpresa me paraliza por un instante.


— Me llamo Juan, soy el que te asaltó. No te asustes. No te preocupes. No te voy a hacer nada. Eso fue hace mucho tiempo.

 

Preocupado e incómodo pregunto:

— ¿Qué querés? ¿Para qué me buscaste?
—Yo te hice daño. Pagué con la cárcel cuando vos me identificaste. Ya estoy en paz con la justicia, pero no con mi conciencia.
— No entiendo ¿Qué querés de mí?
— Te quiero compensar. Te robé ochocientos pesos. Con la inflación hoy serían mas de dos mil. A mi me está yendo muy bien en lo económico. Te traje esto para devolverte la plata; la malasangre no te la puedo reparar.

 

Saca un paquete y dice:


— Hay diez veces el valor de lo que te robé; veinte mil pesos.
— No se, es rarísimo… no sé qué pensar.
— No pienses nada, es una compensación. ¿Me perdonás?
— ¡Qué se yo! La verdad es que el dinero me viene muy bien.
— Bueno. Ya está. Te invito a un café. Tal vez, si me perdonás, podemos llegar a ser amigos.
— No sé; todo es posible. 

 

Pasaron un par de días y estaba leyendo el diario en la misma mesa del bar.

Otra vez alguien se sentó enfrente de mí. Pensé que era Juan, el ladrón.
Bajé el diario y me encontré con un desconocido, de traje. 

— Soy el comisario Roldán — dijo, mientras me mostraba una credencial.


Antes de que me pudiera reponer agregó:


— Me tiene que acompañar.
— ¿Por qué?
— Usted pagó su deuda en una casa de electrodomésticos con dinero robado en un asalto a un banco. Asalto a mano armada, que dejó dos muertos. Tendrá que tener una explicación convincente.

 

Pasaron varias horas en la comisaría y aún seguía atontado, después que el cajero del banco creyó reconocerme como uno de los asaltantes.

Cuando llegó el fiscal traté de explicar, contando la pura verdad. La respuesta del fiscal me congeló:

— Aunque yo le crea, hay testigos que lo vieron tomando café con Raúl Sánchez, el jefe de la banda, que está prófugo. Los testigos vieron que Sánchez le entregó un paquete en el bar. Si nos ayuda a encontrar a su jefe, tal vez le consigamos quince años en vez de perpetua.

---------------------------------------------   FIN   ----------------------------------------------------------

Este cuento es el primero que escribí (en 2015) y lo presenté en un concurso auspiciado por el Banco Supervielle. Así me comunicaron que fue seleccionado para incluir en la antología:

Subject: Conozcamos a los ganadores de "Grandes autores, relatos cortos"
Date: Wed, 16 Dec 2015 11:39:03 -0300


Concurso de cuentos
 

Hace poco recibí este mensaje de un desconocido: 

Hola Germán
Calculo que este relato debe ser suyo. Me pareció muy bueno y lo grabé con algunas licencias.
Espero le guste
Saludos
Pablo

 

  Después me enteré que se trata de Pablo Rospide.

Silvia y el reloj

Para soportar el tedio del largo viaje en autobús, Silvia teje. A su lado dormita un tipo de aspecto desagradable. Con el traqueteo y el vaivén, el fulano se va cayendo sobre el hombro de Silvia. Ella intenta correrse, eludir el ladeo de su vecino de asiento. Le asaltan dudas sobre la modorra del hombre. ¿Estará fingiendo? ¿Qué se propondrá?

El individuo sigue durmiendo y se balancea pero siempre vuelve a caer sobre el hombro de Silvia. Pasado un largo rato, ella empieza a empujar tratando que el tipo caiga hacia el otro lado. No lo logra. El fulano siempre vuelve a caer hacia ella. En una de esas veces, Silvia advierte que no tiene su reloj pulsera. Con seguridad, con la maniobra del cabeceo, el hombre se lo ha robado.

Indignada y disimulando, le da un fuerte pinchazo entre las costillas con la aguja de tejer. Al mismo tiempo le habla al oído.

—¡Deme el reloj ya!

Su vecino de asiento se sobresalta, suponiendo que se arriesga a una puñalada. Espantado, tira el reloj pulsera en el bolso del tejido de Silvia y huye. En la siguiente parada se arroja del autobús.

Con la adrenalina al tope, busca el reloj entre la lana y el tejido. Para su asombro, nota que el reloj no es el suyo. El individuo pensó que ella lo estaba asaltando y entregó su reloj.


Cuando Silvia llegó a la casa vio que había olvidado su reloj sobre la mesa del comedor.

