Nos escapamos de la dictadura uruguaya en 1974. Llegamos a Buenos Aires poco antes de la muerte de Perón. Ese mismo año nos reubicamos en la Universidad Nacional de San Luis, pero duramos allí hasta el golpe de estado de 1976. Luego nos vinimos a Buenos Aires.
Aquí,
en la capital, encontré trabajo en una empresa privada. Vivíamos en Villa
Crespo y viajaba diariamente al centro en el subterráneo. Como muchos porteños,
estaba acostumbrado a empujar para entrar al vagón y quedar como sardina en lata,
con alguien justo enfrente. En uno de los viajes, después de empujar,
acomodarme y respirar, tuve una sorpresa. El que estaba apretado, justo
enfrente de mí, era Julio D’Elía.
No
tuve tiempo de reponerme de mi sorpresa cuando tuve otra. Julio miraba a través
mío con indiferencia, como si no me conociera. Después de un par de minutos
comprendí que lo hacia a propósito, seguramente para protegerme. Ya habíamos
tenido experiencias similares con otros exiliados que sospechaban estar en la
mira de la dictadura. Una experiencia imposible de olvidar.
Conocía a Julio de Montevideo. Yo era delegado docente de la Facultad de Química en la
Federación de Docentes Universitarios del Uruguay. Julio era delegado de los
docentes de Ciencias Económicas. Antes del golpe de estado en el Uruguay, lo
veía y hablábamos, de vez en cuando, en las reuniones del Consejo Federal.
Después de la intervención de la Universidad no lo había vuelto a ver.
A
partir del encuentro en el subterráneo, con gran ingenuidad observaba siempre a
los pasajeros, esperando verlo nuevamente. Aunque sea eso, verlo. Pasaron años
y eso no sucedió.
Luego
del regreso a la democracia me enteré que la dictadura lo había desaparecido,
junto con su compañera embarazada, en diciembre de 1977.
Siempre me asombro de mi propia candidez que, años después de la desaparición de Julio, lo seguía buscando en el subterráneo.