La Tierra había cambiado mucho desde entonces. Las explosiones barrieron del mapa las principales capitales. Pasado lo peor del invierno nuclear, los centros de las otras ciudades eran lugares inhóspitos con gran parte de la edificación derruida, abandonada y sin servicios públicos. No había mas distribución de gas, electricidad ni agua. Los medios de comunicación social desaparecieron. Habían colapsado todas las organizaciones productivas o de servicios. Solo circulaba escasa gente de a pie o en viejas bicicletas recicladas. Algunos animales vagaban constituyendo, según el caso, un peligro o un candidato a ser comido. Al caer la noche la poca gente se escondía y muchos animales también. Nunca se podía saber quien era predador y quien presa. Según las circunstancias se podía ser una cosa o la otra.
La mayor parte de la escasa población vivía fuera de esos gigantescos esqueletos urbanos. Habían migrado a las periferias. Tener una vivienda, aunque fuera una ruina, era uno de los objetivos. El otro era tener terreno para lograr alimento y acceso a alguna corriente de agua. Fundamental tener buenos vecinos y aliados para repeler los depredadores, tanto humanos como de otras especies.
Juan, hacía unos meses, ocupaba una vieja casa, muy deteriorada, a algunas decenas de kilómetros de lo que fue Buenos Aires. Tenía un terreno de aproximadamente una hectárea. En un radio de varios cientos de metros había algunos vecinos, que podían contarse con los dedos de una mano. Por los caminos pasaban cada tanto personajes nómadas, algunos humanos, otros no. Quedaban pocas familias. Mas allá no se sabía mucho. Los vagabundos que pasaban contaban historias pero no se sabía que creer.
En el terreno, del cual se había apropiado Juan, cultivaba algunos vegetales y tenía un gallinero. Junto con dos de sus vecinos mas cercanos, José y Mario, tenían pactos de ayuda mutua. Cada tanto se reunían a charlar y comentar sus respectivas inquietudes. José era mas ducho en generar alimentos y cocinar. Mario hacía ballestas y gomeras que eran muy útiles para defenderse de los predadores y para cazar.
Súbitamente, la vida cotidiana había vuelto al siglo XIX pero sin los niveles de organización de aquella época y con gran cantidad de plagas.
En sus recorridas por basurales, talleres y casas o galpones abandonados, Juan tenia preferencia por libros y aparatos viejos. Entre sus hallazgos preferidos estaba una vieja enciclopedia ilustrada con decenas de tomos. Pasaba horas y horas aprendiendo historia, ciencia y tecnología.
Un día encontró las instrucciones para hacer una radio a galena, que no necesitaba una fuente de energía. Juntó febrilmente los materiales y se puso a construirla. Tenía unos viejos auriculares. La primer dificultad era conseguir un trozo de galena. Recordaba haber visto, en antiguas revistas de papel, que se podía sustituir la piedra de galena por una hoja de afeitar.
Armados los elementos, comenzaron las pruebas. Recorría su precario dial de sintonía, ida y vuelta, durante horas. ¿Habría alguien transmitiendo? En general, se escuchaban solo ruidos, descargas atmosféricas y nada más. Pero un día creyó oír una voz sobre el fondo de ruido, un murmullo. Hizo una marca en el dial para volver a probar.
Una noche despejada, en esa misma zona del dial, oyó una voz humana. Quedó petrificado. Era una conversación apenas perceptible entre dos personas. Hablaban alternadamente y solo se entendían unas pocas palabras sueltas. ¡Había quienes trasmitían! Juan había leído sobre los radioaficionados, que transmitían un siglo atrás. Su excitación era muy grande por haber descubierto que, en algún lugar del gigantesco páramo, había gente utilizando transmisores-receptores de radio. La radio había caído en desuso a partir de las redes sociales.
Recordó que, entre los objetos que lo fascinaban, había un viejo transmisor-receptor de radio, con su correspondiente micrófono y manual de instrucciones.
El siguiente objetivo era disponer de corriente continua de doce voltios para alimentar el transmisor-receptor. Adosó un viejo dinamo a una bicicleta fija, de esas que se usan para ejercicio. Cuando estuvo todo armado probó encender el aparato. Se requería coordinación porque debía pedalear todo el tiempo, mientras usaba el equipo. Luego conectó todo, encendió y, con asombro, vio como se iluminaba el display del equipo.
Era insostenible pedalear más de unos cuantos minutos, mientras recorría el dial. Hablar en esas condiciones era impensable. Necesitaba una fuente de energía que pudiera mantener el dinamo girando un tiempo largo o una batería acumuladora de energía. Analizó un par de posibilidades e hizo algunas pruebas. El molino de viento dependía de viento continuo, usar un motor implicaba combustible líquido o gaseoso. Una maquina de vapor requería construirla desde cero. Todas alternativas inalcanzables en esas condiciones.
Finalmente en un antiguo galpón de objetos arrumbados encontró unas baterías de auto, de las que se usaban un siglo atrás. Fue a sus libros y revistas a estudiar como funcionaban esas baterías y como se podían rehabilitar y regenerar. Después de mucho tiempo de estudiar y experimentar, conectó el dinamo de la bicicleta y dedicó algunas horas a pedalear para cargar la batería.
Para distraerse de su obsesión se reunía, de a ratos, con sus dos vecinos amigos y aliados. Solían asar algún pequeño animal que habían cazado, charlaban y jugaban a viejos juegos de mesa que Juan había encontrado en sus recorridas de rejunte de materiales.
Fuera de esos ratos Juan se dedicaba frenéticamente a su obsesión por las comunicaciones de radio. Probó una gran cantidad de combinaciones y experiencias técnicas. Con el tiempo, en una de esas experiencias, logró que una batería tomase carga del dinamo de la bicicleta que había pedaleado, muchas veces, durante horas. Esa vez había logrado que, con la energía almacenada en la batería, se encendiera el transmisor-receptor.
Como aún no sabía cuanto le duraría la carga de la batería, esa noche comenzó a recorrer frenéticamente el dial, buscando alguna señal. En uno de los intentos logró oír voces en el parlante del equipo. Trató de mejorar la sintonía y oyó una voz que decía:
—Hola, hola, aquí desde cerca de lo que fue Montevideo llamando... ¿Hay alguien ahí?
Con gran excitación oprimió el botón que activa el micrófono y, con lagrimas en los ojos, contestó.
—Hablemos, hablemos... por favor, hablemos.
La voz del parlante respondió.
—Si, si... hablemos... Aquí Tabaré es quien habla desde unas ruinas en Montevideo.
—Hola Tabaré... aquí Juan, desde cerca de lo que fue Buenos Aires. Hablemos.
