Una compañera de trabajo del ministerio me hizo una consulta. Es licenciada en ciencias de la educación y me pedía una síntesis breve y rápida sobre un tema de análisis matemático. Se trataba de nociones sobre derivadas e integrales.
Ella se definía como pedagoga generalista. Estaba trabajando en una currícula, un plan de estudios secundarios que incluía la temática de su consulta. Debía armonizar programas de distintas asignaturas y establecer objetivos y criterios de evaluación. Disponía de algunos modelos de plan pero quería adquirir los conocimientos para encarar seriamente su tarea.
Traté de explicarle que el tema era parte de una disciplina, el análisis matemático, que versa sobre la forma de representar matemáticamente los cambios, sus velocidades instantáneas, las variaciones de las magnitudes y el resultado de la acumulación de cambios infinitesimales. Le conté que a lo largo de dos años de la carrera de ingeniería logré conocer lo básico sobre estos temas. Aclaré que para empezar se necesitaban algunos conocimientos previos, como los de función y límite. Me dispuse a hacerle un brevísimo plan de capacitación, explicando que era imposible en un ratito.
Empecé a pensar un esquema para introducirla a estos temas en algunas horas. Era un desafío interesante hacer una introducción rápida a esos conceptos matemáticos para alguien con formación humanística. Pensaba partir de algo concreto: las ideas de Newton sobre movimiento, velocidad y aceleración. Luego pasaría a conceptos más abstractos. Ya divagaba «haciéndome la película».
Mientras le explicaba veía cómo el desaliento le modificaba el gesto. Propuse dedicarle como mínimo una mañana entera para contarle de qué se trata. Luego ella misma podría decidir si quería profundizar en algún tema. Me respondió que no disponía de tanto tiempo, que la tarea era urgente. Temo que no le resulté convincente. Me pareció decepcionada.
Se despidió agradeciendo de forma lacónica. Me sentí frustrado.
Unos días después, en una reunión de oficina hice un comentario. Quería aportar, sin mencionar ninguna persona ni hecho concreto, una sugerencia para encarar futuros trabajos. Propuse que aquellos equipos que participaran en la confección y evaluación de programas de estudio contaran, por cada asignatura, con un integrante que tuviera el mínimo de los conocimientos que debería tener un alumno que aprobara esa materia. Así lo expuse brevemente.
Se produjo un silencio solo interrumpido por algunas toses y ruidos de tazas de café. El grupo empezó a dispersarse, cada uno por su lado, sin comentarios.
En nuestra oficina no se habló más de este tema. Mi compañera pedagoga me seguía saludando en forma muy amable pero que yo, tal vez equivocado, percibía como distante. Nunca me animé a preguntarle como se resolvió el tema.
Lo lamento Newton, otra vez será.
