En
esta vida uno trabaja de muchas cosas y por diversas razones. Entre las
principales, para los que no hemos nacido con fortuna, suele ser ganarse el
sustento. Yo lo llamo “con fines de locro” y otros gastos, por supuesto.
Voy
a excluir de este prontuario las pequeñas tareas que uno hace de niño y que se
suelen retribuir con abrazos, golosinas o algún obsequio. Cuando no con “es tu
obligación”. Luego, ya institucionalizado, con una nota de 1 a 10 (porque un cero
perjudicaría nuestra autoestima) y unos papeles o cartoncitos que lo certifican.
Cuando alguna vez logré que mis maestros estuvieran contentos conmigo logré un
“sigue así”.
Entiendo
que esto forma parte nuestra educación, que nos enseña las bases de funcionamiento
del sistema socio-económico. Lo que obtengas solo lo obtendrás por algo a cambio.
Si no cumples con lo esperado perderás algo. El sistema de premios y castigos te
pondrá en vereda. El trabajo se cotiza en símbolos, títulos, dinero o especies y
el precio, en general, lo fija el que pide el trabajo sea maestro, profesor o
patrón. Hay que aprenderlo desde la infancia, así uno llega amaestrado a su edad adulta y no anda generando problemas. Contrariamente a los videojuegos, si perdés no
podés pedir otra vida.
Dentro
de este panorama y del margen de juego de la clase media trabajadora, uno busca
algo que le guste. A falta de eso, algo que le disguste lo menos posible.
Mi vida laboral adulta comenzó en Montevideo. Mi primer trabajo remunerado con dinero, mientras estudiaba en la Facultad de Química, fue en un taller industrial de cromados y niquelados. Mi función era analizar la composición de las piletas de cromado, niquelado y otras partes del proceso.
Un día el dueño decidió probar mis conocimientos. Me comenzó a preguntar el color de diversas sustancias químicas. Algunos colores los recordaba, otros no. Le asombró que hubiera compuestos de uso industrial de los cuales yo no conociera el color. Le expliqué que recordar eso no era relevante. Que había manuales o handbook donde se encontraban los colores y decenas de otras propiedades de las sustancias.
Intuí rápidamente que
no lo había convencido. A partir de esa primera desilusión que tuvo este hombre
todo se fue desabarrancando, gracias a otras preguntas de la misma profundidad
conceptual y científica. Demás está decir que este trabajo me duró poco.
Paralelamente
había ingresado como asistente de docencia e investigación en la Facultad. Una de mis etapas laborales más
placenteras y gratificantes. Trabajé en cristalofísica, espectroquímica y química
cuántica. Todas temáticas con fuerte contenido en computación y teórico de
química, física y matemáticas. Paralelamente tenía actividad gremial y llegué a
ser delegado de los docentes de la facultad en la Federación de Docentes
Universitarios.
Poco después de recibirme de ingeniero químico me apareció la oportunidad de trabajar en una importante planta de alimentos envasados. Entraba muy temprano, fuera de la ciudad, y eso me permitía continuar con la actividad en la Facultad. La vida en una planta industrial era otra galaxia. La fábrica tenía una importante extensión agrícola a los fondos. Se cosechaban y envasaban arvejas, tomates, duraznos, manzanas y otros. Yo era el químico de la empresa.
Duré un año. Fui acumulando puntos en contra. Vieron que leía prensa de
izquierda, controlaba la higiene y salubridad y no quería hacer trucos para disfrazar
y poner a la venta materia prima que se empezaba a pudrir.
Paralelamente, con la aparición del Frente Amplio, comencé a militar políticamente. En 1973 se produce el golpe de estado de Bordaberry y se disuelve el Poder Legislativo. Aún no habíamos terminado de digerir las implicancias del golpe cuando llegaron las elecciones de autoridades universitarias. Curiosidades del Uruguay, se realizaron igual, supervisadas por la Corte Electoral. Yo era candidato a integrar el Claustro de la Facultad como representante de los egresados.
Lo grotesco de la situación era
que las mesas de votación se encontraban en el edificio del parlamento ¡disuelto
por la dictadura!. Aún así, ganaron las elecciones las listas de izquierda. Inmediatamente
la dictadura destituyó a las autoridades electas e intervino todos los
establecimientos universitarios. Se declaró ilegal toda actividad gremial y
política. Por supuesto, con las precauciones del caso, la gente continuaba con
estas actividades. Hasta que... la bestia te mordía los talones.