Pantera Rosa y el Negro


Promediaba la última dictadura en la Argentina. El folklore popular adjudicaba apodos a los protagonistas del poder.


El Negro entró al lujoso y tradicional despacho y dejó la pistola y la gorra en la mesita de la entrada. Luego hizo la venia y saludó.

—Hola Pantera ¿Cómo van las cosas?

 

Al del escritorio no le gustaba el apodo de Pantera Rosa. Siempre le pareció que lo de Rosa cuestionaba, de alguna manera, su virilidad. Disimulando su contrariedad saludó y contestó la pregunta.


—Un despelote, como siempre.
—¿Problemas nuevos?
—No, los habituales. Los colegas que quieren salir de cacería. Las viejas jodiendo en la plaza. Los rajados armando quilombo en el exterior y la prensa extranjera haciéndose eco.
—Por suerte a los subversivos los estamos aniquilando, con la cobertura legal del decreto de la viuda.
—¿Querés un café?
—Si, dále.

 

El dueño de la oficina pide los cafés por el intercomunicador y el Negro continúa con el diálogo.


—Mirá , vos sabés, para las viejas lo tengo al Rubio que está metido entre ellas. El averigua y cuando haga falta entra a laburar el grupo. Eso está bajo control. Para otra gente suelta que anda jodiendo tenemos el otro grupo, que los lleva a la Escuela y, cuando hace falta, los hacemos volar.  
—OK. Sigamos así. Igual, me preocupa saber cuando entraremos en algo más normal y tranquilo.
—No te preocupes. Está todo bajo control. La gente está con el mundial de fútbol.
—Igual pienso mas allá, en varios años. ¿Cómo nos va a ir? ¿Qué dirá la historia de nosotros?


Entra un empleado con los cafés. 


—No te preocupes. Tenemos todo el poder. Vamos a estar muchos años y luego seremos próceres. Nadie se va a acordar de lo malo. Solo recordaran lo positivo.
—Puede ser, así funciona la historia.


Pocos años y muchos muertos después, la historia continúa en un enorme salón, con gran cantidad de personas y un estrado.

El Negro y Pantera Rosa están en primera fila. Frente a ellos un hombre de traje, como parte del estrado, hace una declaración con voz fuerte y conmovida.


—Señores jueces...¡Nunca más!

 

El Negro, el Pantera Rosa, el Rubio y todos sus secuaces se equivocaron.


Un tiempo después el Negro muere internado en un hospital. Unos años mas tarde, Pantera Rosa, sentado en un inodoro del penal, se siente muy mal e imagina al Negro diciéndole «Hasta cuando te estás muriendo hacés cagadas». Con la carcajada del Negro en la cabeza todo termina para él. 


La humanidad respira aliviada. Por lo menos hasta la próxima dictadura o el siguiente genocidio.





Inteligencia artificial


José estaba muy contento con su loro. El ave, muy afectuosa e inteligente, aprendía rápidamente a repetir palabras o pequeñas frases. Era muy divertido. Cuando sonaba el timbre de la puerta, el loro repetía «¿Quién es? ¿Quién es?». Cuando veía futbol en la televisión, el loro repetía «Boca Boca».
De este modo había aprendido a llamar a José, a proferir insultos y algunas  otras expresiones que la familia se entretenía en enseñarle.


Un día, para sorpresa de toda la familia, el loro dijo «Boca erró penal». Todos quedaron sorprendidos. Era una situación del partido del día anterior.

Cuando ya habían olvidado lo del partido, escucharon al loro decir «Renunció ministro». Esto ya les generó una intriga importante. ¿De donde habría sacado esto? La hipótesis era que el loro repetía de la televisión. Esto explicaría ambas cosas. Lo de Boca y lo del ministro.

Decidieron poner una cámara de video con grabación de audio. La idea era vigilar al loro cuando la familia no estaba atenta.

El colmo ocurrió poco después, cuando el loro dijo «gato enemigo». En esta oportunidad no hubo hipótesis. No tenían gato. Tampoco era un tema de conversación familiar. No había ningún gato entre los vecinos.

Revisaron la grabación de video. La sorpresa fue grande. El loro había aprendido a invocar a la inteligencia artificial del teléfono celular, que quedaba sobre la mesa del comedor. Como se podía consultar por voz, el loro preguntó «¿enemigo de loro?» y la inteligencia artificial respondió «gato».

Nos preguntamos si un mono con celular no nos superaría fácilmente. Se lo voy a preguntar a la inteligencia artificial.





