En 1974 fuimos a San Luis, a trabajar en el Centro Universitario Villa Mercedes de la Universidad Nacional de San Luis. Casi tres años después, al final de 1976 , yo era profesor titular full time por concurso y coordinador de una carrera.
El golpe cívico militar nos encontró con nuestras mellizas recién nacidas. Producida la intervención de la universidad, designaron como interventor de la facultad a un militar. Era un vice comodoro de la fuerza aérea. Era obvio que venía una época de resoluciones impopulares, tal vez crueles e injustas, que yo debería refrendar con mi firma y cumplir en mi carácter de coordinador. Ya contábamos con la experiencia de dictadura en la universidad en Montevideo y nuestra huida hacia Argentina.
Hablé con el interventor militar para presentar mi renuncia a la coordinación, ya que era un cargo de confianza de la conducción peronista depuesta. Me hizo jaque y no me aceptó la renuncia. Quedé embretado.
En casa lo discutimos, hicimos balance y decidimos abandonar todo, como tres años antes con el advenimiento de la dictadura uruguaya, y migrar a Buenos Aires. Pero no era fácil plantearlo. Sería visto como una señal sospechosa, una falta de apoyo a la nueva conducción universitaria. Era muy peligroso enemistarse con estos muchachos. Hubo un par de docentes asesinados y luego desaparecidos en la ciudad. La dictadura estaba en su etapa más furiosa y sangrienta.
Inventamos una historia de grandes oportunidades y un futuro venturoso en la capital, a efectos de justificar la renuncia como profesor.
Optamos por crear una ficción que nos obligaba a volver a Buenos Aires y renuncié a mi trabajo, al cargo de profesor.
Hicimos reuniones de despedida y preparamos la mudanza con mucha calma y tiempo. Alguien nos recomendó un camionero que hacía mudanzas entre ciudades.
El día de la mudanza supervisamos la carga del camión y cuando arrancó para Buenos Aires salimos también nosotros cuatro. Inmediatamente, en nuestro automóvil, pasamos al camión en la ruta y nos dirigimos a la capital. Un par de horas después de llegar al departamento que habíamos alquilado nos llamaron por teléfono a la casa de mi cuñado, que vivía al lado. El que llamaba era un oficial de policía de una localidad a mitad de camino entre San Luis y Buenos Aires. Me informaban que «el camión de mudanza tuvo un accidente en la ruta», en la entrada de ese pueblo.
Tomé nuevamente el auto y, acompañado por mi suegro, desandamos camino. Cuando llegamos al lugar, vimos los restos del camión al costado de la ruta. Quedaba solo la cabina; la caja y la carga se quemaron.
Mi desconfianza asomó cuando vi que no había restos de muebles metálicos o de la heladera. En un enorme lecho de cenizas, seguramente de los cientos de libros y carpetas, había bolas de vidrio fundido.
Nos dirigimos a la comisaria del lugar a averiguar más. Nos atendió un oficial, que tomó una serie de datos obvios. Me informó que el conductor del camión declaró que en la carga «había sustancias químicas». Como yo era profesor de química, seguramente para hacerme sospechoso de algo y tratar de echarme la culpa del incendio.
Ya fastidiado, le explique que las únicas «sustancias» que llevaba eran azúcar y sal, pero que no podían provocar incendios. Le pregunté si hubo peritaje. Contestó que se hacia únicamente si lo solicitaba un juzgado. Cuando salimos, nos acompañó el oficial. En el patio de la comisaria, para mi asombro, estaba intacta la mesa de madera de nuestro comedor. El oficial me explicó que solo pudieron rescatar la mesa y que, si quería, me la llevara. En caso contrario «les venía bien acá en la comisaría».
La mesa no cabía en el auto así que la abandoné. Harto y con el partido perdido emprendimos el regreso a Buenos Aires.
Ya en la capital, nos instalamos y poco tiempo después hice una visita a un abogado para consultar sobre una posible indemnización por los daños sufridos. Averiguó que el camión tenía seguro del vehículo pero no de la carga. El propietario y conductor no tenía ninguna otra pertenencia a su nombre, solo deudas. El abogado opinó que el hecho estuvo planeado. Me contó que era frecuente detener un camión en algún lugar apartado, muchas veces con cómplices de la localidad más cercana. Luego se bajaba la carga y se quemaba la caja del camión.
Llegamos a la conclusión que el incendio había sido el regalo de despedida. Y aún así, dadas las circunstancias, nos salió barato. A otros les fue peor.
El tercer exilio había sido de Montevideo a Argentina. Con el cuarto se dio la paradoja de exiliarnos donde nací, en Buenos Aires.