Cuando
sentimos el mordisco al aire detrás de nosotros pensamos que no daba para
seguir esperando que llegue la mordida y nos tomamos –literalmente- el buque a
Buenos Aires. Lo que en fino se llama exilio.
Cuando
se llega a destino hay que buscar trabajo.
Fácil de decir. Todo es desconocido. Hay que aprender rápido normas,
costumbres, geografías.
El
primer trabajo en Argentina fue en la Universidad Nacional de San Luis, donde
nos cobijó una administración peronista. Tres años de trabajo de pionero,
ayudando a fundar una nueva facultad. Vida de pueblo chico. Siesta y “vuelta al
perro”. Gané un puesto de profesor titular full time por concurso.
Finalmente
uno se adapta, con frecuentísimas visitas a la parentela en Buenos Aires, donde nací y viví mi primera infancia.
Viajes de mil quinientos kilómetros en un Citroen 3CV, ida el viernes, vuelta
el domingo. Dos meses antes del golpe de estado de la última dictadura
argentina, nacieron nuestras mellizas.
Logramos
cambiar el 3CV por un Citroen Ami 8. Mismo motor, pero disfrazado de camioneta
rural. Para nosotros una nave espacial donde cabía el moisés de las mellizas.
Pero
después del golpe también se pudrió el ambiente en la universidad, como siempre. Ya teníamos
experiencia y decidimos renunciar a todo y volver a Buenos Aires.
Pasé un año haciendo changas. Hice de dibujante técnico para un ingeniero civil amigo e intenté vender poleras que confeccionaba mi cuñado. El comercio se ve que no era para mí. Vendimos el coche para financiarnos.
Por suerte me apareció,
a través de un exiliado uruguayo, posibilidad de presentarme en una gran
empresa de construcción y montaje industrial, para trabajar en computación.
Allí fui jefe del centro de cómputos y duré cinco años, hasta el final de la
dictadura.
Luego
trabajamos con un amigo, como proveedores free lance de sistemas.
En
esa época nos contrataron, a Matilde y a mi, para desarrollar sistemas en un hospital
universitario. Estuvimos un par de años trabajando allí. Cosas de la política, un
interventor nos fletó.
Tuve
la suerte de que me llamaran para dirigir el departamento de computación en una
importante institución educativa privada, con miles de alumnos. Allí trabajé doce años
hasta que, por luchas internas y cuestiones ideológicas, me despidieron. Trataron
de no pagarme la indemnización. Por suerte, me defendió una abogada (peronista
y que no me cobró nada; le exigió su honorario a la patronal). Finalmente recibí
la suma que me correspondía.
Otra
vez recorrí el espinel y me contrataron como consultor en el Ministerio de Educación del Gobierno
de la Ciudad de Buenos Aires. Así tres años. Cuando se terminó el proyecto me tomaron como consultor
en el Ministerio de Educación de la Nación. Durante dieciséis años sobreviví allí varios
gobiernos de distinto signo, radicales y peronistas. Finalmente, en 2016 y
nuevo cambio de gobierno, más hacia la derecha, con una mentira se deshicieron de mi y... me jubilé.
En
fin esto es todo, porque ahora estoy jubilado. Escribo cuentos y crónicas en mi sitio web https://www.germankrebs.com.ar. Trabajo pero por gusto. Como se
supone que los viejos debemos tener pensamientos profundos y hacer reflexiones filosóficas
lo voy a intentar. Ahí va.
Hay
una expresión porteña muy grosera –pido disculpas- que dice que para lograr
cosas importantes en la vida “hay que pelarse el traste”. No pretendo extenderme
sobre el origen de la frase pero intentaré un aforismo original al respecto.
Podría
ser así: “Si por mucho tiempo te pelás el traste, terminarás con el traste pelado”.
No me parece un gran objetivo. Tampoco me parece importante divulgar que aún
tengo vello en los glúteos; tal vez por eso no logré “cosas importantes”.
Si creés que este prontuario es poco formal estarás en lo cierto. Pero es sincero. Como hubiera dicho Groucho Marx, si este curriculum no te gusta, tengo uno académico y más formal (el “lado A”). Más “careta” dirían los pibes. Si tenés curiosidad lo podés ver en Curriculum Vitae y etcétera y bajo tu propia responsabilidad: “El autor no se hace responsable del aburrimiento que pueda generar”.
