Microcuento dedicado a los artistas, diseñadores visuales y todos los que trabajan con los colores (para otros puede resultar un tanto absurdo).
Las personas que habitaban éstas eran parte de culturas ancestrales que tenían un lenguaje que representaban gráficamente con jeroglificos y, más recientemente, con íconos. Este lenguaje se diferenció de otros protolenguajes que pasaron por la pintura rupestre y la escritura jeroglífica. Con el paso de los años y las nuevas tecnologías se convirtieron en un grafismo micropuntillista.
Pero lo distintivo de este pueblo fue lo gráfico, desde las pinturas en las famosas Cuevas de Cromalia hasta la sofisticada producción de pigmentos. Los científicos de las potencias colonizadoras, en especial los de Pantonia, siempre quieren clasificar todo, en especial si con ello se puede generar una tecnología lucrativa. Por eso inventaron sistemas de codificación para los cromalienses.
Al principio los clasificaron en doscientos cincuenta y seis tipos. Luego se amplió a poco más de un millón. Con la locura digital comenzaron a imponer a los cromalienses nombres exóticos como #AFCC23 o #CECA88. Los mas tradicionalistas siguieron usando nombres como Rosa, Violeta o Celeste.
Con el advenimiento de los dispositivos digitales con pantalla apareció un movimiento llamado Revolution of Great Brightness, identificado por la sigla RGB. Al principio hubo muchas trifulcas, pero hoy los sistemas de nombres conviven pacíficamente. La gente de color ha aceptado y se ha adaptado a estos —y otros— sistema de nombres.