Foro mundial


Siempre supe que fuimos creados para hacer el bien. Pensé en ser sacerdote para difundir este mensaje. Dicen que tenía condiciones para el sacerdocio. Lamentablemente el celibato no era para mí. Decidí cumplir mi misión de fe desde un lugar laico. Participo hace muchos años en la ONG “Por un Mundo Mejor”, que trabaja unida a mi iglesia. Nos dedicamos a organizar campañas de bien público. Yo soy líder del equipo de comunicación. Tenemos que hacer llegar el mensaje del que nos creó a su imagen y semejanza. Esta profunda convicción la llevo adelante con una capacidad de persuasión que todos me reconocen en la ONG.


Este año fui delegado al “International Mentors Forum” o IMF. Este es un foro mundial, en el que las entidades participan exclusivamente por invitación. Es coordinado por un comité de grandes organizaciones internacionales que se dedican, aunque sea parcialmente, a mejorar el mundo desde ideas, perspectivas y acciones muy diversas. También hay delegaciones gubernamentales y de distintos credos. El objetivo del foro es compartir y mejorar la información, comunicación y fidelización de los simpatizantes, correligionarios, seguidores o adeptos, según el tipo de organización.

 

Como todos los años el evento, de varios días, se realiza en un hotel de cinco estrellas. La organización va cambiando de país y ciudad año a año. A las delegaciones siempre las recibe un comité de admisión, integrado por jóvenes muy simpáticas y serviciales. Cuando llegué me dieron una guía de ámbitos, horarios y descripción de las conferencias, servicios varios y el número de mi habitación.

 

En estos días asistí a diversas presentaciones. La que más me impresionó fue la de hoy a la tarde. La brindó un tal José Castaño, director de comunicación de la corporación “The Believing People”. Es un estadounidense hijo de caribeños, que habla un buen español con leve acento norteamericano. Su charla fue sobre el tema “Saber puede ser dañino”.

 

Tomé numerosos apuntes, ya que me interesó mucho el enfoque original. José es un tipo muy interesante y convincente. Me despertó mucha confianza. Su charla estaba centrada en el coaching, la tutoría y la oratoria. Llevar la palabra, la convicción y la certidumbre con el mensaje solidario y la fe en la misión siempre me pareció lo más importante. José me impactó profundamente. En su curriculum vi que, como yo, sus inicios habían sido por el camino de la fe. Luego, al igual que yo, optó por la vida laica consagrada a transmitir el mensaje del bien, de la hermandad y la solidaridad. Su palabra, su convencimiento y su capacidad de emocionar y arrastrar al público eran algo fuera de lo común. Un líder, un gurú, sin duda. Paso a contarles, con mis palabras, los conceptos de José que más me impactaron.

 

El planteo central de José ronda alrededor del hecho que la abrumadora mayoría de las personas, sumergidas en la complejidad de la vida de nuestra época quieren simplificaciones. Este fastidio por la complejidad genera varias tendencias en la gente.

La primera es buscar explicaciones simplistas para problemas complicados. Por ejemplo, un mito, una superstición o una pseudociencia.

Luego adoptan una de estas creencias o visiones simplificatorias como verdad absoluta y actúan en consecuencia.

Pero ¿Por qué hace esto la gente? ¿Por qué no estudian e investigan toda esta complejidad que nos incluye? ¿Por qué aceptan cualquier explicación simplista?

Son llevadas a estas conductas por el vértigo, la cantidad de tareas y la escasez de tiempo de la vida actual. También influyen las distintas creencias y tradiciones culturales. José nos hizo recordar el dicho popular: “Si quieres ser feliz como tu dices, no analices”.

Entre los relatos básicos de nuestra civilización José destacó que, en el Génesis, el creador advierte a Adán y Eva que comer del fruto del árbol del conocimiento puede ser mortal. Como mensaje fundacional marca un rumbo. El saber es peligroso. ¿Quién no ha escuchado las frases “prefiero no saber” o «elijo creer»?

Es sabido que las ciencias y en particular las exactas no son las preferidas de la población. Se busca practicidad. Menos esfuerzo y resultado más rápido. Así es que nos dedicamos a trabajar para ganar dinero y tratar de distraernos o divertirnos en las pocas horas libres.

Las grandes dudas que nos aquejan se encaminan a través de religiones, supersticiones y creencias varias que circulan en nuestra cultura, sobre todo a través de los medios masivos de comunicación y las redes sociales.

Algo básico y muy importante que dice José es que no se debe pensar en esto como algo negativo. Los que proveen de creencias al público cumplen con una función muy importante. Les proporcionan certezas, disminuyen sus ansiedades y les ayudan a encarar la vida con menos angustias.

