Cuando
tenía unos doce años íbamos con frecuencia a una quesería donde siempre estaba
en la entrada un hermoso gato. Por supuesto yo llegaba, le rascaba la cabeza y
jugaba con el gato.
La anécdota repetida, que me desconcertaba y contrariaba era protagonizada por el gato y una clienta habitual. La señora llegaba y le hablaba afectuosamente al mismo tiempo que le acariciaba el lomo y le rascaba la cabeza. Cuando el gato cerraba los ojos encantado y comenzaba a ronronear, le daba un tirón a los bigotes. El animal daba un salto y se alejaba con un maullido de dolor y enojo. La mujer se reía y disfrutaba mucho repitiendo esta escena. El gato, de forma inexplicable y asombrosa para mi, se prestaba siempre a repetir el acto.
La
escena me quedó grabada y cada tanto la recuerdo. Siempre pensaba en las
motivaciones de aquella mujer. ¿Qué
pensaría cuando lo hacía?
Muchos años después, me di cuenta que lo mas intrigante era lo que le pasaba al gato. La necesidad de afecto y de vincularse lo hacía actuar con la esperanza de que la escena no fuera a repetirse. No modificaba su actitud pese a los datos de la realidad.
Creo
que en esos mecanismos inconscientes que compartimos entre especies hay parte
del secreto de porque las personas soportan abusos repetidos, esperando que la próxima
vez suceda algo distinto.
En familia me ha quedado el dicho "no quiero ser como el gato de la quesería".
