/* -----------------------de Gemini------------------------ */ /* -----------------------de Gemini------------------------ */ Germán Krebs: La desobediencia y la expulsión


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La desobediencia y la expulsión


Siglo XX, principios de la década de los ochenta, aún gobernaba la dictadura cívico-militar en Argentina. Jorge trabajaba como jefe de sistemas y computación en una gran empresa constructora. Dirigía un pequeño equipo de técnicos que había seleccionado personalmente. Buenos técnicos pero, lo más importante, buenas personas. 

Su superior jerárquico era Chávez, el gerente administrativo y financiero. En el sector de Jorge desarrollaban sistemas informáticos tanto para la gestión administrativa y financiera como para los aspectos técnicos. Por eso su equipo tenía expertos en informática con formación administrativa y otros con títulos en física o ingeniería. Disponían de un centro de cómputos bien equipado para  esa época, con terminales, unidades de discos magnéticos y unidades de cintas magnéticas para archivo y resguardo de datos. 

Procesaban temas administrativos como contabilidad y sueldos (había varios miles de asalariados) y temas técnicos de estructuras, de hierro u hormigón, o cálculo de cañerías. El ambiente de trabajo del equipo era agradable. Trabajaban en el centro de la ciudad y muchas veces Jorge almorzaba con alguno de los integrantes del equipo de sistemas. 


También tenía trato frecuente con el gerente comercial. La empresa se presentaba a licitaciones de obras públicas y este gerente manejaba hábilmente la relación con militares que "facilitaban" las cosas para la empresa. Este personaje era un agrimensor, hombre muy gordo, muy culto y muy simpático. Para todos los empleados era "Don Enrique". Su secretaria tenía orden de traerle, cada dos horas, un café y una aspirina. Era un adicto al trabajo. Jorge tenía una muy buena relación con él y mantenían charlas frecuentes y muy entretenidas. Algunas veces, cuando trasnochaban en la empresa por algún trabajo urgente, Don Enrique invitaba a Jorge a cenar en algún restaurante cercano.


Entre otros trabajos el sector de cómputos emitía los certificados de obra con los cuales la empresa le cobraba al estado por la realización de las obras públicas. Estos certificados solían tener varios cientos de renglones con los detalles de los trabajos realizados por la empresa. Una vez Jorge le propuso a Don Enrique unas mejoras para que los certificados fueran más claros y transparentes para el que los tuviera que leer. Lo congeló con una frase.


¿A usted quien le dijo que ser "más claro y transparente" es más conveniente para la empresa?


La Argentina, como tantas veces, atravesaba una época de inflación. La empresa, sabiendo de las dificultades financieras de sus empleados actualizaba todos los meses los sueldos al ritmo de la inflación. Mensualmente Chávez le pasaba a Jorge la lista con los sueldos actualizados. 

 Un día Chávez lo llamó a su oficina. Supuso que era para darle la nueva lista. Pero se sorprendió con el siguiente planteo.



—Hay un empleado que depende de usted que se psicoanaliza.

—Si, Silvio. Pobre, está con muchos problemas con su esposa.

—Bueno, tiene que despedirlo.

—¿Por qué?

—Porque los que se psicoanalizan son menos manejables por medio de la culpa y a la empresa no le convienen.


A Jorge le costó reponerse de la sorpresa. Tragó aire y le hizo un pedido a Chávez.

Le agradecería que lo despida usted. Yo le tengo mucho aprecio personal, prefiero no hacerlo yo.

 

OK.


Chávez era de una frialdad extrema. No había sonrisas ni enojos. Todo era monocorde y sólo hablaba del trabajo. Al día siguiente volvió a llamar a Jorge para darle la lista actualizada de sueldos del sector de sistemas.


—Aquí tiene la lista de sueldos de este mes para comunicarle a los empleados de su sector. 

 

Jorge revisó la lista y comentó.



—Pero... yo no estoy. 

 

—No, su sueldo no se actualizará más.

Dijo sin siquiera levantar la mirada de su escritorio. Jorge sintió que la cabeza le hervía. Su sueldo se licuaría en pocos meses. Era una forma de echarlo sin un despido formal. Solo se le ocurrió una respuesta.


Entonces me parece que deberían preparar mi liquidación por despido.

 

OK. Como prefiera. A la tarde estará lista.


Dijo mientras leía unos papeles. Fue la ultima conversación que tuvieron. 


Jorge fue a comunicarle a su equipo de gente la decisión de Chávez y a despedirse. Uno de los empleados, de nombre Héctor, le pidió tomar un café fuera de la empresa. Salieron, tomaron el café y charlaron sobre la actualidad después de la guerra de Malvinas y sorpresivamente Héctor le comentó que tenía un hermano desaparecido. El miedo, durante años, le había impedido comentarlo. Recién ahora, que se avizoraba la caída de la dictadura se animó a contarlo. Al día siguiente Jorge cobró la liquidación por despido y ya estaba fuera de la empresa.


Reflexionando sobre lo ocurrido, se dió cuenta que lo que pasaba era que, con la decadencia del poder de la dictadura, disminuían los "negocios". La dictadura comenzaba a planificar la retirada. Y con ese desbarranque a la empresa le convenía aligerar los gastos de personal. Así, cualquier pretexto era bueno para despedir empleados.


Y así supo, una vez más, que el sistema te expulsa si desobedeces al poder, sea el de un dios, de una familia o de un gerente, sea del Edén, de tu entorno o de tu medio de vida. 


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