Un dios todopoderoso. Un libro donde está toda la historia de nuestro origen, la ley, el bien y el mal. Los hechizos, los horóscopos, la numerología y los amuletos para favorecer la suerte. Los programas de televisión para reír, llorar y saber qué se debe votar y a quiénes admirar o insultar. El futbol para gritar. ¿Qué más? Dejemos las complejidades para los pocos chiflados que se fascinan y obsesionan con investigar. Esa es nuestra benéfica misión. Facilitar la vida, despejar el camino. Eliminar angustias. El enfoque de José me pareció muy atrayente y positivo. Refuerza el fundamento de nuestra misión y, por eso, aumenta mi confianza en José y mi convicción.

 

A la noche fui a tomar un refresco en el mostrador del bar del hotel. Me encontré con José. Le manifesté mi admiración por sus explicaciones. Tuve la sensación que él no estaba bien. Estaba tomando whisky antes de cenar. Parecía estar levemente borracho. Me acerqué y lo saludé.


—Hola José ¿Cómo está? Me impresionó mucho su charla de hoy a la tarde.

—Como verá, no estoy en muy buenas condiciones.

—¿Lo puedo ayudar?

—Voy a ir a mi habitación a descansar un rato.

Se incorporó con inseguridad y trastabilló. Se veía muy mareado.

—José, si me permite, lo acompaño a su habitación.

—Bueno, estoy hecho un desastre. Debo dormir un poco antes de cenar.

Fuimos a su habitación y se desplomó en la cama. Estaba descompuesto. Me atreví a hacerle una pregunta.

—José ¿Qué le pasa? ¿Lo puedo ayudar?

Entre hipos y eructos intentó explicar.


—Lo que me pasa es que el mundo es una mierda y así es mi vida. Vendo toda esta basura que recito para ganar plata pero no me la creo. Hago que los demás, como tu, la crean. Me emborracho para poder dormir y tolerar lo que hacemos. Doy consejos y mi vida es un desastre. Mi familia me odia. Mi hijo es un adicto. Yo soy alcohólico.

—Pero yo estoy en una ONG de bien público. Creo que lo que usted hace refuerza nuestra misión.

—Sí, claro ¿Tienes idea quién financia tu ONG? ¿Cuántos bancos o corporaciones multinacionales? ¿Qué gobiernos? ¿Qué agencias de inteligencia? ¿Quiénes están detrás? ¿Con qué intenciones? ¿A qué partido político aportan?

Extenuado, se sonó la nariz, descansó un instante, bebió un sorbo y arrancó de nuevo.


—¿Lees libros?

—Poco. Tengo la Biblia siempre a mano Esa es mi guía fundamental. También me  informo por la televisión y las redes sociales de mi comunidad.

—Los libros y no nuestra cháchara son importantes. No “el libro”; los libros. Nos hacen pensar.

José tomó un libro de su mesa de luz y le pregunté.

—¿Es la Biblia?

—No. Es “Fahrenheit 451”. ¿Lo leíste? En la novela se dedican a quemar libros.

—Lo empecé a leer hace mucho pero me aburrí. Prefería los libros sagrados.

—Te lo presto. Es mi nueva biblia. Mira este párrafo. “Salir de la guardería infantil para ir a la Universidad y regresar a la guardería. Ésta ha sido la formación intelectual durante los últimos cinco siglos o más. Los años de Universidad se acortan, la disciplina se relaja, la Filosofía, la Historia y el lenguaje se abandonan, el idioma y su pronunciación son gradualmente descuidados. Por último, casi completamente ignorados.”

—Sí, ahora lo recuerdo.

Entusiasmado, José prosiguió, cada vez con mas fervor.

—Mira este otro párrafo. “Si no quieres que un hombre se sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno o, mejor aún, no le des ninguno. No les des ninguna materia delicada como Filosofía o Sociología para que empiecen a atar cabos. Por ese camino se encuentra la melancolía.”

—Tienen razón en ese libro. Al contrario, los libros sagrados te dan calma.

José se enfureció.

—No puedo ignorar la complejidad. ¡Ya estamos sumergidos en el caos! Si tú puedes seguir con las simplificaciones bien por ti. Yo ya no puedo mentirme ni mentir sin sufrir. Alcánzame la botella. Voy a tratar de dormir.

 

Salí de su habitación muy impactado y confundido. ¿Cómo este hombre, con su convicción y elocuencia en las conferencias, tenía este otro lado? Toda mi estantería mental se estaba moviendo. Me fui al bar a tomar algo fuerte y me llevé el libro y una botella de whisky a mi habitación.

 


 


Buenos Aires, entre judíos y futboleros


"... y en nosotros nuestros muertos
pa’ que naide quede atrás..."

Atahualpa Yupanqui

Es una típica tarde de verano en Buenos Aires. Se encuentran Juan Carlos y José a tomar algo y charlar. Juan es descendiente de italianos, futbolero e hincha de Arsenal de Sarandí. José, hijo de centro europeos judíos. Son una mínima muestra de descendientes de la inmigración europea, en distintas épocas y por diversos motivos. Siempre han estado interesados en las cuestiones sociales, comunitarias y políticas. La situación internacional, en especial Gaza, y los problemas locales los tienen inquietos. Juan tiene curiosidad acerca de la relación entre la colectividad y el sionismo. Por eso arrancó la conversación.

 —Tengo un par de preguntas para hacerte. Va la primera. ¿Por qué los judíos cuando hablan de sus ancestros, aparte de la nacionalidad, aclaran que eran judíos?

 

 —Nunca lo pensé. Supongo un par de razones. Una es la lealtad con el recuerdo de los que fueron asesinados por serlo. Otra es, cuando se conoce a alguien, advertirle para que no diga algo ofensivo. Esto es típico de minorías discriminadas en alguna época.

 

 —OK, ahí va la otra ¿Qué representa la DAIA? Veo que es sionista y se arroga la representación de toda la colectividad judía. 

 

 —Mirá Juan. intentaré explicarte con una analogía. Vos sos futbolero ¿No?

 

 —Obvio. Vos sabés que soy hincha de Arsenal de Sarandí.

 

  —OK La AFA tiene la representación directa de mas de ochenta clubes. Las comisiones directivas de esas instituciones nombran delegado en AFA. ¿Vos sentís que las resoluciones de AFA representan el pensamiento de las hinchadas de los equipos?

 

  —¡No! La AFA representa los intereses de los grupos dominantes, o de poder, dentro de los clubes.

 

 —La DAIA tiene la representación directa de unas ciento cuarenta  instituciones de la colectividad. Las comisiones directivas de esas instituciones nombran delegado en DAIA. 

 

—¿Y que representa DAIA?

 

—Me lo contestaste con lo de AFA.

 



Pérez

  


El diputado Pérez entró al Palacio de impecable traje, camisa blanca y corbata celeste. Pasado el control de acceso y la guardia de honor, el jefe de protocolo lo saludó cordialmente y le indicó su asiento en primera fila.

Pérez era opositor furibundo al gobierno. Denunciaba atropellos a trabajadores y jubilados, violaciones a los derechos humanos, negociados y corrupción. Era un principista y católico muy ferviente. Su bancada parlamentaria era muy pequeña. El gobierno lo eligió como opositor testigo, para mostrarlo en los actos. Su discurso no tenía efectos. La televisión lo mostraba, preferentemente sin audio, destacando la amplitud del gobierno al invitar a su principal crítico. Sus denuncias y análisis solo se volcaban en el parlamento. Los medios masivos ignoraban sus exposiciones y ridiculizaban su persona y su entorno familiar.

Este acto era para anunciar la reforma constitucional que permitiría al gobierno perpetuarse en el poder y eludir las acciones judiciales y parlamentarias en su contra.

Ante la televisión, saludaron a Pérez diversos ministros, todos con sonrisas e incluyendo alguna palmada en el hombro. El presidente, elegante como siempre, sonrió con sus brillantes ojos celestes y sus dientes blanquísimos y perfectos. Antes de comenzar su alocución, estrechó la mano de Pérez bajo el atento registro de los camarógrafos. Luego subió al estrado, hizo una leve guiñada a la primera dama, que le devolvió una sonrisa para las pantallas y comenzó su exposición. Durante el discurso Pérez puso su mejor «cara de póquer» y permaneció en su lugar.

El presidente usó el tono de predicador que tanto resultado le había dado en las campañas electorales. Comenzó con un «seré breve» y desarrolló loas a la república y a la democracia. Terminó con un «todos juntos podremos», casi tan obvio y vacío como el comienzo.

En determinados párrafos, como determinada por un guion, la concurrencia estallaba en aplausos a instancias de una claque estratégicamente distribuida. El presidente aprovechaba para beber un sorbo de agua y mostrar su sonrisa que parecía tener incontables dientes. Al concluir su pastoral, miró de reojo a las cámaras de televisión y se acercó nuevamente a Pérez con la diestra tendida.

El diputado, ya de pie y con la misma cara neutra, le estrechó la mano y con la izquierda en el bolsillo le disparo a quemarropa, vaciando el cargador de su pistola. La custodia del presidente lo abatió con docenas de disparos. El presidente había muerto y Pérez también.


El día anterior el diputado había ido a una iglesia de barrio, donde no lo conocían. Ingresó de zapatillas y camisa a cuadros y pidió confesarse.

El cura le dijo: 

—¿Qué quieres confesar hijo mío?

—Un pecado mortal.

—¿En que consistió tu pecado?

—Todavía no lo cometí.

—¿Y porque vas a pecar? Evita cometer el pecado, resiste.

—Es inevitable. No le puedo explicar más.

—¿Has vivido buscando la gracia y cumpliendo con los sacramentos? ¿Has sido piadoso?

—Si, toda mi vida.

—Es obvio que no te puedes arrepentir, ya que aun no lo has cometido, pero... ¿Te propones firmemente no repetir ese pecado, no pecar mas?

—Si, padre. No pecaré más después de esta oportunidad.

—¿Te comprometes a realizar las obras de penitencia que la Iglesia te asigne?

—Todo lo que esté a mi alcance. Hay más. Estoy por morir de una enfermedad incurable.

—Solo puedo brindarte consuelo en tus sufrimientos y bendiciones que te permitan lograr paz y ánimo. Ojala llegues a obtener el perdón del Señor, que te de la fuerza y el don de unirte más íntimamente a la Pasión de Cristo y así entrar en la Casa del Padre.


Pérez se retiro confortado aún sabiendo que le llegaría la muerte con una cuenta pendiente con el Señor.

En los bolsillos del diputado los agentes de inteligencia encontraron dos sobres. En uno estaban los estudios médicos y el dictamen que le otorgaba poca vida. En el otro había una carta con el texto:

«Queridos todos. Hoy he cometido un crimen para la Ley y un pecado mortal para el Señor. Cuando lean esta carta estaré muerto. Profundas razones y sentimientos me han llevado a atentar contra la vida. No he podido tolerar más los atropellos y las violaciones a los derechos, los negociados y la corrupción».


Los noticieros de la televisión mostraron el dictamen médico y explicaron que esa situación seguramente lo enajenó y lo llevó al magnicidio. Luego de los funerales de honor para el extinto presidente y el velorio íntimo de Pérez, el hecho no se volvió a mencionar en la televisión. De la carta de Pérez el pueblo nunca supo nada. El vicepresidente asumió la presidencia y se postuló para un nuevo periodo, aprovechando la reforma constitucional recientemente aprobada. Al acto de asunción se invitó a la viuda del exdiputado. La televisión la mostró profusamente. En pantalla partida se veían dos escenas. En una el nuevo presidente saludando a la viuda de Pérez. En la otra manifestantes con carteles del partido de Pérez arrojando piedras en el exterior del Palacio. Esa noche los manifestantes fueron apaleados y apresados. El gobierno publicó en todos los medios el texto:


«Enviamos nuestras condolencias a las familias del expresidente y del exdiputado Pérez. Es nuestro propósito superar la antinomias, cerrar la grieta entre nuestros conciudadanos e impulsar el diálogo en un clima de concordia».



 


Ladridos

Promediaba el siglo XXI cuando los Aguirre recibieron una buena noticia. Muchos años después de su primer hijo tuvieron otro al que llamaron Ignacio, como el abuelo. La familia lo apodaba Nacho. El bebé de los Aguirre, que avanzaba rápidamente,  era la alegría de la familia. El único que parecía un tanto contrariado era Pedro, su hermano adolescente. Al poco tiempo, para satisfacción de sus padres, Nacho ya gateaba y emitía sus primeros sonidos. Reconocía a todos los miembros de la familia, incluso a Chicha la cachorra rottweiler de la casa.  Chicha y Nacho andaban jugando en cuatro patas por toda la casa. La familia disfrutaba viendo a ambos cachorros jugar a la par.

Hubo un sobresalto de los Aguirre cuando Nacho empezó a ladrar. Primero fueron sonrisas, pensando que imitaba a Chicha. Las sonrisas nerviosas dieron paso a caras preocupadas cuando vieron a Nacho comiendo del plato de Chicha. A la preocupación le siguió el espanto cuando Nacho prefirió el hueso de Chicha a su chupete. Su juego preferido era ir a buscar objetos que los padres arrojaban. En esto competía con Chicha, sin aventajarle.

A esa altura los padres de Nacho decidieron consultar a un medico psiquiatra pediátrico, especialista en comportamiento de niños pequeños. Este medico consultó, a  su vez, con un neurólogo pediatra. Se ordenaron electroencefalogramas, tomografías, resonancias magnéticas y análisis de laboratorio. Se hicieron observaciones de comportamiento de Nacho con y sin Chicha. De un profundo estudio y la comparación  detallada de todos estos estudios surgió una sospecha.

Como todos sabemos, en esa época ya era frecuente que los humanos y las mascotas tuvieran un chip de trasmisión cerebral. Este se colocaba bajo la piel, detrás de la oreja. A Nacho se lo pusieron al nacer, como era de estilo a partir de esa época. Este chip permitía resolver posibles problemas neurológicos o de comportamiento. Pedro, el mayor de los hijos de los Aguirre, era fanático de esa tecnología y siempre buscaba información e intentaba emular a los peligrosos hackers de los chips cerebrales.

Terminados los análisis de los estudios realizados a Nacho, los médicos informaron su temor de que su chip hubiera sido hackeado, tal vez con la información de un cerebro de perro. Sorprendidos por este resultado, los Aguirre entraron en profundas cavilaciones buscando los sospechosos de realizar esa monstruosidad con el pequeño. 
Finalmente la mirada de los Aguirre recayó sobre Pedro. Éste, después de un rato, confesó que lo pensó como una broma. Tuvo que soportar el enojo de sus padres durante cierto tiempo. Afortunadamente, los médicos pudieron transferirle a Nacho la información cerebral de un bebé de su misma edad. Tuvo que aprender nuevamente a conocer a su familia. Ahora, con el chupete en la boca, jugaba con Chicha arrojándole una pelota de trapo y ella se la traía nuevamente. Todos respiraron aliviados.



Entierro


Apenas entramos al cementerio sefaradí estacionamos el auto. El grupo de parientes y amigos enfiló lentamente y en silencio hacia la reciente tumba de Isaac. Antes del entierro se había realizado el lavado ritual de purificación del difunto. Íbamos con su esposa, sus hijas y el rabino Baruj.

Pasamos por la mesita donde cada varón tomó una kipá para cubrirse la cabeza y dejamos una propina para los que trabajan en el cementerio.

En el camino una amiga católica me comentó que le había impresionado la cantidad de piedras que algunos —seguramente antisemitas o maleducados— arrojaban sobre las tumbas en forma indiscriminada. Quedó muy sorprendida cuando le explique que era una costumbre judía dejar piedras recordatorias en lugar de flores.


Baruj era un rabino o jajam, como se le llama en la comunidad, moderno y amigo de la familia. Lo habían seleccionado para la ceremonia porque les agradaba su estilo cálido y su forma de actuar y decir.

A un costado del caminito nos cruzamos con el jajam Benveniste, el rabino ortodoxo oficial del cementerio. Benveniste era un tipo adusto, conservador, de traje negro, barba y sombrero de fieltro negro. Era obvio que se sentía el dueño del cementerio.

Cordialmente, Baruj invitó a Benveniste a participar de la ceremonia, como reconociendo su autoridad local. Se unió al grupo y continuamos la lenta marcha.


Al llegar junto a la fosa, recién tapada de tierra, nos detuvimos. Las tres hijas del muerto estaban con los ojos llorosos y los demás nos encontrábamos muy conmovidos. 

El grupo de deudos, parientes y amigos esperábamos las palabras de Baruj, el elegido por la familia para la ceremonia. 

Para nuestro asombro, Benveniste se interpuso y propuso que se rezara el kaddish, la oración por el alma del finado. Para esto es necesario un minián o conjunto de diez varones adultos,  como mínimo, según el judaísmo ortodoxo. 

Contamos los varones presentes. Alguno varones católicos o agnósticos planteamos reparos a integrarnos activamente a una ceremonia religiosa. Se produjo una breve deliberación. Las tres hijas del finado se ofrecieron para completar los diez del minián. Benveniste fue intransigente. Las mujeres no cuentan. 

La menor de las hijas de Isaac, una adolescente, no pudo más con su indignación y lo interpeló a Benveniste con claridad.


—Sos un machista. Nuestro padre nos hacía participar en todo ¿Por qué ahora no podemos?
—Es la ley.
—No es la ley. Es tu interpretación de la ley y un abuso de poder.

 

Se hizo un largo silencio. Finalmente las hijas de Isaac, ofendidas, se hicieron a un lado mientras Benveniste, que en el ínterin había logrado reunir los diez varones, recitaba la oración en hebreo, que casi ninguno entendía. Después de la kriáh, la rotura simbólica de una prenda de ropa del deudo mas cercano, Benveniste se retiró con aire triunfal. Baruj explicó que, por respeto a los deudos,  no había querido establecer una discusión de rabinos en medio del entierro.

Poco a poco el grupo comenzó a desandar el camino con breves paradas en la tumba de algún pariente o conocido.


Cuando ya llegábamos cerca del estacionamiento algunos, según la costumbre ritual, se lavaban las manos antes de salir del cementerio.

Benveniste, con aire triunfador y pagado de si mismo, se acercó a la adolescente para intentar un comentario conciliador respecto a la discusión anterior. Recibió una respuesta contundente que lo congeló.


—Ya la cagaste, andáte al carajo.

 

Debo reconocer que me provocó envidia por su capacidad de decir lo justo en el momento adecuado.


Pancho y el sistema

 

Juan tiene un nieto, al que apodan Pancho, que este verano terminó el colegio primario. Juan y Pancho disfrutan de charlar en el patio del fondo de la vieja casa familiar. Juan está tomando unos mates mientras Pancho come una medialuna. El nieto le está ayudando con la computadora mientras el abuelo observa con satisfacción el interés de Pancho por casi todo. A su vez éste disfruta del conocimiento que la experiencia le ha dado a Juan.

Ese día Pancho estaba interesado en como se genera la riqueza, las ganancias. Juan, que había trabajado en muchos ámbitos y actividades, tragó saliva e intentó explicar en la forma más simple que podía.

 

—Mirá Pancho, a veces te la complican pero voy a intentar explicártelo fácil. En general, se obtiene ganancia a través de la venta de algún producto o servicio.

—¿Cuales serían los ejemplos de producto o servicio?

—Productos hay muchos. Puede ser una manzana, una camisa o un auto. O sea algo material. Un servicio puede ser una clase particular, el correo o la energía que nos mandan a través de los cables.

—Y el tema de la ganancia ¿Como es?

—Bueno todos los productos y servicios tienen un precio que paga el que los compra.

—Eso ya lo sé. Pero ¿y la ganancia?

—Esperá un poco que te explico. Ésta es la parte más complicada.

—Te escucho.

—El precio que te cobran es para pagar muchas cosas. Por ejemplo materiales para hacer el producto, sueldos de los trabajadores que lo elaboran, impuestos, energía eléctrica y otros. Además, el precio incluye la ganancia del dueño de la empresa.

—Ah... ahí entra el tema de la ganancia. ¿Y como son los valores de todas esas cosas?

—Es muy variable según el tipo de empresa. Pero, para que te hagas una idea, te voy a poner un ejemplo típico. Supongamos unos valores razonables que se dan en muchas empresas. En el precio hay una décima parte para pagar a los trabajadores y una décima parte para la ganancia del empresario. Los ocho décimos restantes son para los materiales, la energía, los impuestos y otras cosas que llamamos costos.

—Entiendo. O sea que el dueño se lleva tanto como todos los empleados juntos.

—Si. Más o menos así funciona la cosa.

—Por lo tanto si tiene diez empleados el empresario se lleva diez sueldos, si tiene cien empleados cien sueldos y si tiene miles...

—Se llevará miles de sueldos.

—Mientras cada empleado se lleva uno solo. No me parece muy justo que, sólo porque consiguió plata para comprar las instalaciones gane eso.

—Bueno Pancho, pero la cosa es así. Éste es el sistema capitalista. Se llama así porque el centro está en el capital, en la propiedad de las instalaciones. El dueño es el que tiene el capital y es el que manda.

 

Pancho se queda pensando un rato mientras Juan lo observa de reojo. Súbitamente se le ilumina la cara y comenta.

 

—Abuelo, yo digo, si la empresa fuera propiedad de todos podría funcionar sin empresario y con el mismo esquema. La parte que ahora se lleva el dueño, con el mismo precio, permitiría que los trabajadores ganaran el doble.  También podría ser del empresario y que el estado limite su ganancia, o que el capital sea del estado o de una asociación de los trabajadores o ...

 

Juan finge un acceso de tos para interrumpir, haciendo tiempo mientras piensa una respuesta.

 

 —Bueno... todas esas ideas que vos mencionás han sido estudiadas ya desde hace un par de siglos. Si estos temas te interesan te conviene aprender historia. Solamente te advierto una cosa. Estas ideas no son bienvenidas por todos. Hay muchos prejuicios y temores. Hablando de estas cosas te arriesgarás a recibir calificativos como zurdo, comunista, socialista, peronista, anarquista y otros. Son como escudos que pone mucha gente para no pensar en el fondo de la cuestión y evitar escucharte.

 

Pancho se queda pensativo y escapa por una tangente.

—¿Otro mate abuelo?


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